Sexo en pandilla

Un grupo de jóvenes practica juegos sexuales durante unas vacaciones de fin de curso
Un grupo de jóvenes practica juegos sexuales durante unas vacaciones de fin de curso / AFP
  • El ‘muelle’ es el último juego sexual entre los adolescentes. El abuso del alcohol, la banalización de las relaciones y la presión del grupo les empujan a correr riesgos. «Lo que mola es ligar mucho y contarlo, no disfrutar»

En los años ochenta los adolescentes jugaban a la botella. Se sentaban en corro, la hacían girar y besaban a quien señalara el gollete. Aquellos morreos al azar, casi siempre torpes y apresurados, eran lo más audaz que la mayoría se atrevía a hacer en materia erótica a los 13 años. Bendita inocencia. En 2017 las cosas han cambiado. El juego del ‘muelle’ se parece a la botella en que también hay adolescentes en círculo, pero a esto se juega con alcohol y sin bragas. Ellos se sientan con los calzoncillos bajados y ellas se ponen encima para practicar fugaces coitos de 30 segundos, por turnos cronometrados, uno tras otro. Cuando la ronda termina, vuelta a empezar. Gana el chico que aguanta más sin eyacular. Ni que decir tiene que esta ruleta rusa sexual es una eficaz vía de contagio de enfermedades venéreas y -como casi siempre se hace sin preservativo- de embarazos no deseados. Además, puede tener secuelas físicas, psicológicas y sociales a más largo plazo. «Quieren crecer muy rápido y no tienen percepción del riesgo», afirma la sexóloga Ana Lombardía.

Esta concepción del sexo como diversión en pandilla tiene otras manifestaciones, algunas legales, caso del ‘mamading’ -turistas que hacen felaciones colectivas en discotecas de Mallorca a cambio de copas gratis-, otras alegales -veinteañeros que frecuentan los prostíbulos como parte de su ocio nocturno- e incluso delictivas, como las presuntas violaciones del grupo conocido como ‘La Manada’ en los Sanfermines y en Pozoblanco.

Dicen que circula por Internet un vídeo grabado hace unos meses en un piso de Fuenlabrada en el que cinco chicos y tres chicas beben ron barato y juegan al ‘muelle’. Encontrarlo es otro cantar. Si es cierto que es una moda llegada de Latinoamérica, no parece que en España haya alcanzado un gran éxito. De momento. «Es algo muy minoritario, muy puntual. Sé que hay gente que lo practica, pero nadie me lo ha dicho abiertamente», confirma Pilar Lafuente, ginecóloga de la Unidad de Adolescentes del Hospital La Paz de Madrid.

De lo que sí está segura es de que ahora los jóvenes son más promiscuos y precoces, porque a su unidad especializada llega un número mayor de adolescentes con enfermedades de transmisión sexual, con nombres tan poco sexis como herpes genital, clamidia, gonorrea y papiloma. Todas ellas peliagudas de curar y con posibles secuelas: dolor, infertilidad, cáncer... Y aún podría ser peor, porque la sífilis y el virus del sida se pillan de la misma forma.

No hay que olvidar que en esta ruleta el cuerpo de cada niña entra en contacto con las secreciones vaginales de las demás y -si no se usa preservativo- también con las secreciones masculinas, incluido el semen. Así que, incluso si hay suerte y no quedan encinta, esta práctica es un auténtico jolgorio para virus y bacterias.

A los expertos les preocupan las secuelas a medio plazo. «A las mujeres, mantener relaciones sexuales sin una excitación previa, sin estar lubricadas ni relajadas, les puede producir desgarros y, más tarde, dolor durante la penetración y vaginismo -sostiene Lombardía-. A los chicos, estar intentando no correrse les provoca ansiedad y eso puede traer problemas de erección y eyaculación precoz». Ni para unos ni para otras se trata, por tanto, de relaciones placenteras, y eso puede influir en su respuesta sexual más adelante.

Tampoco hay que menospreciar los efectos psicológicos. «Mantener relaciones con alguien que no te gusta y saber que estás dejándote utilizar afecta negativamente a la autoestima», recuerda la terapeuta, que gestiona la página www.sexoenlapiel.com.

¿Por qué les resulta tan difícil a los jóvenes sustraerse a la influencia de la pandilla? «Perciben que tienen que ser sexuales muy pronto y que lo que mola es ligar mucho, tener muchas experiencias y contarlas, más que disfrutar -explica-. Con las chicas funciona una doble moral: se les pide que sean muy abiertas, pero, si se pasan, las llaman putas».

Ese control es aún mayor si todo queda grabado en los móviles: las imágenes pueden ser utilizadas para humillar a sus protagonistas. Ellas tienen las de perder: para su entorno, la misma acción que en un chaval queda guay es criticable en una chica.

Decir ‘no’

La sexóloga no conocía el ‘muelle’, pero sí otros juegos que, aunque menos peligrosos, también implican entablar contacto con alguien por presión del grupo, como la botella en sus diferentes variantes -besarse, magrearse o lo que se tercie- o las tinieblas, que se practica en un armario oscuro.

«Los adolescentes tienen mucha necesidad de aceptación social y de cariño. Quieren encajar», argumenta. Por eso, en las charlas que imparte en colegios e institutos trabaja la autoestima y la asertividad. «Cuando llego, me suplican que no les vuelva a hablar del condón -relata-. Por supuesto, tengo que hablarles del condón, pero también darles herramientas, a través de juegos de rol, para que aprendan a negarse a hacer cosas que no quieren y pedir lo que quieren». ‘Eso no me apetece’, ‘no me gustas’ o ‘sin protección no hacemos nada’ son frases que los chavales han de decir sin miedo a herir o ser rechazados.

Los juegos peligrosos alertan de que estos casi niños están practicando sexo a una edad a la que no están preparados para ello. Y lo banalizan, al hacerlo con parejas a las que no les une ningún vínculo. «Aquí voy a mojarme -anuncia la psicóloga Rocío Ramos-Paúl, la ‘Supernanny’ de la televisión-: que los chavales no deben tener sexo con 13 o 14 años intentando imitar el porno que ven en Internet no es una cuestión de valores ni de enfoque educativo, sino de sentido común». A su juicio, da igual lo liberales o conservadores que sean sus padres; a esa edad no han madurado lo suficiente para tener relaciones íntimas. Carecen de autocontrol y no valoran las consecuencias de sus acciones.

Y para colmo, es la misma edad a la que experimentan en el consumo de alcohol y drogas, por lo que esas relaciones precoces ocurren en un ambiente de descontrol en el que caen las inhibiciones y es más difícil oponer resistencia a la presión del grupo. «Es un cóctel», señala la psicóloga, coautora del libro ‘Un extraño en casa’ (ed. Aguilar).

La ginecóloga Pilar Lafuente teme que la difusión de estas prácticas «penosas» en los medios de comunicación dé pistas a unos adolescentes que «quieren probarlo todo» y creen que lo malo solo puede pasarles a otros. En su opinión, falla la «formación integral» que deben proporcionar las familias. «Vienen madres y me dicen: ‘Aquí te traigo a la niña para que hables con ella’», lamenta.

Para Ramos-Paúl, los padres deben crear canales de comunicación desde que los niños son pequeños. No pueden soltar de repente La Charla Sobre Sexo y confiar en que funcione; deben aprovechar una noticia vista en la tele, conversar acerca de esto y aquello y, sobre todo, escuchar. «Muchos padres creen que si hablan de sexo con ellos les alientan a practicarlo, y no es verdad», advierte la psicóloga. En su opinión, es fundamental que, a estas edades, los adultos expliquen que el sexo es algo que hacen dos personas que se quieren. Con más madurez, ya decidirán por sí mismos si eligen el sexo lúdico o lo hacen por amor. El problema, recuerda, es que si la familia no proporciona ese «filtro», los chavales solo recibirán la información a través de Internet o los colegas. Y será, con toda seguridad, información plagada de errores. ‘Supernanny’ recomienda paciencia: «Con un adolescente a lo mejor lo intentas 20 veces y funciona la número 21».