Ilustración de 'A History of Medicine in Pictures', George Bender, en la que se muestra el tratamiento contra el escorbuto..
Ilustración de 'A History of Medicine in Pictures', George Bender, en la que se muestra el tratamiento contra el escorbuto..

La peste del mar

  • «Un ensayo clínico ha demostrado la eficacia de un nuevo anticuerpo monoclonal en el tratamiento de pacientes con hepatocarcinoma». «Un nuevo fármaco frente al VIH demuestra reducir la toxicidad del tratamiento, aunque deberá confirmarse adecuadamente en ensayos clínicos». Son tan sólo dos ejemplos de noticias recientes que ponen el foco en esta metodología. Pero, ¿qué es un ensayo clínico y cuáles son sus orígenes?

En el episodio anterior disfrutamos de una de las grandes capitales culturales de Occidente en el siglo XIX, Viena. Esta vez nos alejamos de la apacibilidad de la tierra firme, cogemos nuestros chubasqueros y nos preparamos para una larga travesía a bordo del HMS Salisbury, un precioso navío de la Marina inglesa de 48 cañones. Va a comenzar la primavera de 1747, y aunque la climatología en el continente comienza a mejorar, las condiciones en el Canal de la Mancha son durísimas. Somos los encargados de patrullar esta zona, en tensión constante con franceses y españoles, puesto que nos encontramos en plena Guerra de Sucesión Austríaca.

Los primeros días transcurren con normalidad y optimismo, pero a medida que nuestro periodo en alta mar se alarga, comenzamos a observar en algunos marineros hemorragias en diversas partes de su cuerpo, heridas que no cicatrizan y manchas de color púrpura en sus extremidades. La situación es límite, causando la muerte de 85 de los 300 compañeros que iniciamos la expedición. Lástima que no permitan opinar a los viajeros que hemos llegado del siglo XXI, ya que sabemos que nos encontramos ante casos de escorbuto, una enfermedad carencial debida al déficit de vitamina C, que impide la correcta síntesis de colágeno. Los tejidos se vuelven débiles, también los vasos sanguíneos, favoreciendo el sangrado.

Entre el miedo a enfermar generalizado, surge la figura de un joven cirujano llamado James Lind, con fuerte acento escocés, y del que dicen tener experiencia en esta patología, puesto que ha visto y leído numerosos casos, tanto en el 'Royal College of Surgeons' de Edimburgo, donde estudió, como en sus años al servicio de la Marina ejerciendo de médico en prácticas.

James Lind

James Lind

Ha tenido una gran idea que decide comentar al resto de la tripulación: si elegimos a 12 marineros enfermos con un pronóstico similar (no cogeremos ni a los que están en la fase inicial de la enfermedad ni a los que están próximos a la muerte), divididos en 6 parejas, y les tratamos con diferentes sustancias disponibles en el barco, podremos conocer cuál de ellas es más efectiva, aprovechándola para curar al resto de personas que comiencen a presentar esta sintomatología.

Nuestros marineros recibieron, añadido a su dieta habitual, suplementos de sidra, elixir vitriólico (ácido sulfúrico diluido), vinagre, agua de mar, una mezcla purgante, o naranjas y limones.

En 1753 Lind publicó 'Tratado sobre la naturaleza, las causas y la curación del escorbuto', donde recogía que los resultados de su estudio mostraban una impresionante mejoría en los pacientes que consumieron cítricos y una leve recuperación en los compañeros que disfrutaron del suplemento de sidra. El resto murieron con la misma velocidad que en las semanas previas. No obstante, hasta 1794 (40 años después de nuestra travesía), la Marina Inglesa no tomó medidas para solucionar el problema de 'la peste del mar', como solían llamarla. Decidieron establecer como cuasi-obligatorio el consumo de jugo de limón o naranja durante las expediciones, disminuyendo enormemente la incidencia de esta terrible enfermedad.

Nuestro peculiar escocés descubrió la manera ideal de demostrar cual era el tratamiento, pero… ¿qué mecanismo causaba realmente la enfermedad? Tuvimos que esperar hasta el siglo XX para que el médico húngaro Albert Szent-Györyi determinara la relación entre la vitamina C (hasta entonces desconocida) y el escorbuto. El descubrimiento le valió en 1937 un merecidísimo Premio Nobel de Fisiología y Medicina. Un ejemplo más de que, en Ciencia, los grandes avances raramente responden a actos heroicos, sino que son el resultado de un perfecto engranaje de pequeñas aportaciones de diferentes individuos.

Investigaciones posteriores han restado importancia al experimento de Lind. Algunas de ellas señalan el nombre de otros precursores (Al-Razi, Jan Baptist van Helmont o George Starkey) o incluso ponen en duda que dicho ensayo tuviera lugar. Independientemente de que los orígenes se sitúen en el HMS Salisbury en el que hemos navegado juntos (espero que nadie se haya mareado), en el París de la Revolución o en el vasto Imperio Persa, hemos perfeccionado juntos (investigadores y pacientes) una metodología que hoy permite investigar nuevos fármacos, técnicas quirúrgicas, vías de administración, que contribuirán en el futuro cercano a la mejora de la asistencia sanitaria.

La peste del mar

Nuestros modernos laboratorios y hospitales distan mucho de aquel navío. Actualmente definimos los ensayos clínicos como estudios prospectivos y experimentales, en los que, una vez seleccionada la muestra, se divide aleatoriamente en dos grupos de pronóstico comparable que idealmente sólo se diferencian en la intervención terapéutica que van a recibir. Explicado de un modo más sencillo, pero igual de válido, consiste en elegir a un grupo de sujetos con características similares. Algunas personas, de manera aleatoria, recibirán el fármaco a estudio y el resto un placebo, y vigilaremos a los sujetos durante un tiempo hasta ver las diferencias en ambos grupos respecto a la enfermedad que nos interese. Ya podemos deducir la principal limitación de este tipo de estudios: la ética. No sería aceptable, por ejemplo, obligar a fumar a un grupo de personas y dar placebo a otras, y ver la incidencia de cáncer de pulmón en ambos grupos. Por tanto, este tipo de investigaciones sólo pueden realizarse cuando existe fuerte sospecha de que el nuevo procedimiento o tratamiento es superior al que se emplea actualmente, y nunca pautando al paciente sustancias nocivas para su salud.

Dos historias: Semmelweis y James Lind. Dos hombres. La siguiente aventura supone un reto complejo y apasionante: devolver a las mujeres de Ciencia al lugar que la historia, probablemente de manera interesada, les ha arrebatado.

¿Lo conseguiremos?