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El juego de la lagareta

11.03.10 - 00:56 -
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Hace unos cuantos años, la Tierra de Campos estaba plagada de viñedos. Y era allí, en el campo, mientras se trabajaba, cuando los jóvenes disfrutaban de grandes momentos. «Nos reíamos mucho aunque estuviésemos trabajando durante horas», recuerda Hermenegildo Marcos, 'Hermene' como todos le conocen en Villacidaler. La principal diversión que tenían era jugar a hacerse la lagareta, que consistía en pintarse todo el cuerpo -principalmente la cara- con el jugo de las uvas más tintas que se recogían. A esas uvas se las llamaba 'Tinta Madrid', porque soltaban un líquido de color bermellón muy consistente.
Los mozos desafiaban a las mozas para hacerse la lagareta. Al principio era un juego, pero claro, tras varias horas jugando, los arañazos que se ocasionaban con los rampojos del racimo iban en aumento, al igual que el enfado del contrincante, a menudo de las chicas. Aunque para tranquilidad de todos, el final siempre era pacífico. «Nos pintábamos la cara o las partes del cuerpo que quedaban al descubierto, dibujando lagarejos», recuerda Hermene. Ya después, en casa, se eliminaba toda la suciedad del jugo rojo, que en ocasiones resultaba difícil de quitar.
El juego de las lagaretas ha desaparecido ya en el pueblo, al igual que otras costumbres. Antiguamente en Villacidaler era tradición besar la mano a las personas casadas. Tenías que saber quién estaba casado y quien no, «porque sino, te caía bronca en casa», explica Hermene. Todavía su mujer, Carmina, recuerda aquella vez en la que al llegar a casa su padre le llamó porque tenían visita. «Yo entré al salón y tuve que besar la mano a las personas casadas, y menos mal que acerté», recuerda ahora entre risas.
Y como en otros mucho pueblos, en Villacidaler también tocaban las campanas cuando había que rezar el rosario en la iglesia. «Las escuchábamos y corríamos del campo al pueblo para que nos diese tiempo a llegar», dice. Llegaban sudando del trabajo, se cambiaban, y directos a misa. «Muchas veces me pregunto cómo no caíamos enfermos de pulmonía, porque llegábamos sudando y nos metíamos directamente en la iglesia, que estaba muy fría», rememora Carmina.
Vida tranquila
Debido a la muerte de su padre, Hermene, a los 14 años, se tuvo que hacer cargo de las tierras. «Teníamos obreros que nos ayudaban durante todo el año, aunque muchas veces ellos me tenían que cuidar a mí, porque yo era todavía muy joven», recuerda. Aún así, y con todo el trabajo, hoy puede decir que logró sacar adelante a su familia.
A los 38 años se casó con Carmina, doce años menor que él. Y por esa diferencia de edad, Hermene recuerda perfectamente cuando asistió al bautizo de la que es ahora su mujer a recoger los caramelos que se tiraban antes. Se casaron en Palencia, en la iglesia de La Compañía, y el banquete lo celebraron en el restaurante La Rosario. Y como mandaba por aquel entonces la tradición, ella se casó con un traje de chaqueta de color negro. «En Villacidaler, por lo menos, era lo que mandaba la tradición», cuenta.
Ahora, Hermene lleva una vida muy tranquila gracias al apoyo y al cuidado de su mujer, quien continuamente está pendiente de él. Son como la cara y la cruz: él, más reservado, y ella, mucho más habladora, pero los polos opuestos se atraen. Ahora su obsesión es recoger palos del corral para la lumbre. «Yo le riño cada vez que lo hace, porque me da miedo que le pase algo», afirma Carmina. Siempre pendiente de él, Carmina se ha convertido en sus ojos -la vista de Hermene se está apagando-, y también su memoria.
Durante la conversación, Hermene descansa en el lugar preferido de su casa, junto al radiador de la salita. Ella tiene calor, él tiene frío. Hasta para eso son distintos, pero su amor dura ya 46 años. Aunque, eso sí, en algo coinciden Hermene y Carmina: ambos son encantadores.
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