Hace unos meses, el Centro Español de Derechos Reprográficos (CEDRO) me pidió que diera su pregón anual en defensa de la propiedad intelectual de los autores y editores españoles. Es un acto que se celebra cada año en una ciudad de España. Se convoca en él a la prensa y a los medios de comunicación, a los escritores y artistas locales y, tras la lectura del pregón, se planta un pequeño cedro como símbolo de esperanza y concordia.
Este año, la ciudad elegida fue Mérida y plantamos el cedro en un pequeño jardín al amparo de las murallas romanas de la ciudad. Parece raro que un grupo de personas tenga que reunirse para defender algo tan obvio como el derecho de la gente a vivir de su propio trabajo. Pero estamos en tiempos confusos y convulsos. Internet ha llegado a nuestras vidas con un ímpetu desconocido y muchos de sus usuarios se niegan admitir que puedan ponerse límites a su libertad. Y, en nombre de esa libertad, se intercambian libros, canciones y películas, ignorando los derechos, casi siempre humildes, de sus perplejos autores. José Luis Sampedro comparó la libertad con una cometa. La cometa vuela libre por el cielo, pero un hilo la sujeta a la tierra. Ese hilo es la responsabilidad, y sin él su vuelo no sería posible. José Luis Sampedro utiliza esta imagen para referirse a los abusos de cierto liberalismo económico. Los partidarios de tal sistema defienden el derecho sin límites a sus beneficios, pero eluden hacerse responsables de los perjuicios que el ejercicio de ese derecho pueda causar a los demás. ¿No sucede en Internet algo parecido? Los internautas reclaman la libertad de intercambiarse a su antojo libros, películas o música, pero se olvidan de que esas películas, esa música y esos libros, son frutos del trabajo de personas que aspiran a vivir legítimamente de sus habilidades y esfuerzo, y no tener consideración por ese trabajo y las esperanzas que genera es un abuso injustificable. Y no me refiero sólo al trabajo de los autores sino de todos los que hacen posible que ese libro, esa película o ese disco puedan llegar a nuestras manos, como lo hace la carne o la fruta que consumimos cada día. Estas son las palabras que leí esa mañana en Mérida en defensa de todos ellos:
He amado los libros desde que era un niño y siempre me recuerdo felizmente rodeado de ellos. Amaba sus palabras y sus historias llenas de loca fantasía, amaba su atrevimiento y que me hicieran soñar con vidas en las que por fin sería alguien que me gustara ser, y no sólo el niño melancólico y temeroso que era. Pero jamás soñé con llegar a ser un escritor, y mucho menos con poder vivir de ello alguna vez.
Todavía hoy, cuando pienso en este extraño oficio, me pregunto si es razonable pretender vivir de algo tan insensato como inventar y escribir historias. Y, sin embargo, esa tarea suele llevarnos a los escritores todas las horas del día y una buena parte de la energía de que disponemos. Bien mirado, escribir no es distinto a tener una tienda que hay que abrir cada mañana esperando que alguien la visite. Porque ¿acaso no es cierto que necesitamos historias y palabras para vivir? ¿Por qué entonces el dueño de esa tienda no podría compararse con aquellos que llevan sus productos al mercado? Si a él no le dan de balde el pescado o el pan que necesita, ¿por qué habría de regalar alegremente lo que hace? En ese caso ¿de qué viviría? No hay nada más terrible que carecer de alimentos o bienes materiales, pero ¿nos hemos parado a pensar lo que sería un mundo sin relatos ni poemas, sin música, danza o salas de cine? No podríamos vivir en un mundo así, porque un mundo sin palabras, música o imágenes, sería un mundo sin preguntas ni deseos, lo más parecido a la muerte. Amemos pues a nuestros escritores y artistas, por esa fantasía y locura que nos entregan y sin la que no sabríamos vivir. No los veamos como seres excepcionales que se alimentan de ambrosías o del éter en que flotan los sueños, y respetemos un esfuerzo y un trabajo que no es diferente a los esfuerzos y trabajos de los otros oficios del mundo. No queramos entrar a escondidas en sus tiendas y llevarnos lo que tan trabajosamente preparan. Ellos abren esas tiendas cada día y sólo aspiran a vivir honestamente de un trabajo pensado sólo para la felicidad de los demás.