La magia de la Navidad

La magia de la Navidad
/ El Norte
  • Los ilusionistas abarrotan los teatros y se los rifan en televisión. Hay un ‘boom’ por este género en España. Todos los magos agradecen que Juan Tamariz les mostrara el camino

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El ilusionismo se expande como una mancha de aceite. Magia en el cine, magia en la televisión, magia en los teatros, magia en las empresas, magia en las comuniones... En España ha irrumpido una generación como no ha habido otra, jóvenes habilidosos, muy preparados, con una gran presencia escénica que saben vender el producto. Y en el resto del mundo, la revista ‘Forbes’, visto lo visto, ha elaborado una lista con los ilusionistas que más ganan, con el archifamoso David Copperfield al frente con una cifra sin truco: 60 millones de dólares.

Antonio Díaz ha visto machacados su nombre y apellido por su marca artística. Para casi todo el mundo él es el Mago Pop. Su popularidad, cada día mayor, se nutre de sus programas de televisión en Dmax y de su gira por los teatros de toda España con un espectáculo que está arrasando.

«La magia vive un gran momento, funciona muy bien y está en una época con mucho seguimiento», reconoce Antonio Díaz. Entre los factores de este fenómeno incipiente destaca dos catalizadores como son la televisión, con programas como el suyo, y el cine, con las películas de Harry Potter -las entradas para visitar los estudios donde se grabaron sus películas, una especie de parque temático cerca de Londres, hay que comprarlas con semanas de antelación-, ‘Ahora me ves’, ‘El gran truco’ o ‘El ilusionista’.

Pero, claro, no solo basta con la aparición de la magia en la pantalla, el buen momento tiene su músculo en «una generación fantástica de ilusionistas, toda una potencia mundial». El Mago Pop es de los últimos que no pudo servirse de Youtube como una herramienta para aprender y mejorar. «Yo he sido muy autodidacta y de una época en la que tenías que rebuscar los libros en las bibliotecas. He pasado muchas horas en soledad, pero es que la magia tiene mucho de soledad porque trabajamos con secretos».

Desde aquel niño de cuatro años que se quedó pasmado cuando sacaron una moneda de su oreja al joven que ahora deslumbra en los escenarios les engancha una pasión desmedida por la magia que culminó con ‘La gran ilusión’, «el espectáculo de magia más taquillero de Europa y el segundo o tercero de España de cualquier género. Esto era impensable hace unos años».

La punta de la madeja, para él y para casi todos los grandes ilusionistas españoles, está en Juan Tamariz y sus fabulosos y descacharrantes juegos con naipes. «Él ha sido la figura más importante de la historia de la magia en nuestro país. Es un referente para todos», sentencia el Mago Pop.

Juan Tamariz está trabajando en Argentina. Pronto regresará a España. Su hija Ana habla de una «época maravillosa» aunque muy sutilmente desliza que todo lo que se hace no está bien visto por una corriente del ilusionismo. «En nuestra escuela enseñamos la filosofía de Juan Tamariz y eso pasa por no trabajar con compinches ni usar trucos de cámara».

Ella está feliz de que ahora los carteles de espectáculos de magia salpiquen la Gran Vía madrileña porque no olvida los tiempos duros, cuando la gente no iba a los teatros, o los de los espectáculos «en las salas de fiestas trasnochadas», pero también la recuperación en cafés que sacaron la magia de los circos y la acercaron a la calle. Y después un nuevo impulso con la testa plateada de Anthony Blake como proa.

La magia de la Navidad

Ana Tamariz, a pesar de la personalidad arrolladora de su padre, iba para ceramista. Sus manos aprendían a modelar más que a sacar palomas de una chistera. Quizá porque esa niña con una timidez enfermiza no llevaba bien que las niñas de su clase estuvieran todo el rato preguntándole por el mago del ‘Un, dos tres’. Pero un día, fruto de un accidente, sufrió quemaduras severas en una mano. Entre operaciones e injertos acabó sumida en una profunda tristeza.

Juan Tamariz tuvo una idea para alegrar la vida de aquella adolescente y en 1988 abrió una tienda llamada ‘Magia Potagia’. «Pero muchos clientes tenían dudas y les citábamos un día para aclarárselas. Al final se formó un grupo e hicimos una clase». Así nació la escuela de magia y, de paso, un motivo para saltarse la regla inquebrantable de no contar los trucos. «Mi padre me los contaba a mí pero no a mi hermana. No hacía falta porque no le interesaba».

La gente necesita ilusión

Luego llegó el nieto y el hijo, Daniel Tamariz, que se ha desviado a hacer virguerías con un yoyó. «Es un fenómeno, pero yo creo que acabará dedicándose a la magia. El problema es que se le ha dado tan bien desde pequeño que no valora lo que consigue, en cambio para hacer un truco nuevo con el yoyó le cuesta un gran esfuerzo y eso le hace más feliz».

Uno de los grandes orgullos de la Gran Escuela de Magia Ana Tamariz es Jorge Blass, quien, siendo un niño de seis años quedó prendado de la magia después de ver al maestro Tamariz en televisión y de que los Reyes Magos le trajeran una ‘caja mágica’. «Yo lo tuve de profesor y es como estar cerca de un Dalí o un Buñuel de la magia. Un gurú en todo el mundo».

La trayectoria de Blass es digna de Harry Potter. Con 12 años ingresó en este Hogwarts madrileño y a los 19 comenzaron a lloverle trofeos por todo el mundo. No tardaron en rifárselo en la televisión: Antena 3, Disney Channel, Cuatro... Y actuaciones memorables en los mejores teatros de Las Vegas o Los Ángeles, y otros muy aclamados en España, como un espectáculo con Almudena Cid en Vitoria que reunió a 10.000 personas en el Buesa Arena. O sus exitosas giras: Birlibirloque, Palabra de mago...

Este ilusionista, capaz de deslumbrar al número uno, David Copperfield, que le compró los derechos de un truco para su ‘show’ en Las Vegas, palpa como pocos este fenómeno por el ilusionismo. «Llevo siete años dirigiendo en Madrid el Festival Internacional de Magia y cada año añadimos una semana más porque se agotan las entradas. Ya son cinco semanas y casi 40.000 espectadores».

La magia de la Navidad

Otro que saltó a la grupa del éxito es Jorge Luengo, un mentalista con una cabeza prodigiosa. Ha estudiado tres ingenierías, Psicología y Neuropsicología y sus desafíos conllevan una capacidad de observación y una memoria fotográfica asombrosas. Él encuentra una explicación muy simple al fervor por la magia: «La gente necesita ilusión».

Luengo guarda mucha gratitud a Juan Tamariz. «Para todos los españoles es un icono, pero para los magos es mucho más: ha hecho cosas, como su cercanía, que han cambiado la magia por dentro». Y admira también a David Copperfield por su presencia escénica. Aunque no se limita a su mundo. El mago de la ceja blanca cree que el denominador común en su gremio es la curiosidad. A él le ha llevado a aprender de mentes privilegiadas como las de Steve Jobs o Leonardo da Vinci.

Curiosidad y un punto obsesivo que Luengo no niega. «Lo nuestro no es Asperger, pero se parece mucho». Del poder expansivo de la magia culpa a la televisión. «Cuando un país necesita médicos fomenta series como ‘Urgencias’ o ‘House’. En nuestro caso Juan Tamariz, que logró meter la magia en la televisión cuando solo había dos canales, y otros crearon un caldo de cultivo. Yo venía de Cáceres, donde no había magos cerca y solo tenía un primo con alguna idea. Pedía libros por teléfono y no tenías con quién compartir el conocimiento... Pero al final la magia surge».

Jorge Luengo tampoco suele transgredir la ley sagrada de los magos. «Nuestros secretos e ilusiones los compartimos con nuestros amigos los magos. Y quizá con la pareja».

-Pero a una madre no se le puede decir que no, Jorge.

-La primera barrera para no desvelar los secretos es tu madre y, además, se lo explicas con solemnidad mientras ella te jura que no se lo va a decir a nadie...