El Norte de Castilla

Crónicas de un pueblo
Jesús Guzmán, el recordado cartero de ‘Crónicas de un pueblo’, junto a un buzón de correos en el barrio de Madrid donde reside.

El pueblo que tuvo 34 millones de vecinos

  • Los protagonistas de ‘Crónicas de un pueblo’ se colaron en los hogares españoles hace 45 años. «A mí aún me conocen por Braulio el cartero», cuenta a sus 90 tacos Jesús Guzmán

La última carta que recibió Jesús Guzmán (Madrid, 1926) estaba firmada por Felipe VI. En ella el Rey felicitaba por su 90 cumpleaños al que fuera el cartero más famoso de nuestro país, Braulio, uno de los protagonistas de ‘Crónicas de un pueblo’, la serie que puso en marcha TVE hace 45 años y supuso todo un fenómeno social. «Eso sí, me sorprendió que el cartero que me la entregó me pidiera el DNI, ¿acaso no se acuerda de Braulio, su compañero?», confiesa el actor madrileño sin ápice de ironía. No bromea, pese a las más de 150 películas en las que ha participado, incluidas clásicos del cine como ‘El bueno, el feo y el malo’, siempre le recuerdan por el personaje a blanco y negro que custodiaba el correo en Puebla Nueva del Rey Sancho. «Me pasa como a Antonio Ferrándiz, a él todo el mundo le conoce por Chanquete, a mí por Braulio», sentencia.

En realidad la localidad de ‘Crónicas de un pueblo’ se llama Santorcaz, un pequeño municipio de 800 habitantes situado a 50 kilómetros de Madrid, con su iglesia, su plaza mayor y sus calles sin asfaltar, que llegaría a ser conocido como ‘el pueblo de la tele’. Allí se fueron en julio de 1971, después de visitar cientos de municipios hasta dar con el que mejor encajaba para su serie, el director Antonio Mercero y su tropa de actores, cámaras, iluminadores y decoradores. La televisión puso patas arriba durante cuatro años a todos sus vecinos, que incluso llegaron a ceder sus casas pacientemente las nueve horas diarias que duraba el rodaje para recrear los interiores rurales de la ficción. Nunca usaron platós.

«Fíjate si era buena la gente de Santorcaz, con lo pesado que es que el cine o la televisión visite tu pueblo, que hasta los chavales, en vez de estar alborotados, pedían silencio cuando salían del colegio para que pudiéramos trabajar más tranquilos. Era increíble, en otros pueblos al principio todo es encantador, pero cuando ven lo pesada que es la rutina de trabajo se vuelven ariscos», recuerda Guzmán. También influyó que a los extras se les pagaba 150 pesetas de la época, treinta duros diarios que vinieron muy bien para la economía local.

Ahora nuestro Braulio viste chaqueta, bastón y boina, el uniforme de un actor que se resiste a jubilarse (el año que viene estrenará la película ‘Los del túnel’, en la que tiene un papel secundario). Se queja de cierta sordera, aunque no ha perdido su potente tono de voz. Y con la misma mirada intensa que le lanzó Lee Van Cleef, el eterno villano del ‘spaghetti western’ en ‘La muerte tenía un precio’, nos cuenta su primer tropiezo en el rodaje de ‘Crónicas de un pueblo’: «Por poco me quedo sin hacer Braulio porque el primer día me perdí. Iba con mi coche y no era capaz de encontrar el pueblo. Estaba a punto de volverme para Madrid y lo intenté una vez más, ¡si no es el siguiente pueblo me vuelvo!», recuerda.

A punto estuvo de perder su papel más famoso, pero logró llegar a Santorcaz por una carretera de gravilla y allí le vistieron de cartero. Eran las ocho de la mañana y ya estaba todo el mundo en sus puestos: el maestro (Emilio Rodríguez), el alcalde (Fernando Cebrián), el conductor de autobús (Rafael Hernández), el alguacil (Antonio P. Costafreda) y la boticaria (María Nevado). Las instituciones de la vida de cualquier pueblo de la época excepto el cura, que no se presentó, así que Antonio Mercero se tuvo que calzar los hábitos e interpretar ese personaje durante los dos primeros capítulos, hasta que fue sustituido por Francisco Vidal.

Ese mismo día a Guzmán le dieron una bicicleta, la que siempre llevaba a su lado mientras repartía el correo, pero solo se montó una vez en ella. «Todo el mundo me preguntaba que si yo no sabía montar en bici. Posiblemente sea uno de los enigmas de la serie», responde él.

El motivo era que así los técnicos de sonido lo tenían más fácil para perseguirle con la pértiga a la que va sujeta el micrófono. Fue en uno de los últimos capítulos cuando por fin la estrenó: «Me dijo Mercero que bajara una cuesta montado en ella. Lo hice y al llegar al final me di cuenta de que no tenía frenos, era de atrezzo. ¡Por poco se mata el cartero!». Posteriormente Correos se la pediría para ampliar su museo.

Órdenes desde «muy arriba»

Entre 1971 y 1974, los hogares tenían una cita obligada con la televisión los domingos por la noche. Era la hora del fútbol y de ‘Crónicas de un pueblo’ y las calles se quedaban vacías. Pero para encontrar el origen de la serie hay que trasladarse a los primeros meses de 1970 al despacho del entonces vicepresidente del Gobierno, el almirante Luis Carrero Blanco. El dirigente franquista, conocedor del poder del medio, encargó a TVE una ficción que tuviera por objetivo formar a los españoles en el espíritu de las normas que regían el país en aquella época: El Fuero de los Españoles, el Fuero del Trabajo y los Principios del Movimiento Nacional.

Cada capítulo duraba media hora. En el primero, titulado ‘La Carta’, se enseñaba, por ejemplo, que la correspondencia era algo inviolable, «que no se debía dejar abrir ¡Ni a tu propio hermano!», recuerda Guzmán. El encargado de introducir de forma natural estas proclamas era el maestro, que resolvía los conflictos que surgían en el pueblo con una suerte de sabiduría bondadosa mediante la que explicaba estos problemas a los niños, a veces incluso recitando las leyes párrafo por párrafo.

Estas órdenes, que llegaban «desde muy arriba», según Antonio Mercero, obligaron al director de la serie a elegir como alcalde «a un actor guapetón, con buena facha y que fuera tractorista para ‘conectar’ mejor con la gente del campo; una cara amable con la que Carrero Blanco quería meter de matute los fueros.

Por este motivo, Mercero criticó la reposición de la serie cuando se emitió en La 2 en enero de 1997 dentro del espacio ‘Historias de la tele’. Tildó aquella idea de «anacrónica». «Pero llegó un momento en que los personajes cogieron tanta fuerza que el argumento político se fue dejando cada vez más a un lado», cuenta Guzmán, en referencia a la entrada de guionistas de corte más progresista que vivió la ficción en su etapa final, en 1974.

Una fama «agobiante»

Pese a los cambios siguió siendo la serie favorita de Franco. «Le encantaba, no se la perdía nunca», cuenta Emilio García, que tenía diez años cuando Antonio Mercero fue a cenar a casa de su padre, el productor Alfonso García, que también participó en la serie. Como otros tantos niños de su época, Emilio quería ser piloto de Fórmula 1, pero el director se fijó en él. «Me iba a ir a la cama cuando Antonio me llamó. Se quedó un rato charlando conmigo y debí gustarle, porque me propuso el papel de Juanito en ‘Crónicas de un pueblo’», rememora.

Aunque a día de hoy sigue los pasos de su padre y es productor en TVE, en aquel entonces no le atraía el mundo de la interpretación. Por eso no llevó bien convertirse en una celebridad de la noche a la mañana. «Me paraban por la calle, era muy agobiante, ni siquiera podía salir a jugar. Si iba a un cine, a la piscina, ¡al colegio!, donde fuera… Eso para un niño era muy duro. Recuerdo que la Policía me tuvo que sacar de algunos sitios más de una vez por la multitud que se agolpaba», explica a este periódico. Y es que en aquellos años, España se convirtió en un pueblo. Todos eran vecinos de Braulio y de Puebla Nueva del Rey Sancho.