El Norte de Castilla

El actor José Manuel Medel, durante la boda ficticia de Beatriz y Alberto.
El actor José Manuel Medel, durante la boda ficticia de Beatriz y Alberto.

Casamentero a la carta

  • El actor José Manuel Medel celebra bodas ficticias. Sus clientes prescinden del rito católico pero no del acto entrañable y del día para recordar toda la vida. «Me consta que algunos concejales de verdad aprovechan el tirón y se están forrando»

Beatriz y Alberto se casaron un día laborable por lo civil. No tenían otro remedio que celebrar el banquete el fin de semana siguiente si querían estar acompañados por familiares y amigos. Pero además deseaban recordar la boda como un día único. A casi nadie le gusta contraer matrimonio y que el oficiante le despache con la lectura de dos artículos del Código Civil y una pregunta desabrida: «¿Consientes en contraer matrimonio y efectivamente lo contraes en este acto?». Así se las gastan los jueces de paz. Por eso Beatriz y Alberto decidieron contratar a un actor que celebrara una boda ficticia. No tendría validez legal, pero al menos habría calidez y emoción. Todos quedaron más que complacidos.

Quien hizo de maestro de ceremonias de este casamiento fingido se llama José Manuel Medel Carrasco. Es actor y ofició su primera boda ficticia hace veinte años. «El novio estaba divorciado y la pareja no podía casarse por la Iglesia católica. La familia de ella era muy tradicional y la mayor ilusión de la abuela era casar a la nieta. Como en el templo no podía ser, se decidió hacerlo en un hotel. Los contrayentes querían una ceremonia que, sin ser religiosa, se acercara un poquito más a lo que siempre habían soñado», relata el oficiante.

Con la secularización galopante de la sociedad española, las parejas que pasan por vicaría son minoritarias. Según datos del Instituto Nacional de Estadística, en 2015 hubo 166.248 enlaces, de los que 114.423 fueron civiles y 47.721 se efectuaron ante el altar (no se incluyen otros rituales). La pujanza de los matrimonios civiles respecto de los eclesiásticos es una tendencia consolidada desde 2010.

«La gente normalmente quiere que su boda sea especial. Pero es imposible que en un juzgado puedan asistir muchos invitados. Cuando me contratan, intento dar confianza a los contrayentes, procuro convencerles de que haremos una ceremonia que dejará muy buen sabor de boca tanto a los novios como a los invitados», dice Medel.

El concejal apócrifo se tiene prohibido el «torpe aliño indumentario». José Manuel Medel suele vestir de traje y corbata, salvo que le pidan lo contrario. Sin embargo, hay una cosa en la que Medel no transige: hacerse pasar por sacerdote. «Evidentemente, me niego porque no es una ceremonia religiosa. Me parece una enorme falta de respeto, sobre todo para los creyentes».

El actor sirve una oferta nupcial a la carta. Recaba información de la pareja, sugiere la música y responde a cuantas dudas se susciten. Pregunta también a los novios si los invitados están enterados de la impostura. Por lo general, los asistentes al convite saben que el casamentero es un intérprete, lo cual le da ventajas.

El peligro estriba en que identifiquen su cara por sus trabajos en televisión. En una ocasión le reconocieron porque hacía años había presentado un programa infantil en el canal Disney. Su cometido era enseñar a preparar recetas a los niños. Un padre y su hija se acercaron a saludarlo.

– ¿Tú no eres José, el que presentaba ‘Bocaditos’?

– Uy, sí. Pero eso fue hace muchos años, antes de que empezara a dedicarme a la política.

Otra vez los novios le propusieron que acudiera al restaurante de un pueblo y que se presentara como el juez de paz. Así lo hizo. Acudió con tiempo suficiente para preparar las cosas y el dueño exclamó al verlo: «Coño, ¡¿pero el juez de paz no era Vicente?!».

Siempre hay gente que, aguijoneada por la curiosidad y con ganas de contratarle, le pregunta al falso concejal en qué partido milita. «Siempre les digo que soy independiente», confiesa Medel, quien se queja de la competencia desleal que están haciendo los munícipes de verdad a los actores. «No voy a citar nombres, pero me consta que al menos en un pueblo de Madrid, aprovechando el tirón, los concejales auténticos han concertado acuerdos con salones de bodas para ofrecer sus servicios. Se están forrando. Ellos tienen la ventaja de que pueden casar de verdad», señala con prudencia.

Cuando llega el buen tiempo, la gente se anima a contraer nupcias, aunque sean pura invención. «La temporada alta suele ser entre abril y octubre, como ocurre con las bodas eclesiásticas. Hará seis o siete años viví algo muy curioso: de repente empecé a recibir una avalancha de peticiones que justo coincidió con una huelga de funcionarios de Justicia, una protesta que hizo que se paralizaran muchos expedientes, sobre todo si los contrayentes eran divorciados o extranjeros».