Estatua dedicada al médico húngaro Ignaz Philipp Semmelweis en Viena
Estatua dedicada al médico húngaro Ignaz Philipp Semmelweis en Viena

El salvador de las madres

  • De la mano de Víctor Quirós, MIR en medicina preventiva y salud pública del Hospital de Salamanca, iniciamos hoy un recorrido amable a través de la Historia de la Medicina con el objetivo de rescatar situaciones que supusieron cambios importantes en la vida del ser humano

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Cambian los modos de vestir, la manera de alimentarnos, incluso los códigos que empleamos en la comunicación. Pero hay algo que ha permanecido inalterable desde que los primeros homínidos decidieron caminar erguidos y conquistar el planeta: siempre que un ser humano ha sufrido, un semejante ha desplegado sus habilidades para tratar de sanarle.

Del mismo modo, y desde sus inicios, esta actividad despertó el temor, la curiosidad y la admiración del resto de la población. 'Sinuhé el Egipcio' de Mika Waltari, 'El médico' de Noah Gordon, 'La Casa de Dios' de Samuel Shem, son algunos de los ejemplos contemporáneos de éxito literario asociado a un importante trasfondo médico. Siguiendo modestamente la estela de los citados autores, pretendo comenzar un viaje desordenado a través de siglos y continentes, de Galeno a Del Río Hortega, esperando encontrar el equilibrio entre el rigor científico, por un lado, y el excesivo tecnicismo y paternalismo que, hay que reconocer, ha desprendido siempre la bata blanca.

Una vez abrochados los cinturones, comenzaremos con una travesía por el frío invierno europeo de 1846. Llegamos a Viena, una de las ciudades punteras en la formación médica de la época. Allí, en los pabellones de Obstetricia del Hospital General (Allgemeines Krankenhaus der Stadt Wien) trabajaba un peculiar médico húngaro, Ignaz Philipp Semmelweis.

Un asunto preocupaba por encima del resto a nuestro protagonista: de las dos grandes salas donde daban a luz las mujeres que se encontraban en ese hospital, en una de ellas la tasa de mortalidad era mucho más elevada que en la otra, siendo tal diferencia producida por una extraña enfermedad que denominaron 'fiebre puerperal', y que acontecía horas después del parto. Actualmente conocemos que se trata de una infección polimicrobiana que puede generalizarse debido a múltiples factores combinados, entre ellos las situaciones de inmunodepresión, como anemia y desnutrición, y las lesiones producidas durante el proceso.

Entre las explicaciones que trataban de dar respuesta a este aumento de las defunciones surgieron entonces hipótesis tan diversas como posibles maldiciones que afectaban a algunos médicos o la posible influencia del estado civil de la mujer embarazada. Semmelweis, en lugar de apoyar teorías sin evidencia científica, decidió estudiar las peculiaridades de los dos pabellones que podían explicar tales diferencias.

Tras varios experimentos fallidos, y un compañero fallecido al cortarse con el material utilizado durante la autopsia de una de las mujeres con la misteriosa enfermedad, comenzó a valorar la idea de que algún mecanismo de contagio entrara en juego. Del mismo modo, relacionó la incidencia de la patología en las diferentes salas con el tipo de personal que se encargaba de la atención en el parto en cada una de ellas. El pabellón sin apenas casos de 'fiebre puerperal' era atendido íntegramente por parteras (actualmente matronas). En cambio, a la sala con la tasa de mortalidad elevada acudían médicos y estudiantes de Medicina tras realizar numerosas autopsias, sin apenas higiene de manos entre los distintos procedimientos.

Ignaz Philipp Semmelweis

Ignaz Philipp Semmelweis

El convencido médico húngaro decidió implementar una novedosa política en el centro, consistente en el lavado obligatorio de las manos con agua clorada previo a la atención de las mujeres en el puerperio. Las consecuencias fueron dobles. Por un lado, la mortalidad por esta patología se redujo de forma espectacular. Por el otro, el colectivo médico no le perdonó que insinuara que hasta ese momento sus prácticas habían puesto en riesgo a miles de mujeres, con terrible resultado para cientos de ellas. Semmelweis fue expulsado de la institución y obligado a abandonar la histórica ciudad de Viena. El 13 de agosto de 1865 falleció en su Hungría natal, ninguneado por la comunidad científica e ingresado en un centro psiquiátrico. En una de esas increíbles paradojas que nos deja la Historia de la Medicina, y aunque existen diversas teorías al respecto, la causa principal de su muerte fue una septicemia generalizada por infección de una herida a causa de una de las palizas que recibió, presentando la misma sintomatología que las mujeres a las que años antes había logrado salvar.

Su legado se resume, además de en varias Universidades y Hospitales a su nombre, en una preciosa estatua junto al Hospital General de Viena, en la que, bajo el calificativo de 'el Salvador de las Madres' se puede ver a una mujer con su hijo en brazos, mirando ilusionada al médico húngaro.

Además, y mucho más importante, su ejemplo sirvió años después para una profunda reflexión, que ha evolucionado en los modernos y efectivos métodos de antisepsia (higiene de manos, limpieza de superficies y equipos, etc.) utilizados en nuestros hospitales. No obstante, aunque el médico húngaro inició un camino pedregoso y ahora nos encontremos en una carretera asfaltada, queda mucho para llegar al destino. Aún hoy, ya en pleno siglo XXI, la Organización Mundial de la Salud recuerda cada 5 de mayo (Día Mundial de la Higiene de Manos) la importancia de esta sencilla técnica, con su campaña 'Salve vidas: límpiese las manos'.

Rememorar la figura de Ignaz Philipp Semmelweis, además de una cuestión de honestidad, es un impulso constante para alcanzar la excelencia clínica en la búsqueda del bienestar y la curación de nuestros pacientes.

¿Me acompañas en la siguiente aventura?