El Norte de Castilla

Estrés crónico y alzhéimer, una relación dañina

Uno de los aspectos más devastadores del envejecimiento es el deterioro de la memoria y la aparición de enfermedades demenciantes cuya frecuencia aumenta con la edad. Entre ellas, la enfermedad de Alzheimer es la de mayor incidencia, y requiere de cuidados completos y continuos que implican costes muy elevados. La enfermedad de Alzheimer es un mal incurable que puede afectar al 40% de mayores de 85 años. Según datos de la Confederación Española de Asociaciones de Familiares de Personas con Alzheimer (CEAFA), en la actualidad 800.000 personas en España sufren la enfermedad. Dado el envejecimiento de la sociedad, esta dolencia está tomando proporciones casi epidémicas, con el consiguiente coste humano, social, sanitario, familiar y económico. A día de hoy, además, no se dispone de tratamientos efectivos, y aunque es un área de continua investigación, sólo se han conseguido tratamientos sintomáticos, que retrasan pero no frenan el avance de la enfermedad.

Los esfuerzos de clínicos, investigadores básicos y empresas farmacéuticas han permitido poner en marcha numerosos ensayos clínicos. Actualmente hay más de 70 en marcha, como Aducanumab, tan nombrado estos días y en cuyos ensayos clínicos participa también la Clínica Universidad de Navarra. La mayoría de estos trabajos están centrados en reducir los niveles del considerado villano en la enfermedad, el beta-amiloide. Sin embargo, no parece que ninguno de estos ensayos pueda dar resultados positivos a corto plazo. Por lo tanto, es innegable la necesidad de seguir trabajando en la búsqueda de nuevos tratamientos, pero también de preguntarnos si los investigadores estaremos eligiendo adecuadamente las dianas en las que estamos trabajando.

Actualmente se considera el alzhéimer como una enfermedad multifactorial, consecuencia de una interacción entre la susceptibilidad genética y factores ambientales de riesgo, como edad, obesidad, hipertensión, estrés ó inflamación. Estos factores, que predisponen y aumentan el riesgo de desarrollar la enfermedad, se asocian a la mayor parte de los casos (más del 95%). Por lo tanto, un control de los factores de riesgo durante toda nuestra vida puede ser clave para prevenir o disminuir los casos de enfermedad desarrollados. Según la Asociación Internacional de Alzheimer, los cuatro pilares básicos para reducir el riesgo de desarrollar la enfermedad son: cuidar la salud cardiovascular, estar físicamente e intelectualmente activos, seguir una dieta sana y disfrutar de la vida social. Ente estos factores, el estrés parece tener un papel clave.

El estrés se define como la reacción fisiológica del organismo a modo de mecanismo de defensa para afrontar una situación que se percibe como amenazante. En episodio agudo el estrés es una reacción de respuesta a un desafío. Pero situaciones de estrés crónico están asociadas a riesgos serios para la salud. El estrés es considerado como la epidemia del siglo XXI, y puede presentarse tanto en épocas prenatales, como infantiles –por abusos en la infancia, pérdida o separación de los padres, traumas infantiles, acoso escolar, etcétera– o en la edad adulta, debido a estrés social, estrés laboral, etcétera.

Se ha descrito ampliamente que la exposición crónica al estrés puede ejercer efectos dañinos en la estructura y la función del cerebro, que se pueden manifestar inmediatamente después de la exposición al estrés o como una vulnerabilidad a largo plazo de sufrir desórdenes cognitivos y/o neuropsiquiátricos. Asimismo, situaciones crónicas estresantes pueden acelerar también la aparición de deterioros cognitivos en individuos genéticamente predispuestos.

No obstante, la buena noticia es que el estrés podría ser un factor de riesgo modificable, tanto a través de programas de reducción y control del estrés percibido, como mediante medicamentos para el control de las hormonas que median en las respuestas al estrés en el organismo: los glucocorticoides. Resulta pertinente señalar que no todos los individuos responden de igual manera ante una situación estresante, y que mientras factores estresantes que aparecen de forma inesperada e impredecible en la vida diaria son tolerados con gran dificultad por muchas personas, otras muestran resiliencia (se adaptan a la situación). Ya hay estudios preclínicos que muestran que estos individuos resistentes al estrés podrían ser resistentes al desarrollo de la enfermedad de Alzheimer. Por lo tanto, si conocemos los mecanismos de la resistencia al estrés quizá podamos desentrañar los mecanismos de resistencia a sufrir alzhéimer.