Estarán ustedes de acuerdo? La inercia hermenéutica del siglo XX nos ha dejado entre las manos la herencia de un malestar: el que se provoca en el lector si, al cabo del tiempo, una obra poética no aparece saludable o miserablemente -según- empanelada entre prólogos y ultílogos, cuadros cronológicos, notas terapéuticas, variantes textuales, documentos de referencia… Todo ese juego de prótesis que, si nos descuidamos, acaban sepultando la propia obra en cuestión, alzada ya a duras penas sobre todo ello o cuando menos provocando una lectura distinta, escayolada entre refuerzos que atentan contra esa otra manera de recibirla, con riesgo y paciencia. El proceso es, en sustancia, siempre el mismo: sale la obra poética en un primer momento flotando sola, como ha de ser, y al cabo del tiempo es el propio autor quien accede a amostazarla con la pequeña joyería de esta munición, en manos de peritos artificieros.
Cualquier escritor aspira a llegar a esta culminación, por otra parte legítima: ser acreedor a una de esas ediciones anotadas, trufadas de datos de relación y notas auxiliares que pueden permitir una lectura avisada. También más sumergida en el formol de la erudición. Menos aterida, en todo caso. Claro que quien escribe esto ha contribuido en la medida de sus posibilidades también a esta costumbre. Así que no puedo hacer ahora fácilmente defensa enardecida de una necesidad a la que en principio todo lector tiene derecho: la necesidad de vérselas con la soledad del texto poético.
En realidad, de siempre se ha combatido esa temeridad de que la poesía se presente sola, descarnada y a la deriva en la nieve de la página, como si cada poema fuera una carga de profundidad a la que doliera mirar de frente. Al poeta entonces se le solicita por delante una poética (pero a los novelistas, no) o bien es el propio autor quien busca palabras ajenas, más o menos ilustres, como apoyo telonero antes de hacer aparecer lo suyo.
¿Y a qué esta costumbre, vigente aún? ¿Miedo a estampar así de pronto esa manera de hacer de un idioma común otro extrañamente personal, enroscado en sí mismo, diferente? ¿Desconfianza en lo dicho propio? Uno ha llegado a sostener con toda seriedad que la publicación de un libro de poesía lleva implícita esta súplica: que alguien diga al autor lo que él no acaba de saber; es decir, qué hay allí adentro, en ese lenguaje no del todo dominado.
En todo caso, sea como sea, a menudo el poeta parece necesitar un ropaje textual previo que avale lo que llega después: los poemas. Pero ¿el lector lo demanda también? Caben dudas sobre eso.
Esta reflexión sobre la pérdida de predominio suficiente del texto poético fue el punto de partida de una conversación al desgaire que fluyó en Zamora entre esos amigos que nos vamos atareando desde 2004 en labores de penumbra dentro del Seminario Permanente Claudio Rodríguez, en la pretensión de seguir profundizando en una escritura que nos sigue pareciendo inagotable y necesaria como pocas. De modo que aquella tarde alguien lanzó la bengala feliz: ¿Y cómo se recibiría la escritura de Claudio en este punto inicial del siglo XXI por alguien que la pudiese leer con ojos frescos y sin ecos ni chivatazos a pie de página? Así empezó todo.
DOS AVENTURAS PARALELAS
Claudio Rodríguez es, ya sabemos, uno de esos nombres ineludibles en la configuración de la poesía mayor del siglo XX. Cuando a partir de los años sesenta del pasado siglo se pedían aquellas listas de 'imprescindibles' para antologías consultadas y encuestas a tutiplén, el nombre de Claudio no fallaba. Su mención era un signo de garantía. Y es que si hay un poeta que provoca no solo el respeto crítico sino también la entusiasmada alegría al acercarse de manera natural a su lectura, ese es Claudio.
Por eso, en la aludida conversación zamorana nos planteamos la posibilidad de reeditar al poeta conforme a unos criterios que pasaran por presentar sus cinco libros, uno por uno, ante lectores que no tendrían por qué saber más de lo que la gracia de esas palabras pudiera hacer presentir. Por tanto, nada de aparato. Nada de intromisiones críticas tampoco. Más bien esperar a saber esto: cómo leería alguien hoy por vez primera esa poesía que a todos nos emocionó en su momento sin más explicación subalterna. La cuestión fue estirada de inmediato: ¿Pero es que era posible para ese hipotético lector o lectora encontrar fácilmente los libros de Claudio, uno a uno, sin notas ni tropezones exegéticos? De eso se trataba, entonces. De la posibilidad de volver a poner en el mundo 'Don de la ebriedad', 'Conjuros', 'Alianza y condena', 'El vuelo de la celebración' y 'Casi una leyenda' ante los ojos de lectores que -todos estábamos seguros de ello- entrarían en ese universo vital como todos nosotros lo habíamos hecho en su día, imantados por aquel luminoso decir.
Había que devolver a Claudio, libro por libro, a la soberanía natural del lenguaje poético. Sin otras servidumbres.
La cosa adquirió aún otro sentido cuando pudimos comprobar que la edición de su poesía completa, en Tusquets, y la anterior de Cátedra, 'Desde mis poemas', que eran los yacimientos aún posibles de encontrar y de donde se extraían regularmente poemas a otros lugares, contenían erratas y deslices bastantes como para necesitar alzar por fin una edición fiable y de referencia. Ello suponía un argumento más para llevar adelante nuestro propósito.
Lo que no sabíamos era que, en paralelo, una ejemplar editorial de Palencia, de andadura reciente pero ya suficiente como para estar a la altura de las mejores, se iba a preocupar también en 2009, coincidiendo con el décimo año de la desaparición del poeta, de sacar a la luz de nuevo 'Alianza y condena'. El poeta César Augusto Ayuso, al cargo de la colección Cálamo Poesía que, precisamente, había iniciado su itinerario con 'Fue', de Jesús Hilario Tundidor, vigiló la limpieza y la fidelidad de la edición. Era, pues, posible volver a leer esa obra tal como también nosotros habíamos previsto. Sobrepasado el prólogo de circunstancias de Luis G. Jambrina, el libro se ofrece con todo su resplandor. Y el capital vivo de la palabra de Claudio, aún efervescente y llena de frescura como si acabara de ser escrita, sigue asistiendo a quien se acerque a esta hermosa edición, justa en su cuidadosa confección, sin alardes gratuitos, con el esmero al que tanto César A. Ayuso como el editor de la colección nos tienen ya acostumbrados.
Lo que nos alegró fue precisamente eso. Que se hubiese decidido devolver al poeta zamorano a la sola comparecencia de sus poemas. Igual que lana suelta en el aire, hay en ellos una circulación vibrátil de palabras de las que cualquier lector puede fiarse. Todavía se aprecia en este libro de 1965 ese esfuerzo del poeta por dirigirse a los hombres con un timbre aún no demasiado desgastado por el escepticismo o la incapacidad. Es imposible que tras leer cualquier poema del denominado 'Libro Tercero' de este volumen ('En invierno es mejor un cuento triste', 'Cielo', 'Ajeno' o 'Lo que no es sueño', ese monumento a la consolación) el lector salga de ahí nada revuelto y sin conmoverse. Y no hace falta más. Tan solo eso: leer y respirar el aire limpio de las palabras.
UNA ARMONÍA NEUMÁTICA
Y es que lo que Claudio Rodríguez tenía en cuenta antes que nada -y allí era donde él apoyaba la fuerza cierta de las palabras del poema- era la respiración, su necesidad hecha melodía. La conciencia de respirar recorre de distintas maneras toda su poesía. En ocasiones con referencias explícitas, como en los poemas de 'Don de la ebriedad'; también en los propios títulos ('A la respiración en la llanura', 'Manuscrito de una respiración'), en alusiones decisivas -la palabra 'pulmones', que aparece aquí o allá con cierta persistencia- o en el mismo ritmo que empuja al poema, como ocurre, por ejemplo, con 'Gorrión', ese poema de continua lectura desestabilizada -¡que lo pruebe el lector! que, al decir de Rodríguez Tobal, imita el mínimo brincar del pájaro saltarín por los suelos manchados de los hombres. En todo ello, sí, va implicada una respiración, una armonía neumática interior que el poeta -el ladrón- roba de los principios fundamentales de la existencia (esos que están más allá de las elaboraciones: luz, aire, ruido, lluvia…) y que los griegos tenían como origen de todo, también de la poesía, buscando aquella compenetración -«como el vino y la miel», decían- entre las palabras y las cosas. Entre la naturaleza y el azar.
Es por eso por lo que los poemas de Claudio Rodríguez se saben sostener solos respirando, al margen de un apresamiento lógico que les haría perder en soltura y gracia lo que, de otra parte, ganarían en razón. Pocos poetas como Claudio con ese encantamiento que les permite ofrecer su discurso entero y sin arrugas; también sin disecciones innecesarias. La apuesta de esta edición del Seminario Permanente Claudio Rodríguez, apoyado en el quehacer del Instituto de Estudios Zamoranos, era precisamente esa: procurar una lectura limpia para esos poemas, magullados a veces por esa obsesión del escolio. Para esos menesteres, siempre es preferible el territorio del ensayo -la encomiable edición reciente de Philip Silver da cuenta de ello- antes que intervenir directamente en la página del poema, que debe suponer un diálogo a solas con quien se encuentra ahí, frente a ella. Un juego de respiraciones, sí. A ver qué pasa. Y basta.
Hay una reciente anécdota preciosa que viene a dar de golpe la razón a esta apuesta de acercar así de nuevo los libros de Claudio Rodríguez. La supe hace muy poco. La madre de un amigo, una mujer prácticamente iletrada, esperaba a su hijo entretenida, leyendo trabajosamente un libro. Cuando mi amigo llegó y la vio, le preguntó qué leía. «Esto que tenías abierto por aquí». Se trataba de uno de estos libros de Claudio Rodríguez que acabamos de editar en el Seminario. «Pero, madre, ¿usted entiende eso?». «No, pero déjame, que me gusta mucho». La respuesta habría emocionado a Claudio y desde luego justifica esta posibilidad de la poesía, de cierta poesía que, como aquel gorrión del poema, solo pretende estar cerca del mundo arrimando el guante invisible y suave de la compañía. Y lo consigue.