La gula, el invento español

La doctora Celia Sánchez, nombrada en 2009 la mejor investigadora del año. /EMILIO PERDERA
La doctora Celia Sánchez, nombrada en 2009 la mejor investigadora del año. / EMILIO PERDERA

Hay inventos que se convierten en una máquina de hacer dinero. Aun así España está a la cola de Europa en número de solicitudes de patentes

IRMA CUESTA

Es más que probable que cuando Rosa Menéndez, flamante presidenta del Centro de Investigaciones Científicas (CSIC), dio con la fórmula para generar grafeno a un coste más que razonable no se le ocurriera ponerse a echar cuentas y calcular cuánto dinero sacaría de aquello. Sin embargo, su descubrimiento, esa puerta hacia la fabricación de grafeno 'low-cost', un producto que por sus propiedades químicas puede ser útil para la fabricación de componentes de móviles, ordenadores e incluso aviones, se convirtió en una de la patentes más rentables de España; un país en el que, por más que haya aumentado el número en las últimas décadas, no somos muy dados a registrar nuestros hallazgos.

De hecho, según datos de la Oficina de Patentes Europea, a pesar de que los españoles aumentaron sus solicitudes un 2,6% en 2016, llegando a las 1.558, ocupamos el puesto número 27 en la tasa de solicitudes en el continente, por detrás de Chipre o Estonia y a años luz de vecinos como Suiza, que registra 892 patentes por cada millón de habitantes. Nosotros, a duras penas alcanzamos las 32.

Aún así, cuando los españoles damos con algo bueno, es bueno de verdad. ¿Una prueba? La ADN polimerasa, la patente más rentable de la ciencia española, desarrollada por el equipo de investigación que dirige Margarita Salas. La brillante discípula de Severo Ochoa descubrió y patentó junto al investigador gallego Luis Blanco Dávila el uso de la ADN polimerasa. Una patente propiedad del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) que posteriormente fue licenciada por la empresa Amershan Biosciences y que ha generado más de cuatro millones de euros, además de revolucionar la biología molecular y la ciencia forense.

Aunque suene mucho menos sofisticado o científico, igualmente rentable fue el descubrimiento de la fórmula que abrió la puerta a la fabricación de la famosa gula del norte. Puede que muchos crean que ese fantástico sucedáneo de las prohibitivas angulas está ahí desde el principio de los tiempos, pero nada más lejos de la realidad. Hubo que esperar a las navidades de 1991 para poder encontrar las primeras en el supermercado, y antes de eso a que los investigadores del CSIC Javier Borderías Juárez y Margarita Tejada Yabar, y la empresa Angulas Aguinaga, dieran con la forma de convertir pescados de descarte en el hermano pobre del preciado alevín de la anguila.

Aquello fue el ejemplo perfecto de lo lejos que se puede llegar cuando ciencia y empresa caminan de la mano y, desde luego, un descubrimiento de lo más enriquecedor. Registrada la patente en 1989 con el curioso título de 'Procedimiento de fabricación de un producto análogo a la angula y producto así obtenido', desde entonces es complicado encontrar una casa en la que no se consuman. La empresa factura hoy 150 millones de euros al año y genera más de 400 empleos directos.

Los datos evidencian que empresas y particulares, además del CSIC, están detrás de buena parte de nuestros descubrimientos más sonados, pero hay hallazgos fantásticos alumbrados en centros como la Universidad Complutense de Madrid, en donde la doctora Celia Sánchez Ramos ideó y patentó una suerte de gafas anti-ceguera. Capaces de evitar el daño ocular producido por la luz solar o artificial, el invento se encuentra en fase clínica y, de funcionar, podría ser utilizado por millones de personas con problemas maculares en todo el mundo. Y, sin duda, reportar muchos millones de euros.

En Números

2.849,
fue el número de solicitudes de patentes que se registraron en 2016 en la Oficina Española, de las que se concedieron 2.194. Según datos oficiales, España ocupa el puesto número 11 en estaprática dentro de la Unión Europea y el 27 de toda Europa. LOS MÁS EMPRENDEDORES. Cataluña fue la comunidad autónoma que más solicitudes registró el año pasado: el 35,1% de las patentes que se reclamaron en España lo hicieron en esta región. Madrid, con el 20,6%, se coloca en segundo lugar.
171.
Un particular registró el año pasado 171 patentes, encabezando la lista de solicitantes. Otro, con 117, ocupa el segundo lugar, seguido de BSH Electrodomésticos España (76) y el CSIC (68).
4
millones de euros supuso el descubrimiento de la DNA polimerasa.

Los particulares, en cabeza

Las cifras que ofrece la Oficina Española de Patentes son incontestables: los dos mayores solicitantes de patentes el año pasado fueron particulares que tramitaron respectivamente 171 y 117 cada uno, seguidos de la empresa BSH Electrodomésticos España (76), el CSIC (68) y la Universidad Politécnica de Madrid (31). Pero si hay alguien que sabe en este país de este asunto es Antonio Ibáñez de Alba. Cuando el ingeniero industrial gaditano -inventor, entre otras muchas cosas, de un agua en el que es imposible ahogarse- entra en la Oficina Española de Patentes, falta poco para que los funcionarios se quiten el sombrero. Teniendo en cuenta que en los últimos treinta años ha registrado cerca de 300, el incansable industrial se siente como en casa en el lugar que se encarga de analizar y verificar si las propuestas son únicas y merecen la pena.

Ibáñez de Alba cree que no existe otro camino, que no sea patentar tus descubrimientos, para poder defenderte jurídicamente; para sentirte protegido por la ley en el caso de que alguien copie tu idea. Sin embargo, lamenta que un reciente cambio en la normativa haya encarecido considerablemente un proceso ya de por sí largo y complicado. «Hasta el pasado mes de abril se podía iniciar, solo iniciar, el proceso pagando 74 euros por una solicitud de inscripción -cuenta-. Ahora son 900 de salida, y eso ha provocado que muchos se echen atrás antes de emprender el protocolo». Asegura que conseguir la protección mundial de una patente puede salir por unos 60.000 euros, porque primero debes optener la española, la europea y más tarde la del resto de países.

En manos del 'examinador'

Pero, ¿cuál es el proceso? El inventor explica que arranca presentando la solicitud, que luego será estudiada cuidadosamente por los expertos a los que, en ese mundo de ideas e inventos, se conoce como 'los examinadores'. El trámite lleva su tiempo, porque pueden suspenderte hasta dos veces (tres no, porque no hay más opciones de 'examen') y debes enmedar los fallos o aclarar lo que te traes entre manos. Si todo va bien, finalmente llega la notificación de que el procedimiento ha terminado y la patente ha sido registrada.

La voz del experto

« Cada vez hay más juicios por infracciones». En PADIMA, una de las empresas españolas especializadas en guiar al inventor o descubridor hasta la protección legal de su hallazgo, creen que la innovación y la creatividad son elementos fundamentales para conseguir el éxito empresarial. Ellos, según explica Isabel Ibarra, responsable de área de Innovación de la empresa, ingeniera y especialista en protección de invenciones, protegen a empresas y particulares que buscan diferenciarse de sus competidores. «Quien realiza un esfuerzo inventivo en idear y diseñar un producto novedoso puede protegerlo como diseño industrial, patente o modelo de utilidad. De esa manera logrará la exclusividad para la explotación industrial, comercial y económica. Nosotros ayudamos a poner en valor esta diferencia», afirma. Explica que la investigación previa y la revisión de posibles escenarios es vital para ser conocedores de los riesgos que asumen sus clientes y, sobre todo, para evitar problemas en el futuro. «Cada vez hay más juicios sobre infracciones de patentes», desvela.

Ibáñez de Alba mantiene que las más rentables son las más sencillas y eficaces y confiesa que, en su caso, unas palmeras artificiales capaces de modificar el clima en el lugar más inhóspito, que terminó vendiendo al Gobierno de Libia; el agua convertida en una especie de mar muerto que impide el ahogamiento, que ya está comercializando por todo el mundo; y un sistema para proteger el terreno de juego de los campos de fútbol son los que más dinero le han proporcionado.

También pone el foco en otro asunto que no muchos entienden. Los expertos precisan -por si alguien ha visto alguna película en la que el robo de una patente es el eje de la trama- que cuando completas un registro haces que algo sea público. Vamos, que no se puede robar una patente porque no es ningún secreto, sino el reconocimiento nacional, o internacional, de que una invención es efectivamente nueva, distinta y se debe a tu investigación y no a la de otros.

En realidad, las patentes son solo una forma de hacer público tu conocimiento a cambio de unos derechos económicos que prescriben con el tiempo y que deben pagar todos aquellos que la han utilizado en lo que se denomina «licencia de patente». Otra cosa, y eso sí que ha dado (y dará) para cientos de películas, es el secreto industrial. ¿Y qué mayor secreto industrial que la fórmula de la Coca-Cola? Si John Stith Pemberton, el farmacéutico de Atlanta que dio con la composición de la bebida más famosa del mundo a finales del XIX, hubiese patentado su hallazgo, hace tiempo que encontraríamos el mismo refresco con la etiqueta de... Mercadona.

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Csic, Europa

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