Total, que ahí estás tú, acumulando barro en las suelas de tus botas, ahuecando de vez en cuando la tira de la mochila que te presiona el hombro un poco más de lo normal, levantando la rodilla izquierda para que no se te entumezca... En fin, ahí estás tú deseando llegar por fin a Hornillos para tirar el peso de tu espalda, cuando de repente te cruzas con Wolfgang. ¿Pues no va el tío tan ligero sin macuto y con las manos en los bolsillos? ¡Vaya con el Wolfgang! Te voy a contar su historia.
Dice que dejó Berlín camino de Irlanda, pero que se quedó en París para ver a un amigo. Que ahí le entró frío y prefirió bajar a tierras más cálidas. Barcelona. Trabajó como músico callejero hasta que se cansó de la gran ciudad y decidió conocer pueblos pequeños. Cogió un autobús, se presentó en Pamplona y después... empezó a andar. Y ahora está aquí, con las manos rojas como las de un cangrejo avergonzado, las zapatillas caladas y un sombrero que no se quita ni para dormir, intentando coger algo de calor en la estufa de leña que le suma grados al húmedo albergue de Hornillos del Camino.
Quiere llegar a Compostela. Con lo puesto y nada más. Esto es, sin mochila ni saco de dormir. Sin botas ni calcetines. Con unas zapatillas tipo 'menso' que deben chupar agua a espuertas. Con un pantalón, dos camisetas y un chalequito de lana. Y su sombrero. Nada más. Sin dinero en el bolsillo. Tampoco. Ni un euro. Los hospitaleros le dejan dormir gratis en los albergues, aunque él se ofrece para echar una mano en lo que haga falta. En Grañón (La Rioja) hizo pan al día siguiente. Aquí, en Hornillos, está dispuesto a barrer y fregar.
Con tan ligero equipaje cubre cada día unas distancias astronómicas. Lo certifican los sellos de su credencial. Se chupó en un día los más de 50 kilómetros que separan Grañón de Atapuerca. Y hoy se ha metido entre pecho y espalda los más de 40 entre Atapuerca y Hornillos del Camino. Sin una ampolla. ¡Ole tus...!
«Yo echo a andar -dice en inglés (ni papa de español) con el murmullo de Forrest Gump soplándome en el oído- y cuando me canso, paro». No le importa sembrar huellas por la noche porque está acostumbrado. «Nací en una granja del norte de Alemania y por la noche me gustaba salir a andar con mi perro», asegura con una eterna sonrisa, que no abandona para explicar que estudió Arte Dramático, que sabe tocar la guitarra y el piano, y que le gusta hablar en voz alta mientras anda. «Repaso los textos de Kafka que aprendí en la escuela y ahora les encuentro una profundidad que antes no era capaz de ver», asegura este chaval de 25 años. Y uno no sabe si es que Wolfgang está viviendo la aventura de su vida, si todos sus días son así o si esto no es más que una gigantesca performance de la que sus compañeros de albergue, esta noche, formamos parte.
Con 81 años
Claro que Wolfgang no es el único ejemplar singular que va a pasar aquí la noche. Tenemos a Pepe, 'Casuco', un gallego que se hace de nuevo el Camino, esta vez para fotografiar todas las fuentes que se encuentra a su paso. Y acompañándolo está, atención, un hombre de 81 años que se está currando la ruta jacobea como si fuera un adolescente en plenas facultades. Te lo digo en serio, entre la resistencia de Wolfgang y la fortaleza del octogenario, me está entrando un complejo que no veas.