El Norte de Castilla

oñana tiene cada vez más sed
Un ciervo atraviesa la marisma de Doñana, que más parece un desierto que un lugar semi acuático

Doñana tiene cada vez más sed

  • Las plantaciones de fresas y miles de pozos ilegales, unidos al cambio climático, amenazan el humedal más valioso de Europa

Dice Miguel Delibes de Castro, naturalista y director durante doce años de la Estación Biológica de Doñana, que el hombre es una catástrofe para el resto de seres vivos. Y quizá esté ahí, en esa afirmación tan antinatural, pero tan simple, la explicación del delicado presente de un espacio considerado como el humedal más importante de Europa. Porque Doñana, entre otras amenazas que se ciernen sobre sus decenas de miles de hectáreas, se seca lenta e inexorablemente.

El parque depende por completo del agua y el acuífero está cada año más seco, una tendencia fatal para las marismas, las lagunas, la flora y la fauna. Su sobreexplotación permite augurar a los entendidos entre treinta y sesenta años para recuperarlo por completo. Un drama para los cientos de miles de aves que cada año llegan desde África o desde el norte de Europa.

Doñana también tiene un bosque de ensueño o 32 kilómetros de playa libres de edificios, algo insólito en España, pero el humedal es capital. «Ahora ha llovido tres días seguidos y parece que estemos locos al decir que se está secando; y si llueve tres semanas seguidas esto se inunda, pero el problema no es lo visible. El acuífero llegó a sus niveles más bajos en la última gran sequía, en 1995, y ahora hay partes del acuífero iguales que en el 95 y ha llovido más. Y lo peor es que no se está ahorrando para cuando venga la próxima gran sequía», advierte Juanjo Carmona, portavoz en Doñana de WWF, una de las organizaciones de conservación de la naturaleza más importantes del mundo.

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El agua que ahora parece abundar es un espejismo. El problema es el freático, el caudal subterráneo cada día más exprimido. Son muchos los que maman de sus aguas en los alrededores de Doñana y más de mil pozos ilegales pespuntean el paisaje. Por la parte occidental, avanza un crecimiento desorbitado de la agricultura. «En teoría debería ser un aliado, como ocurre con el olivo o los viñedos, básicos para el espacio natural, pero el regadío ha crecido de manera desaforada y desordenada, cogiendo espacio público del monte». La fresa se expande por Huelva y últimamente también el arándano.

En la zona oriental, la sevillana, están los arrozales, que contribuyen a la sobreexplotación del acuífero, como señala Carmona. «La demanda sigue creciendo y ahora, encima, Aznalcóllar quiere volver a abrir. La solución que propone la administración es embalsar más agua para satisfacer a todos, pero a más agua embalsada, menos llegará a las marismas».

El lince y Mozart

Aznalcóllar, a pesar del desastre medioambiental que desató en 1998, causado por la rotura de la presa de la balsa de decantación de la mina, quiere reabrir, sumándose a las amenazas del parque. Como un proyecto de dragado del río que permitiría que buques y cruceros de mayor calado pudieran navegar por el Guadalquivir hasta el puerto de Sevilla. Las consecuencias serían nefastas para la cría de muchas especies que se adentran, como el langostino o el boquerón, para alimentarse de los sedimentos y que luego se pescan en el golfo de Cádiz. Y aumentaría la salinidad, algo muy perjudicial para los arrozales.

«Y nadie ha tenido en cuenta –abunda el portavoz de WWF– que estos barcos no pueden maniobrar libremente por un río con curvas, así que luego tendrían que modificar el cauce para hacer una especie de canal recto que destrozaría el entorno. Además de que ya tenemos puerto en Cádiz, Huelva, Algeciras y Málaga».

Y el remate, que tiene en pie de guerra estos días a los ecologistas, es la pretensión de Gas Natural de crear un almacén de gas bajo Doñana, que luce una serie de etiquetas –Parque Nacional y Natural, Patrimonio de la Humanidad de la Unesco, Reserva de la Biosfera, Humedal Ramsar de importancia internacional y Red Natura 2000– que deberían convertirlo en intocable y no en un lugar donde almacenar gas. «Parece que no aprendemos», se lamenta Carmona, que parece acordarse de la sentencia de Miguel Delibes, un experto en el lince que ponía otro ejemplo para ilustrar la relevancia de las cosas. «Que se extinga un lince es como que se muera Mozart. Nadie se muere de falta de Mozart, pero...». Como también comparaba hábilmente Doñana con el museo del Prado. Ninguno es vital pero ambos sí son de un valor (inmaterial) incalculable.

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Doñana le debe su nombre a Doña Ana de Silva y Mendoza, hija de la princesa de Éboli y esposa del duque de Medina Sidonia, una de sus moradoras más ilustres. Aunque más relevante es la deuda con José Antonio Valverde, un zoólogo español que logró convencer a las autoridades de la importancia de preservar esas tierras, en lugar de destinarlas a la plantación de arroz o eucaliptos. Cuando no, como sucedió en Matalascañas, dar entrada al ladrillo. La intervención de este científico fue determinante para que Doñana fuera declarado Parque Nacional en 1969 y, en 1994, Patrimonio de la Humanidad.

La Unesco envió dos misiones a Doñana, en 2011 y 2015, para solicitar a España acciones en favor del acuífero y el estuario, así como un compromiso en contra del dragado del Guadalquivir. Y más recientemente ha dejado claro al Gobierno que debe descartarlo antes del 1 de diciembre si no quiere convertirse en el primer estado miembro de la Unión Europea con un espacio Patrimonio de la Humanidad declarado «en peligro».

Primaveras más cortas

La Comisión Europea, a su vez, ha abierto dos procedimientos de infracción por la mala gestión del agua y el peligro para el parque del dragado, y amenaza con llevar a España ante el Tribunal de Justicia Europeo.

La angustia de WWF le ha empujado a organizar un taller de expertos del agua, que concluyó que el estado de conservación de Doñana «es peor de lo que reflejan los documentos de planificación de la Administración». Y alerta de la necesidad de declarar «en riesgo» el acuífero y contar con objetivos de conservación más claros.

Unas prioridades que no ocultan otras, como el cierre de los pozos y fincas ilegales, un control de las extracciones, construir y mantener estaciones de aforo para medir todos los caudales de entrada y salida de la marisma, y mejorar la depuración del agua que vierte a Doñana y reducir la contaminación de origen agrario.

Y, como insiste Juanjo Carmona, que una semana de lluvias que ha llenado de agua las marismas no lleve a equívoco: «Doñana se está secando aunque a simple vista no se aprecie». Y la solución no es que las aves vayan buscando agua en los arrozales y las piscifactorías. «Agradecemos mucho el apoyo de sus responsables, pero no es el modelo a seguir».

Él vive en el parque, en Hinojos, al lado de las marismas, y las amenazas de Doñana le tocan de cerca. Por eso conoce bien que el problema no es la superficie, sino el agua que emana del subsuelo y que en primavera cada vez se seca antes, con lo que no da tiempo a que críen muchas de las especies de la rica avifauna de este espacio de ensueño. Un lugar donde perviven cuatro variedades de aves mundialmente amenazadas, como la cerceta pardilla y la malvasía cabeciblanca –dos de las anátidas más emblemáticas de nuestra fauna– , o el águila imperial y la gaviota de Audouin.