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El corazón en el teclado

CULTURA

El corazón en el teclado

El 1 de marzo se cumplen dos siglos del nacimiento de Frederic Chopin, el compositor que dedicó su vida al piano y el músico cuya biografía fue bandera del romanticismo

27.02.10 - 00:41 -
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Es inmaduro para una pieza con semejante carga emocional. Chopin es demasiado romántico para un chico joven», sentenció la profesora cuando el padre se empeñó en que su hijo preparara el 'Concierto nº2' del polaco para el concurso Tchaikovski de Japón. Quien obedeció al tenaz progenitor era Lang Lang, el pianista chino que ha conquistado el mundo una década después. Para salvar la falla entre las balbuceantes emociones del adolescente y la melancolía del compositor maduro, su mayor le indicó: «Chopin añora un amor perdido. Cuando toques este concierto piensa en cuánto echas de menos a tu madre. Expresa tu añoranza por ella a través de él». El resto, fue virtuosismo. Y Lang Lang, contra todo pronóstico, ganó, como cuenta en 'Un viaje de miles de kilómetros'.
Las manos de este intérprete bailan sobre el teclado de un Steinway, casa que le dedicó un modelo, las de Chopin lo hacían sobre un Pleyel, quien le llevaría a Gran Bretaña de gira. Los mejores auditorios del mundo reclaman al chino, como en el XIX hacían los salones más selectos de París y Londres. La vida de músico errante se cumple en ambos, aquel tiene residencia en EE UU, Chopin fue un exiliado polaco en Francia. Hasta aquí el paralelismo entre dos virtuosos separados por dos siglos.
El 1 de marzo se cumple el bicentenario del nacimiento de Frederic Chopin, el pianista que componía improvisando estudios para probar su destreza y la de sus alumnos, el poeta de biografía romántica, el maestro que sublimó el folclore polaco, el concertista enfermizo y torturado de la 'soirees' burguesas.
Dicen que es el compositor que más obra mantiene en el repertorio que suena hoy en los auditorios. De sus 190 piezas, 120 se escuchan regularmente. En cuanto a su faceta docente, este temprano investigador de la caja de música por excelencia sigue siendo parada inexcusable en cualquier carrera pianística. Sin embargo, los teclados en los que hoy miden su habilidad los estudiantes son más 'amables' y sensibles que los conocidos por Chopin, un intérprete fiel al modelo vienés de Pleyel que se resistió a las mejoras mecánicas de los Erard porque su dominio técnico no las necesitaba. Con él comenzó la saga polaca de grandes pianistas que tienen en Artur Rubinstein, Emanuel Ax y Kristian Zimerman exponentes brillantes del siglo XX. La prueba olímpica del piano es el concurso que lleva su nombre y se celebra en Varsovia. Quien tal muesca ha dejado en la historia del pianoforte fue un niño autodidacta que dio su primer concierto en una gala benéfica cuando le faltaban días para cumplir los ocho años. Si bien comenzó a estudiar música pronto, no realizó estudios formales de piano, al que se sentaba desde «mi manera de considerar la forma de tocar el teclado», cita Justo Romero al maestro. La naturaleza enfermiza de Chopin determina a sus padres a enviarle los veranos al campo y en estas estancias descubre la música popular polaca. Las futuras mazurcas, valses o polonesas hunden sus raíces en las inmediaciones del castillo de los Dziewanoski.
El castillo dará paso a los salones, el público aristocrático al burgués. Pero hay que esperar unos años en la biografía de Chopin, quien antes del conservatorio ya tocó para el zar en una visita a Varsovia en 1825. Cuatro años después, en 1829, Paganini fue el concertista elegido para celebrar la coronación del zar Nicolás I como rey de Polonia.
Los años de estudio le procuran conocimientos y un primer desamor. El Conservatorio le recomienda para una beca en Viena que el Gobierno le niega y finalmente será su padre quien le sufrague el viaje a la capital de la música. Allí estará un año y triunfará como intérprete más que como compositor. Vuelve a Varsovia donde se vive la insurrección contra el poder ruso.
Chopin regresa a Viena, pero la hostilidad austriaca a lo polaco ya es latente. Corre 1831 y el virtuoso sueña con París, donde llegará tras varias paradas centroeuropeas. Desde la ciudad de la luz escribe a un amigo: «París responde a todo lo que el corazón desea. Uno puede divertirse, aburrirse, reír, llorar o hacer lo que se le antoje sin llamar la atención puesto que miles de personas hacen otro tanto y cada uno como quiere».
En ese momento una joven periodista que firma con el seudónimo George Sand (Aurore Dudevant) escribía en 'Le Figaro'. Mientras que Chopin da su primer concierto en París (1832) y el polaco se abre camino en la intelectualidad gala. En aquel recital benéfico a favor de los refugiados polacos conoce a Liszt, quien como él era un virtuoso pianista venido del Este.
Una epidemia de cólera vacía París de las mejores fortunas que se retiran al campo. Chopin toca en una velada de James Rothschild y sus improvisaciones, origen de sus composiciones, le procuran varias recomendaciones. En tiempo de menos conciertos, el pianista da clases a los hijos de las familias acaudaladas. La repisa de la chimenea era el lugar donde cada alumno debía dejar los 20 francos por clase (casi 90 euros).
La figura delgada que se entregaba al teclado, el poeta de modales exquisitos, pronto conquistó los salones. Pero el compositor se resentía de su constante exposición. «No estoy hecho para dar conciertos. El público me intimida, me siento asfixiado por su impaciencia precipitada, paralizado por sus miradas curiosas, mudo ante esas fisonomías desconocidas».
Si Mahler pasa por ser uno de los músicos con mayor bagaje filosófico, Chopin está muy ligado a la literatura, antes incluso de enamorarse de la escritora romántica más leída en el París de su tiempo. Desde la capital gala apoya financieramente a la Sociedad Literaria Polaca. Amigo de Mendelssohn, con quien coincide en varios viajes, también lo será de Bellini, cuyas óperas dejarán sentir su influencia en la música del compositor. En Leipzig conoce a Schumann y a su futura esposa Clara Wieck. De ella dijo que era «la única mujer en Alemania que sabe interpretar mi música». A su vuelta a París padece los primeros síntomas de su enfermedad -Chopin ha sido considerado un tuberculoso, pero los últimos diagnósticos se inclinan más por una fibrosis pulmonar-.
En el salón de Liszt se produce el encuentro con George Sand, quien enseguida se siente atraída por este doliente melancólico que ya había recibido la negativa de los padres de María Wodzinzki a casarse con ella por su debilidad. La baronesa Dudevant es escritora, habitual de las 'soirees', y deja su relación con el dramaturgo Magaliffe para conquistar al polaco.
El enfado del desairado amante de Sand determina la huida de la pareja. Buscaban sol para curar a Chopin y a Maurice, hijo de Sand, y acabaron en Mallorca. De su vida en la isla da cuenta la escritora en 'Un invierno en Mallorca'. Y a pesar del romanticismo que rodea aquella estancia en Valldemosa, la gala refleja en su libro su admiración por «el aspecto primitivo de la isla» pero una honda reprobación por sus gentes y costumbres.
La vida de Sand y Chopin transcurre entre la villa de la escritora en Nohant en verano y los inviernos de París. Será en el condado de Berry (Balzac llamaba a Sand la 'leona de Berry') donde Chopin tenga la paz necesaria para escribir su música.
Los problemas familiares se interponen entre estos dos amantes que separan sus destinos en 1845, tras la publicación de 'Lucrezia Floriani', novela por entregas en la que George Sand viste de ficción su historia con el músico.
Alérgico a la implicación política, huye de París cuando en 1848 estalla la revolución. Destino, Londres, donde el Pleyel es sustituido por un Broadwood. Allí se suceden conciertos, clases y encuentros con Dickens o Ralph Waldo Emerson. Viajó por el país y volvió a Londres extenuado. Era un cuerpo de 45 kilos que escribía a un amigo: «A menudo por las mañanas pienso que toseré sin parar hasta morirme».
Su último concierto fue el 16 de noviembre de 1848. El París postrevolucionario le recibe y sus amigos le ayudan durante los meses de agonía. Moría el 17 de octubre de 1849. Fue enterrado al lado de su amigo Bellini en París y su corazón llevado en una urna a la Iglesia de Santa Cruz de Varsovia. Es una reliquia nacional.
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