Mi nuevo móvil se ha quedado viejo

'Smartphones' expuestos en una tienda.
'Smartphones' expuestos en una tienda. / AFP
  • Los usuarios de teléfonos inteligentes y tabletas son actualmente los que más sufren la obsolescencia programada, que busca limitar la vida útil de un producto para mantener el volumen de ventas

«Las cosas antes duraban más». Seguro que alguna vez has escuchado, o pronunciado esta frase, y, lo cierto es que es una percepción cada vez más habitual entre la población. Las técnicas de fabricación y los materiales con los que se construyen todo tipo de productos, ya sean electrodomésticos, tejidos o equipos informáticos, por ejemplo, dejan mucho que desear en ocasiones y, lo que es más grave, tienen una fecha de caducidad antes de ser fabricados; están concebidos para estropearse. Es lo que se conoce como la obsolescencia programada, es decir, la fabricación de un producto con vistas a que su vida útil sea más corta de lo que podría serlo. Una manera de fabricar que tiene como objetivo fomentar el consumismo y, aparejado a él, los beneficios de las empresas.

Pero, esta forma de actuar no es novedosa. En el año 1924 –hace ya más de 90- empresas líderes en fabricación de bombillas como Osram, Philips o General Electrics redactaron un pacto secreto para reducir la durabilidad de las mismas, hasta un máximo de 1.000 horas, para así asegurarse ventas ilimitadas.

Un coche tira de otro que lleva atado a su paragolpes trasero con varias medias anudadas entre sí, en un fotograma recuperado por el documental 'Comprar, tirar, comprar'

Un coche tira de otro que lleva atado a su paragolpes trasero con varias medias anudadas entre sí, en un fotograma recuperado por el documental 'Comprar, tirar, comprar' / EL NORTE

Esta iniciativa, conocida como Cártel Phoebus, es la primera que se conoce en el sentido de la obsolescencia programada, pero después vinieron muchas más, como el cambio en los estándares de fabricación de las medias de nylon. Los ingenieros responsables del desarrollo de este complemento consiguieron un nivel de perfección que las hacía prácticamente irrompibles. Las empresas del sector vieron que este era el fin de su negocio, por lo que les encargaron que desarrollaran modelos peores. Sí, así como suena, una vez alcanzada la perfección lo ideal para las compañías era degradar este producto para así asegurarse el negocio eternamente.

Estos dos son los ejemplos más típicos de la obsolescencia programada, aunque podrían citarse muchos otros, como puede verse en el premiado documental 'Comprar, tirar, comprar'. Este trabajo data del año 2011 y fue dirigido por Cosima Dannoritzer, coproducido por la francesa Article Z, la española Media 3.14 y cofinanciado por la cadena Arte, de Francia, RTVE y Televisió de Catalunya. En él se realiza un repaso desde el inicio de estas técnicas deficientes de fabricación hasta los primeros problemas con las baterías de los iPod, allá por 2003.

Dispositivos móviles nacidos para morir pronto

La técnica de la obsolescencia programada ha alcanzado su cénit con la llegada de los dispositivos móviles. La carrera en la que se han embarcado las grandes compañías como Samsung, Apple o Nexus (propiedad de Google en alianza con otras firmas como Motorola, que ha fabricado el último modelo de esta serie) abre un gran nicho de negocio puesto que sus réditos dependen directamente de la venta de terminales. Para dominar esta cadena, las grandes empresas del sector recurren a artimañas como soldar todas las piezas a la estructura, para que sea muy costoso reemplazarlas, o modernizar las versiones de sus sistemas operativos, que exigen cada vez terminales más potentes para poder funcionar, o al menos para hacerlo de forma fluida.

«Las empresas necesitan tener el control total sobre el producto, que el usuario no pueda cambiar cosas en él, que todas las actualizaciones y reparaciones solo las puedan realizar ellos. Es un complot de los fabricantes para asegurarse su negocio». Son las palabras de Óscar Burgos, cofundador del Movimiento SOP –Sin Obsolescencia Programada-, una organización social, como él prefiere denominarla, que busca «concienciar a los usuarios de que estas prácticas se producen, algo de lo que cada vez son más conscientes». Además, continúa Burgos, «nos empujan a la obsolescencia percibida», en referencia a la necesidad que generan en los usuarios de estos dispositivos por tener el último modelo; con mejores prestaciones y, por lo general, más caro que su predecesor.

Un de los primeros caballos de batalla de los usuarios, aunque el problema aún no se ha solucionado, fue el de la duración de las baterías. Un litigio que comenzó mucho antes del uso extensivo de los teléfonos inteligentes. La duración de las baterías ha sido un verdadero quebradero de cabeza mucho antes de la llegada del uso extensivo de los teléfonos inteligentes.

La primera demanda contra Apple por los fallos de este componente se produjo en el año 2003, a causa de su deficiente durabilidad en los iPod. Estos reproductores sufrían un fallo en su batería que se manifestaba, de media, a los 18 meses de vida, un problema ante el que la respuesta de los de Cupertino, en la mayoría de casos, era aconsejar a los usuarios que adquirieran un modelo nuevo. El descontento desencadenó en una demanda colectiva y en el caso conocido como 'Westley contra Apple'. La empresa de la manzana terminó cediendo y llegó a un acuerdo para aumentar la garantía hasta los dos años y se vio oblidada a crear un servicio de reemplazo de baterías, además de indemnizar a los demandantes. Eso sí, con cantidades irrisorias de 50 dólares en productos Apple (excluyendo la compra de música).

Una legislación aún en pañales

Lo cierto es que pese a que la obsolescencia programada es muy antigua, la legislación no la ha perseguido aún con vehemencia. La forma soslayada de imponer esta forma de fabricación y los movimientos de los grupos de poder han impedido aún un marco legal fuerte en este sentido, pero parece que esto comienza a cambiar. Francia es el primer país europeo que ha sentado las bases para prohibir estas prácticas. El pasado mes de octubre su Parlamento aprobó castigar con hasta dos años de prisión y multas de hasta 300.000 euros a las empresas que con la excusa de las leyes del mercado y la supervivencia empresarial violen las leyes de defensa del consumidor.

A nivel europeo los esfuerzos se centran en sacar adelante una etiqueta que acompañe a los productos y en la que se indique su duración estimada o las características del soporte técnico una vez superada la garantía, en una iniciativa llevada a cabo por el Comité Económico y Social de la Unión Europea. Una forma de actuar que no convence al cofundador del Movimiento SOP. «¿Quién va poder acceder a estos productos?, se pregunta, «sólo aquellos que pagen más podrán poseer dispositivos más duraderos, por lo que de nuevo se satisface el interés de las empresas fabricantes».

Todo esto está además engarzado con la generación cada vez mayor de residuos, puesto que las piezas viejas aún siguen ocupando un espacio, allá donde sean desechadas, y las nuevas exigen nuevos materiales de construcción. En 'Comprar, tirar, comprar', Serge Latouche, un experto francés partidario del decrecimiento de la economía, deja en el aire una afirmación muy sólida: «quien crea que el crecimiento ilimitado es compatible con un planeta limitado, o está loco o es economista».