Ya nada es como antes. Ni siquiera lo que parecía inmutable. Esa imagen que tanto hemos visto en documentales y películas, en los dibujos animados o en las láminas de los libros. Todo lo leído ya no es como creíamos que era. «Hibernar es la pauta habitual de los osos», sentencia Guillermo Palomero, presidente de la Fundación Oso Pardo. Y sin embargo...
Algo está pasando. «Hemos constatado -precisa Palomero- que hay osos que no hibernan, que se mantienen activos durante todo el invierno porque, si hay comida, les puede compensar». Y este nuevo comportamiento se da, sobre todo, en las osas con crías de un año que están en periodo de lactancia. ¿Por qué? La lactancia les supone un desgaste de calorías tan importante que no se pueden permitir la inactividad durante dos meses. Y por eso, si les conviene -si el invierno no es duro, si hay comida suficiente-, pues no hibernan.
Esto, claro, no ocurre en las zonas nórdicas, donde todo está helado y cubierto por una permanente y espesa capa de nieve. Pero aquí, en la Cordillera Cantábrica, donde el clima es más benigno, donde los inviernos son más suaves, donde la nieve es más irregular y la comida puede ser hallada con mayor facilidad, aquí la hibernación comienza a ser una actividad desconocida para algunas osas. Y eso lo ha podido comprobar la Fundación Oso Pardo este mismo invierno.
Tres hembras, cuatro crías
Las patrullas de este colectivo no quitan ojo de tres hembras de la población oriental de la Cordillera Cantábrica (entre Riaño, Cantabria y la Montaña Palentina). Dos de ellas están en Palencia. Una en Cantabria. Entre las tres suman cuatro crías a las que hay que amamantar y dar de comer. Y este año -«algo que no sucede todos los inviernos»- afortunadamente el bosque está lleno. A rebosar. «Está siendo un año muy bueno en los robles. En las hayas no tanto, pero hay comida abundante, alimentos como la bellota o los hayucos que son muy ricos en calorías y que utilizan los osos para engordar», explica Palomero.
Los meses de otoño son una temporada de hiperfagia para estos mamíferos. «Comen mucho -20.000 calorías diarias- pueden llegar a pesar el 30% más que en verano, y acumulan grasa, una capa de 15 a 20 centímetros de espesor, que les viene muy bien para hibernar». ¿Por qué? Porque, habitualmente, esta escasez de alimentos y el frío del invierno hace que los osos entren en un periodo de balance energético negativo. Es decir, si permanecen sin hibernar, no tendrían comida suficiente para compensar la pérdida de calorías. ¿Solución? Acumular esas calorías durante los meses previos -cuando sí hay abundancia de alimentos- y luego, hibernar. La hibernación -explica la Fundación Oso Pardo en su libro 'El Oso Cantábrico'- «es un estado de dormición o letargia invernal que hace descender su ritmo cardiaco desde 40 o 50 hasta 10 pulsaciones por minuto. El ritmo respiratorio baja a la mitad y la temperatura se reduce en cuatro o cinco grados (desde 37-39 hasta 31-35)».
Esto es posible porque la piel del oso es un aislante estupendo -además, duermen enroscados sobre sí mismos para conservar mejor el calor-, puede absorberlo y así el animal mantiene su temperatura interna. Tienen más problema en verano, porque los osos no sudan, así que para no recalentarse deben tumbarse en el suelo frío o recurrir al baño.
Indicios, huellas y calorías
«Durante este tiempo -el de la hibernación-, el oso deja de comer, de beber, de defecar y orinar y mantiene las constantes funcionales gracias a la energía proporcionada por esas reservas grasas acumuladas durante el otoño, de las que consume una media diaria de 4.000 calorías». El oso, aun hibernando, controla lo que pasa alrededor de la osera y puede reaccionar con rapidez. «Incluso en algún caso puede despertarse y salir», añade Palomero. «A veces encontramos las huellas de algún macho adulto y creemos que es porque han abandonado temporalmente el letargo, aunque es una hipótesis no confirmada». Pero lo que sí han hallado, confirmado, son los indicios de las hembras con crías.
«Éstas pueden perder el 55% de su peso, sobre todo de la grasa almacenada, porque el 92% de la energía para la lactancia procede de esa grasa. Los ejemplares capaces de llegar al invierno con una buena acumulación de grasas (hembras no lactantes en otoño, machos y juveniles ya desarrollados) aprovechan mejor las duras condiciones de dicha estación hibernando; en cambio, a los que llegan al invierno con menos reservas grasas (hembras lactantes y jóvenes en crecimiento) puede compensarles mantenerse activos buscando comida, si ésta es abundante». ¿Y por qué también los osos jóvenes? «Son aquellos que tienen dos o tres años. Necesitan comer mucho, pero todavía son torpes a la hora de buscar comida, les cuesta, y a veces no consiguen ese aporte de energía que necesitan para pasar todo el invierno. Por eso, en ocasiones, tienen que permanecer despiertos para poder seguir alimentándose», explica Palomero.
«Esta ausencia de hibernación -advierte Palomero- es algo que no está bien descrito en el mundo de los osos pardos, pero que se empieza a producir como un periodo de adaptación a unas determinadas circunstancias ambientales». ¿Tiene algo que ver el cambio climático? «No es una consecuencia directa del cambio climático -advierten desde la Fundación Oso Pardo-, pero es algo que sí que ha contribuido, que ayuda. Ahora los inviernos tienden a ser más dulces, lo que facilita el acceso de los osos a la comida», añaden.
En las zonas más frías, las del Ártico, la hibernación puede llegar a prolongarse durante seis meses. Por estas latitudes, rara vez llega a los dos meses. Los expertos lo han estudiado gracias a 'Salsero', un macho marcado por la Universidad de León y que ha sido seguido, en la zona de Riaño, durante tres inviernos para conocer su comportamiento. El primer año hibernó desde el 23 de enero hasta el 3-5 de marzo. El segundo año lo hizo del 10 de enero al 10 de marzo. Y el tercer año, entró en su cueva entre el 31 de enero y el 3 de febrero y salió el 10 de abril.
Este letargo se vive en las oseras, los sitios que durante el otoño buscan para luego poder hibernar. El 80% suelen estar en cuevas. El 20%, excavadas en el suelo. Y los osos se tienden encima de unas camas de hierbas y ramillas de arbustos que se han preparado ellos mismos. Y aunque pudiera parecer lo contrario, estas oseras están en realidad más cerca de lo que parece, la mayoría a menos de un kilómetro de los pueblos. Eso sí, en lugares que no son fácilmente accesibles. «Desde su osera, el animal puede estar escuchando el ruido de los coches y los gritos de las personas, pero se sabe a salvo entre empinados roquedos y vegetación impenetrable», aseguran los expertos.
Osos y pájaros
De este modo, es lógico pensar que, con los osos hibernando, los indicios de su presencia en el exterior (como huellas o muestras de actividad) bajan hasta el mínimo entre los meses de enero y marzo. O sea, en el momento en el que nos encontramos en la actualidad. Pero este año... este año es distinto y las patrullas de la Fundación Oso Pardo encuentran las huellas de los osos (osas, en este caso) estampadas en la nieve. O incluso se topan con los animales a los pies de un robledal. «Se dedican a hacer hoyos en la nieve para llegar hasta la tierra y poder coger las bellotas enterradas», explica Guillermo Palomero. «A veces, la búsqueda se hace más sencilla porque junto a los osos se pueden encontrar mirlos o arrendajos».
¿Y eso? Bueno, pues porque estos animales se han aprendido la lección, saben que los osos excavan en la nieve para sacar bellotas... y se colocan cerca de ellos para, en el momento en el que los osos han quitado la nieve... ¡zas! Lanzarse a toda velocidad y robarles la comida. Instinto de supervivencia.