El Norte de Castilla

El porqué de la guerra al azúcar: así daña al cuerpo

Algodón de azúcar
Algodón de azúcar / Sonia Tercero
  • Pese a los esfuerzos de la industria en culpar a las grasas saturadas, este edulcorante es el primer responsable de la obesidad, la diabetes y los problemas cardiovasculares

Durante décadas, las caries han sido el único problema de reputación del azúcar. Pero en los últimos años, multitud de estudios han dejado claro que también es el principal causante del auge de la obesidad, de la diabetes tipo 2 y de multitud de problemas cardiovasculares. Algunos ya lo han bautizado como el nuevo tabaco: innecesario, perjudicial desde dosis relativamente bajas y con una multimillonaria industria detrás que ha pagado fortunas para defender su imagen y sus resultados económicos. Las autoridades sanitarias internacionales, y también de algunos países, empiezan a movilizarse para reducir su consumo y concienciar a la población de los riesgos de este condimento. ¿Qué ha cambiado?

Aunque las primeras pruebas de la relación entre el consumo de azúcar y los problemas de salud aparecen en los años 50, la asociación de productores en EE UU pagó a importantes científicos para que rebajasen la amenaza que supone y, sobre todo, echasen la mayor parte de la culpa a las grasas saturadas. A mediados de septiembre de 2016, una importante revista médica estadounidense hizo públicos documentos de la Asociación del Azúcar (entonces Fundación de Investigaciones sobre el Azúcar) que confirmaban estas actuaciones.

El pasado lunes se desveló que Coca Cola y PepsiCo financian a toda clase de organizaciones sanitarias para evitar que promuevan políticas contra el consumo de refrescos azucarados. Este martes, por su parte, la Organización Mundial de la Salud ha pedido que se suban al menos un 20% los impuestos a estos productos, y vincula su consumo a la aparición de todo tipo de enfermedades no transmisibles. Es decir, dolencias causadas por malos hábitos de vida y no por infecciones o problemas genéticos. Cada vez hay un consenso mayor sobre que el consumo de azúcar es significativamente más perjudicial que el de grasas saturadas (que no por eso se vuelven sanas).

Según un gran estudio elaborado por los Centros de Control de Enfermedades (CDC) de EE UU, el consumo de azúcar eleva el riesgo de problemas cardiovasculares incluso cuando se toma en dosis bajas. En adultos, estimaron, a partir de unas 300 calorías diarias de este producto (el equivalente a unas 18 cucharaditas de postre, que puede parecer mucho pero es la cantidad que se encuentra en dos latas de refresco) ya tiene consecuencias. En menores, los efectos aparecen antes. A su alto contenido calórico y sus efectos en el aumento de peso, que ya de por sí suponen un problema, se le suma su propensión a provocar problemas metabólicos.

El azúcar de mesa, el moreno, la miel, los siropes, los almíbares y casi cualquier otra variante –da igual que sean de origen natural o no– se componen básicamente de lo mismo: a medias por glucosa y por fructosa. Esta última, cada vez más denostada, se metaboliza en el hígado, donde se transforma en pequeñas gotas de grasa denominadas triglicéridos. Estos no solo son perjudiciales en sí mismos, sino que también reducen el nivel de colesterol bueno en sangre. Cuando esta situación se mantiene por largos periodos, eleva el riesgo daños cardiovasculares más rápido y con más intensidad incluso que el exceso de colesterol malo.

El pasado julio se hizo público un estudio con menores de edad a los que se les retiraron los azúcares añadidos de la dieta durante varias semanas. Para poder medir los efectos del cambio, los investigadores mantuvieron el resto de elementos que comían y bebían normalmente –las proteínas, las grasas, los demás hidratos de carbono e incluso el número de calorías diarias– exactamente iguales. Cambiaron, literalmente, bollos por pizzas. En solo nueve días detectaron una reducción del 33% en los niveles de triglicéridos y de un 68% en los niveles de colesterol malo.