«El beso esquimal no existe: se están oliendo»

Bailón se asoma desde un iglú de hielo.
Bailón se asoma desde un iglú de hielo. / Fotografía cedida por Francesc Bailón.
  • El antropólogo Francesc Bailón desmonta los tópicos sobre el pueblo inuit gracias a su convivencia en tierras árticas desde hace dos décadas

  • «Una de las cosas que menos les gusta es que les llames esquimales», avisa el investigador

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Francesc Bailón no se engaña. Al menos ahora. «Recuerdo que una de las imágenes fue ver a un inuit conduciendo un trineo de perros y hablando por el móvil y yo por entonces ni siquiera tenía móvil», avanza sobre su primera inmersión real en un pueblo ártico en 2002. «Me preguntaba: '¿qué pasa? Aquí hay algo que no me cuadra. Todos estos libros me están hablando de una época y de un pueblo que ahora no existe». Fue el primer paso del investigador después de estudiar dos carreras (América Precolombina y Antropología Cultural) y decidirse a concentrarse en los habitantes de las zonas más septentrionales del mundo.

Después de la preparación académica chocó con la realidad. La literatura científica estaba equivocada. «Yo me creía todo lo que estaba leyendo, desde que comparten a su mujer o lo del beso esquimal con las narices. O la palabra esquimal o que por decreto ley se practicaba el infanticidio femenino o que la gente mayor se suicidaba para no ser un estorbo para la propia comunidad. Claro, yo, estudiando o conviviendo, llegué a la conclusión de que realmente lo que muchos libros estaban transmitiendo (o incluso películas como la de 'Los dientes del diablo', de Nicholas Ray), pues eran, por una parte, una forma de vender y de sorprender más a la gente para llamarles la atención. Y por otra, me di cuenta que realmente lo que están reflejando eran tan sólo un 5 % de cómo vivían los inuit hace 100 años», explica por teléfono desde la universidad en que trabaja en Barcelona.

No hay esquimales

Señales en territorio ártico.

Señales en territorio ártico. / Fotografía facilitada por Francesc Bailón.

El primer error de los profanos consiste en emplear la palabra 'esquimal' en lugar de 'inuit' -'ser humano' en su lengua'- para una comunidad de 160.000 personas repartidas entre Siberia, Alaska, Canadá y Groenlandia. «Una de las cosas que menos les gusta es que les llames esquimales, pero entienden que por medio unas personas han distorsionado la realidad», confía Bailón sobre un término despectivo procedente de Norteamérica. «Aún se está debatiendo cuál es el origen de la palabra. Pero sí, las dos definiciones posibles serían o 'constructores de raquetas de nieve' o 'comedores de carne cruda'», explica para enfrentarse a un tópico fabricado: «Sólo los inuits del Ártico canadiense construían raquetas de nieve. Muchos de ellos comen carne cruda, por no decir la mayoría. Pero está demostrado que en situaciones extremas tomar la proteína cruda es un reconstituyente energético brutal y calorífico muy recomendable».

Otra pérdida en el trasvase cultural es su teórica forma forma de saludarse. «¿El beso esquimal? No se están besando, se están oliendo, es un instinto del ser humano o del animal, como se quiera decir», aclara Bailón. Tampoco hay intercambio de esposas. «Yo he estado 25 veces en el Ártico y nunca me la han cedido», avisa. «En el pasado era sobre todo una cuestión de amistad. Está comprobado que el mayor índice de abortos naturales de la mujer en el pasado era en los viajes en trineos de perros. Es decir, que si tu mujer estaba embarazada se la cedías a tu mejor amigo y tu mejor amigo te cedía a la suya para ir de expedición», señala Bailón, autor de 'Los poetas del Ártico'. Tampoco son los inventores del iglú ni es el hogar en el que se deben dibujar. «Yo estuve haciendo un estudio y el 67 % de los inuits vivían en primavera y en invierno en casas de piedra y turba, o sea que tampoco es la casa más representativa», insiste el investigador que quiere «desmitificar todos los estereotipos en que se ha caído».

Un inuit desuella un animal.

Un inuit desuella un animal. / Fotografía facilitada por Francesc Bailón.

Para arrojar luz sobre le pueblo inuit el estudioso catalán ha convivido con los pueblos del norte en varias ocasiones y ha compartido su forma de vida durante largos períodos. «Con el tiempo me he acostumbrado a comer muchos alimentos crudos», ejemplifica quien ha aprendido su lengua común y en ocasiones se atreve con algunos dialectos. «Desde un principio tuve claro que la única manera de entender su cultura era estar con ellos. Más que ser un antropólogo (hay que) ser un amigo, una persona que se interesa por sus costumbres y sus tradiciones y su lengua. Es decir, si hay que ir a cazar pues ir a cazar, si hay que ir a pescar acompañarlos a pescar y de una manera u otra se como si fueras tú un invitado que viene de Occidente».

Cambio climático

La inmersión casi le cuesta la vida, aunque en realidad el principal culpable es el innegable cambio climático. «En abril no puedes ir en trineo de perros y antes era impensable. El problema es que la repercusión es directa. Es más peligroso ir a cazar y a pescar por la inestabilidad del mar helado, porque hay tormentas súbitas, porque antes podía predecir el tiempo que iba a hacer en un futuro próximo y ahora los cambios son muy bruscos. Muchos inuits han muerto por tener accidentes tanto en verano, cuando van en su barcas porque caen grandes toneladas del hielo al mar y provocan tsunamis; o en primavera o en invierno, porque se abre el mar helado y caes al fondo de las aguas. Yo, sin ir más lejos, en 2004 no morí de milagro porque se nos abrió el mar helado y no tenía que haberlo hecho. Y menos en esa época», recuerda. El cambio ha provocado que un pueblo que vive de la naturaleza sin modificarla agregue un nuevo concepto a su vocabulario. «Los inuits dicen que el clima es un amigo de siempre que se ha vuelto extraño», ilustra Bailón.

Un inuit pesca.

Un inuit pesca. / Fotografía facilitada por Francesc Bailón.

Otro de los obstáculos para conocerles es la cierta desconfianza hacia los antropólogos porque los antecedentes son peligrosos. Hasta el siglo XV, los inuits creían que eran los únicos moradores de la tierra y de pronto pasaron a contactar con comerciantes que arribaron a sus tierras con una curiosidad nociva para los confiados locales. «Se han hecho barbaridades. Se los llevaban a su respectivos países de origen para para mostrarlos como si fueran animales. Aquí en España tenemos algún caso como el de Madrid, cuando una familia fue llevada en el año 1.900 y fue expuesta en los jardines del Retiro. Claro, todo eso ha hecho mucho daño», menciona antes de citar la política canadiense de matar a todos los perros de los hombres del norte, los raptos de niños en Groenlandia para ser criados en Dinamarca con «lavados de cerebro» o los cadáveres disecados para ser mostrados en Nueva York. Actualmente, existe una organización supranacional llamada Consejo Circumpolar Inuit, que ayuda a mantener el pueblo unido, a protegerse y a respetar sus peculiaridades.

Intérprete

El investigador ofrece conferencias por todo el mundo y da clases en las universidades para dar a conocer a los inuits. Además, también colaboró en el documental 'La sonrisa del sol' que muestra la visita de una semana a las islas Canarias de nativos de Groenlandia. El escritor quiere difundir el espíritu de una comunidad generosa y auténtica que se ha adaptado a la globalización. «La esencia la mantienen y eso es muy importante porque en muchos aspectos han cambiado», señala Bailón sobre unos hombres que viven en casas prefabricadas de madera pero que siguen marchando a cazar y pescar en zonas remotas. Más allá de las cuestiones materiales, la pervivencia de la cultura se demuestra en su espíritu eterno de comunidad y en su tradición oral como herencia. «Es como conocer al ser humano antes de que fuéramos nosotros. Conviviendo con ellos he aprendido a ser mejor persona. El inuit es el ser humano es su estado más puro. Son hospitalarios, generosos y entregados viviendo en las condiciones más extremas del planeta sin necesidad de transformar su medio ni de modificarlo, simplemente adaptándose», señala el antropólogo que se sorprende con cada visita y que mantiene su intención de descubrirlos para el resto del mundo.

Francesc Bailón seguirá con sus convivencias hasta una jubilación soñada con ellos. En el septentrión disfruta su propia familia adoptiva formada por Hans y Mona. «Ellos no tenían hijos y yo era como el niño que venía de Occidente y era como la atracción», explica sobre la pareja que le acogió en su primer gran traslado y con los que ahora mantiene una estrecha relación. En marzo, acudirá a un puesto de pastores nómadas guerreros en Siberia y después se trasladará a la costa este de Groenlandia con un pueblo con trineos de perros. Todo le servirá para desvelar las claves de una cultura desconocida que se ha explicado con tópicos fabricados por hombres occidentales y teóricos investigadores que les explotaron como infrahumanos con tintes circenses. «Los más lamentable es que muchos antropólogos ha participado de estas historias», reconoce sin pudor. «Mis amigos inuit no saben que soy antropólogo, no quiero mencionar esa palabra entre ellos», confiesa finalmente el investigador.