Un espermatozoide humano trata de penetrar en un óvulo
Un espermatozoide humano trata de penetrar en un óvulo

Errores imperdonables

  • Una clínica canaria de fertilidad tendrá que indemnizar a una mujer que dio a luz a unos gemelos fecundados por el semen de un hombre que no era su marido

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Nunca sabrán quién es el padre. Con ese argumento, un centro de fertilidad canario ha sido condenado a indemnizar a la mujer que acudió a ser inseminada con el esperma de su marido y acabó dando a luz a dos gemelos de otro hombre. El Tribunal Supremo acaba de desestimar el recurso de la clínica, que tendrá que desembolsar 315.000 euros por daños morales.

Los gemelos tienen ahora casi diez años. En 2007, su madre y su entonces pareja acudieron al Instituto Canario de Infertilidad con el objetivo de ser padres. No podían serlo de forma natural porque él se había sometido a una vasectomía, por lo que se extrajo su esperma directamente de un testículo mediante una biopsia, para posteriormente ser implantado en un óvulo de ella mediante fecundación in vitro.

El proceso, por el que pagaron una suma de 6.000 euros, se desarrolló con aparente normalidad, pero desde el embarazo el padre comenzó a sospechar que los gemelos que esperaban no eran suyos. Durante una revisión, una enfermera comentó que era imposible que los niños tuvieran RH negativo mientras que el de los padres era en ambos casos positivo. La sospecha era fundada, pero el hombre, o no le dio importancia, o prefirió guardarse el secreto.

Hasta dos años más tarde, cuando los problemas en la pareja les llevaron a iniciar un proceso de divorcio. La mujer reclamó compartir la guardia y custodia y una pensión alimenticia para los hijos, pero el marido se negó con el argumento de que los niños no eran suyos. Efectivamente, una prueba de paternidad ratificó los recelos de aquella enfermera y, de un plumazo, dejó a los gemelos sin padre conocido.

¿Qué había podido pasar? La sentencia de la Audiencia de Las Palmas que acaba de ratificar el Supremo responsabiliza a la clínica y determina que hubo una «actuación negligente en el control de identificación y trazabilidad del material productivo por parte del Instituto Canario de Infertilidad en el desarrollo de la actividad contratada». Es decir, que en algún momento desde que se recogió la muestra de semen del hombre hasta que se practicó la fecundación in vitro se rompió la cadena de custodia.

«Es imposible que eso haya podido suceder», sostiene el director del Instituto Canario de Infertilidad, Ali Mashlab, en declaraciones a este periódico. El centro, pionero en las islas en tratamientos de fecundación in vitro, asegura que entonces, «y ahora», cumple con «todos los protocolos de seguridad». Su responsable explica que, durante el juicio, se les practicó una auditoría externa para valorar la calidad de sus procedimientos y que pasaron todas las pruebas con resultados «satisfactorios».

Muestras preparadas para una inseminación artificial

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Los expertos consultados coinciden en que el caso es «absolutamente excepcional». La técnica de fecundación in vitro está sujeta a unas férreas medidas de seguridad precisamente para evitar cualquier error humano. La extracción de semen se hace en un espacio habilitado dentro de la propia clínica, la muestra es recogida por el personal sanitario y se mantiene identificada durante todo el proceso. Su manipulación en el laboratorio –que a priori podría parecer el momento más sensible del procedimiento– «se hace siguiendo un sistema de doble testigo: mientras un operario trabaja, otro está presente para evitar cualquier fallo», ilustra el doctor Marcos Ferrando, del Instituto Valenciano de Infertilidad. El centro canario dice seguir el mismo sistema.

¿Superfecundación?

Diez años después de aquella problemática fecundación, la clínica sigue rechazando cualquier posibilididad de error humano. Su defensa a lo largo del proceso judicial se ha sustentado en una hipótesis tan remota, «pero posible», como la confusión a la hora de gestionar las muestras de semen. «Durante el tratamiento de fertilidad cabe la posibilidad de que la mujer fuera fecundada mediante el coito», apunta Mashlab. Científicamente se llama superfecundación y ha dado lugar a casos llamativos, como una pareja de mellizos vietnamitas nacidos de diferentes padres.

No hay duda de que el espermatozoide que fecundó el óvulo de la protagonista de esta historia no era el de su marido. ¿Quiere decir eso que pudo quedarse embarazada al serle infiel? «Yo no afirmo nada, solo trato de defenderme ante un tribunal», reconoce el director de la clínica canaria. Lo que sí mantiene es que la sentencia se dictó «sin pruebas de que cometiéramos un error» y «primando el interés de los menores» sobre el del centro sanitario privado, que se enfrenta a «graves dificultades» para hacer frente a la indemnización que tendrá que pagar a la madre de los gemelos.

En cualquier caso, la sentencia no admite duda. Al desestimar su recurso, el alto tribunal da la razón a la demandante y hace responsable a la clínica de la situación de desamparo de los niños. Se produjo un error que «ha privado a los menores de conocer una parte importante de su identidad, su procedencia biológica, sus antepasados por línea paterna y su propia historia», reza el fallo. Asímismo, valora el «lucro cesante» que supone para los niños haber dejado de percibir las pensiones alimenticias, al constatarse que el entonces marido de su madre no era realmente su padre.

Convertida de la noche a la mañana en madre y padre de los pequeños, la mujer –que prefiere preservar su identidad– se ha visto «obligada a asumir en solitario los deberes derivados de la patria potestad» y lleva ocho años enfrascada en un «calvario judicial» que la ha agotado moral y económicamente. «Lo he pasado muy mal, me he sentido absolutamente sola», reconocía hace unos días al diario ‘Canarias 7’. Atrapada entre un «colosal error médico» y la sombra del adulterio, ha vivido durante una década una situación kafkiana.

En ningún momento accedió a ser inseminada por un donante anónimo, puesto que su objetivo al acudir a la clínica de fertilidad no era satisfacer su instinto maternal. Ella ya tenía una hija de una relación anterior que está a punto de cumplir veinte años. Si se embarcó en un nuevo embarazo fue porque tenía la confianza de asumir la crianza en pareja, incluso en el caso de que el matrimonio llegara a romperse.

Y no solo ha tenido que criar a sus hijos en solitario, sino que además ha tenido que soportar que el entorno de su entonces pareja sembrara dudas sobre su fidelidad. Con la prueba forense en la mano, su ahora exmarido se desentendió de los niños con los que había convivido durante dos años y negó a la mujer cualquier auxilio. El contacto con él y su familia se desvaneció, ni siquiera sus padres, «que hasta entonces habían ejercido de abuelos», se interesaron por los pequeños. «El cariño desapareció», lamenta la mujer. Como los espermatozoides que aportó su exmarido y que nunca llegaron a convertirse en los hijos que habían deseado.