El juego de las damas

A pesar de ofrecer perfiles opuestos de lo que se espera de una primera dama, Michelle Obama y Melania Trump exhibieron en público una relación muy cordial
A pesar de ofrecer perfiles opuestos de lo que se espera de una primera dama, Michelle Obama y Melania Trump exhibieron en público una relación muy cordial / Kevin Dietsch-Efe
  • Son las personas más cercanas al hombre más poderoso del mundo. Anfitrionas, filántropas o consejeras en la sombra, sólo su carácter determina su influencia

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Dicen que Jacqueline Kennedy detestaba el título de primera dama. «Suena a caballo de carreras», dijo en una ocasión. Sin embargo, en apenas mil días como anfitriona de la Casa Blanca, Jackie dio forma al molde en el que se han mirado prácticamente todas sus sucesoras. Su elegancia natural, unida al carisma de su marido, convirtieron a la pareja en lo más cercano a la realeza que puede alumbrar una república con tintes de monarquía electiva. El trágico asesinato de JFK aquella mañana de noviembre de 1963 en Dallas acabó con su proyecto político, pero la catapultó a los altares de la cultura popular.

Las dudas sembradas sobre el papel que desempeñará Melania Trump se disiparon ligeramente el día de la toma de posesión de su marido, cuando apareció vestida con un dos piezas azul pastel de Ralph Lauren, el decano de la moda americana. Las comparaciones con Jackie no se hicieron esperar y de pronto la esposa eslovena del magnate, visiblemente incómoda a lo largo de toda la campaña electoral, fue vista con cierta naturalidad llevando el título que le acompañará, previsiblemente, los próximos cuatro años.

«Cada primera dama se enfrenta a un papel moldeado por todas las que estuvieron en su puesto antes que ella», explica la historiadora Magdalena Block. En una Constitución en la que ni siquiera las atribuciones del presidente están estrictamente delimitadas, las de la primera dama están en el limbo. En la práctica, es una mezcla de ama de casa, diplomática, filántropa y asesora política. La proporción de cada ingrediente depende del temperamento de la titular.

La primera en verse en esa tesitura se sentía «prisionera del Estado». Martha Washington, que se oponía a la elección de su marido como presidente y ni siquiera asistió a su toma de posesión, aceptó a regañadientes las obligaciones de su posición y no llegó a habitar la residencia oficial. «Fue su sucesora, Abigail Adams, la primera en hablar sobre su ‘nuevo oficio’ en una serie de cartas dirigidas a su hija», explica a este periódico la catedrática de Historia Contemporánea Carmen de la Guardia. Ya entonces su función principal era la de anfitriona de la mansión presidencial, una labor a la que sus sucesoras han ido añadiendo otras atribuciones, como la de consejera o promotora de causas sociales.

En un sistema político en el que la vida familiar del líder tiene una indudable dimensión pública, los votantes esperan que los inquilinos de la Casa Blanca lleguen por parejas. Los escasos presidentes solteros o viudos han delegado ese papel en otras mujeres de su familia. De hecho, la expresión ‘primera dama’ comenzó a hacerse popular para referirse a la sobrina de James Buchanan, que no estaba casado, a mediados del siglo XIX. Antes, las esposas de los mandatarios recibían el tratamiento de «señora presidenta» o incluso «Su Majestad».

La experiencia dice que las esposas de presidentes republicanos suelen mostrarse más cómodas en su dimensión social, mientras que las demócratas tienden a exhibir un perfil más político. Con excepciones. ‘Ladybird’ Johnson -demócrata- se mantuvo en la esfera del hogar y fue más popular que su marido, mientras que Nancy Reagan -republicana- no escatimó maniobras políticas, aunque siempre desde la esfera privada, lo que le granjeó muchas enemistades. «La ciudadanía suele aceptar de buen grado a las que adoptan un rol tradicional, mientras que se muestra crítica con quienes evidencian inquietudes políticas», advierte Block.

Tanto para ofrecer la estampa familiar convencional que tanto gusta al electorado conservador, como para aportar dinamismo a políticos progresistas, las parejas suelen jugar un papel fundamental en la carrera hacia la Casa Blanca. El discreto encanto y las maneras distinguidas de la mujer de Lyndon Johnson le sirvieron para pescar votos en los estados del sur, tradicionalmente republicanos. Y el historial político de Eleanor, sobrina del expresidente Theodore Roosevelt y una figura prominente dentro del Partido Demócrata, fue una razón de peso en la elección de su marido, Franklin Delano Roosevelt.

Pero mientras que el activismo puede ser un valor en alza durante el tortuoso camino hacia la Casa Blanca, una vez allí, suele convertirse en un lastre. «Cuando, convertida en primera dama en 1933, se vio obligada a despojarse de las labores políticas que había desempeñado hasta entonces, Eleanor valoró seriamente la posibilidad de divorciarse», sostiene la historiadora Allida Black. Finalmente se dio cuenta de que podía ser más influyente desde la cúpula del poder y desplegó un abanico de actividades que la convierten en el más claro ejemplo de primera dama política. Tenía su propio programa semanal de radio y convocaba ruedas de prensa solo para mujeres periodistas. «Así se aseguraba la simpatía de la audiencia y conseguía que los editores contrataran a mujeres en un momento en el que no eran habituales en las redacciones de los periódicos», señala la especialista Edith Mayo.

El ala este

Quizá quien más se ha mirado en el ejemplo de Roosevelt haya sido Hillary Clinton; no en vano, ha estado a punto de convertirse en la primera mujer presidente de Estados Unidos. Con una carrera política paralela desde antes de que Bill, su marido, fuera gobernador de Arkansas, se negó a ocupar las oficinas reservadas para el equipo de la primera dama en el ala este de la Casa Blanca, donde está la vivienda privada, y quiso permanecer en el ala oeste, donde se toman las decisiones ejecutivas. En 1993 recibió el encargo de revisar el sistema sanitario y a la Administración Clinton le llovieron las críticas. Al fin y al cabo, entonces nadie había votado por ella.

«Hacen falta millones de personas para elegir al presidente, pero solo una para elegir a la primera dama». La frase se le atribuye a Laura Bush. La mujer de uno de los presidentes más impopulares de la historia -hasta la llegada de Donald Trump- se refugió en las labores domésticas. Si bien en su posición los asuntos domésticos tienen un innegable componente político. Ella derivó los encuentros con mandatarios internacionales hacia el rancho familiar de Texas, donde sabía que George W. se sentía más cómodo. Organizar cenas de Estado, agasajar a mandatarios extranjeros o recibir a representantes de entidades sociales son labores que se esperan de la primera dama y que ninguna, salvo por razones de salud, se ha atrevido a eludir.

Jackie y su talento para dar lustre a la corte de Camelot aparecen de nuevo como modelo a seguir. Entre sus sucesoras, quizá Nancy Reagan haya sido la que mejor entendió la importancia de ser buena anfitriona para afianzar la carrera de su marido. Durante el mandato del primer presidente que procedía de la industria del entretenimiento, llenó la residencia oficial de estrellas del cine o la música, desde Frank Sinatra a Michael Jackson, pero también favoreció el diálogo con la Unión Soviética o impulsó programas para luchar contra las drogas.

Es habitual que cada primera dama escoja una causa filantrópica en la que trabajar. Michelle Obama ha volcado sus esfuerzos en combatir la obesidad infantil, las Bush promovieron planes educativos y Rosalynn Carter se centró en la salud mental. Se espera además que sean un modelo de conducta, un papel que ‘Mamie’ Eisenhower desempeñó con maestría. La esposa del héroe de la Segunda Guerra Mundial representaba el ideal de ama de casa de los años 50. Habitual en las revistas femeninas, ofrecía el contrapunto a la frivolidad de Hollywood. En la otra cara de la moneda, Betty Ford, exbailarina y divorciada, humanizó el cargo al confesar que era adicta al alcohol y los tranquilizantes.

El perfil que escoja Melania entre todo este abanico de posibilidades todavía es una incógnita. De momento, ha conseguido aprobar el primer examen al dulcificar la figura de Donald Trump en la investidura. Incluso la campaña montada en las redes sociales para «liberarla» de las garras del magnate bajo el hashtag #freeMelania está siendo útil para distraer la atención de sus primeras y duras medidas. Pero no va a tenerlo fácil. Las comparaciones con su inmediata predecesora no le ayudan. «Michelle Obama ha recogido la tradición de compromiso social de Eleanor Roosevelt y la de elegante compañera de su marido, como Jackie Kennedy», sostiene Carmen de la Guardia. Eso la convierte en el perfecto «caballo de carreras»... ¿hacia la Casa Blanca?