Viernes 13 se hizo real
La escritora, con su pareja y supuesto asesino, Ian Stewart.

Y Viernes 13 se hizo real

  • El juicio por el asesinato de la autora de literatura infantil Helen Bailey destapa una trama de duelos, cáncer, ingenuidad y una fosa séptica

Helen Bailey, autora de libros para niños y adolescentes, hubiese querido ser forense. En la necrológica que publicó el ‘Daily Telegraph’ se le atribuía haberlo dicho así: «Esoy segura de que si me dejan cerca de la escena de un crimen, vestida con un maravilloso mono blanco y guantes, descubriría en seguida si fue el coronel Mustard con su daga en la biblioteca, o la señora Peacock con la soga en el salón de baile».

Su hermano James la visitó hace tres años. El antiguo propietario de la casa que había comprado con su nueva pareja, Ian Stewart, un ‘apuesto canoso’ también viudo, iba a llegar de un momento a otro para recoger su coche, que había dejado en el garaje. Estaban los tres allí cuando Helen le contó a su hermano que en el garaje, debajo del coche, había una fosa séptica. Y añadió: «Un buen lugar para ocultar un cadáver».

Una mala premoción o una desgraciada manera de dar ideas a un criminal. Porque cuando, el pasado mes de julio, los policías que investigaban la desaparición de Bailey se llevaron otro coche que bloqueaba el paso hacia la fosa séptica y levantaron la tapa, vieron que emergía el brazo de la autora. Ian Stewart ya había sido detenido, pero faltaba el cadáver de su presunta víctima. Horas más tarde, los agentes tenían el de Bailey; también el de su perro, Boris, un daschung.

«¿Por qué me duermo?»

Un forense de verdad, el doctor Nat Cary, no ofreció a su paso por el banco de los testigos, en el juicio que comenzó el martes, la certeza que Bailey achacaba a su profesión. Cary no podía asegurar que hubiese sido arrojada a la fosa viva o muerta, tampoco si había sido asfixiada previamente con alguna treta de artes marciales, porque no tienen por qué dejar señales en un cuerpo humano tras tres meses de inmersión en la poza.

De lo que el doctor Cary está seguro es de que en el cuerpo de Bailey había restos de Zopliclona, un agente hipnótico que los médicos recetan para combatir el insomnio. Es congruente con el testimonio de su familia. Cuentan que en las semanas antes de morir, Bailey se sentía asombrada por su adormecimiento frecuente. En su ordenador los investigadores encontraron que buscaba explicación a lo que le ocurría: «¿Por qué me duermo continuamente».

Ian Stewart, que niega haber asesinado a su pareja, padecía insomnio y el médico le había recitado Zopiclona. Le acusan de sedar a Bailey para facilitar su asesinato. Se habían conocido a través de una página de citas para viudos en internet. La mujer de él murió súbitamente en 2010. El marido de ella se ahogó en una playa de la isla caribeña de Barbados, en 2011, cuando estaban juntos pasando unas vacaciones.

 Viernes 13 se hizo real

James Bailey, el hermano, dice que era muy graciosa y el humor se reconoce en el trágico libro que escribió tras la muerte de su marido, ‘Malas cosas ocurren cuando estamos con buenos bikinis’. Escribía sobre el sentimiento de absurdo que se apoderó de ella cuando le sacudió la muerte de su marido tomando el sol, con bikini y en chanclas.

Cinismo enfermo

A Stewart le pilló la noticia de la muerte de Bailey en la casa donde fue encontrada. Le llamó James, porque nadie daba con ella, y el marido le dijo que había ido a su otra casa, en Broadstairs, en la costa del sudeste. Cuando le dijeron que allí no estaba, reaccionó con sorpresa y expresando preocupación. Se unió a los intentos de búsqueda. Le enviaba mensajes a su móvil, por ejemplo, pidiéndole que le llamase.

La búsqueda se extendió. J.K. Rowling, la autora de la saga de Harry Potter, se sumó con un mensaje público a su colega de la literatura. La Policía fue descubriendo indicios que creaban sospecha sobre Stewart. Movimientos bancarios de la cuenta de ella a la de ambos, una herencia que le dejaba como beneficiario de la propiedad de la casa y de un cuarto de millón de euros en el fondo de pensiones...

La fiscalía acusa a Stewart de matarla para conseguir el dinero. Qué ingenuidad sobre personalidades turbias la de la creadora de Electra Brown –la chica de 14 años que cuenta cada noche en su diario sus primeros besuqueos, sus dudas sobre teñirse el pelo o cambiar de maquillaje–, si fuese verdad que la mató con tal cinismo el hombre con cáncer con quien aplazaba una y otra vez su boda, sólo por sus malestares de enfermo.