El Norte de Castilla

Víctimas de los forofos intransigentes
Piqué pugna por un balón con un jugador albanés en el último partido de la selección española.

Víctimas de los forofos intransigentes

  • Piqué es el último trofeo de la intolerancia que reina en el fútbol español. Jugadores como Pahiño y Oleguer ya la padecieron antes

En pocos colectivos se puede encontrar un grado de indefinición política tan alto como entre los futbolistas. Se diría que todos han firmado una cláusula que les obliga a dejar sin respuesta cualquier cuestión que desborde los límites del campo de juego. En lo que a política se refiere, no hay diferencias de estrategia ni variables tácticas: la única consigna es echar balones fuera. Lo que ha pasado con Piqué revela que quien se atreve a desafiar ese principio lo paga caro. El linchamiento al que ha sido sometido después de haber dado su opinión favorable a un referéndum en Cataluña demuestra que la verdadera seña de identidad del fútbol español no es el juego de toque sino la intolerancia.

La esperpéntica polémica en torno al corte de las mangas de la camiseta de la selección que vistió contra Albania, supuestamente para no tener que lucir los colores nacionales, una noticia que se reveló falsa, trae a la memoria otras cacerías: la operación de acoso orquestada en 1982 contra Arconada porque llevaba unas medias blancas en vez de las negras con la bandera española, la campaña inquisitorial contra Xavi Hernández y Puyol por aparecer en una foto en 2007 con las medias dobladas sin que se viese el rojo y el amarillo... Como en el caso de Piqué, el tiempo demostró que se trataba de persecuciones carentes de fundamento, pero el daño ya estaba hecho. Arconada saltó de las listas de la selección unos años después por razones «extradeportivas», reconocería José Antonio Camacho, mientras que Xavi y Pujol pasaron a ser sospechosos de traición a ojos de los aficionados más exaltados.

Los futbolistas de la periferia son siempre sometidos a un seguimiento especial cuando son convocados por la selección. La carcunda apostada en los estamentos del fútbol conjuga una españolidad de carril estrecho: o se está con su forma de concebir la Roja o se está contra ella, no caben los matices. Eso explica que algunos jugadores hayan renunciado a vestir la camiseta. Nacho, un lateral del Compostela que nunca ocultó sus simpatías por el nacionalismo gallego, declinó en 1995 el ofrecimiento que le hizo el entonces seleccionador Javier Clemente: «Ni me interesa ni me apetece. Creo que hay gente que se identifica muy bien con la selección, lo que me parece fenomenal. Mi ambición no es esa».

Tampoco Oleguer Presas, defensa del Barça, quiso sumarse en 2005 a las filas del equipo nacional después de exponerle en persona a Luis Aragonés que «si no hay la suficiente implicación o sentimiento, es mejor que vayan otras personas». El periodista Quique Peinado recoge en su libro ‘Futbolistas de izquierdas’ el caso de Endika Guarrotxena, que marcó el gol que le dio al Athletic su última Copa del Rey. Cuando jugaba con la selección sub21, cuenta Peinado, Endika intercambiaba con el rival toda la indumentaria: camiseta, pantalón y medias. Butragueño, entonces compañero de equipo, le preguntó a ver por qué lo hacía y el jugador bilbaíno le respondió: «Porque para mí esa camiseta no significa nada».

Durante el franquismo fueron muchos los jugadores vetados en la selección. Uno de los casos que recuerda Peinado en su libro es el del gallego Pahiño, que despuntó en el Celta en 1948 y luego fue fichado por el Real Madrid. Al delantero, ávido lector y hombre con inquietudes culturales, se le escapó una sonrisa cuando el militar de turno bajó al vestuario a arengar a los jugadores de España que iban a medirse con Suiza al grito de «cojones y valentía». A partir de entonces pasó a ser ‘el rojo’ y fue ninguneado una y otra vez por los seleccionadores.

Pero quizás el futbolista que más se significó por su militancia política fue el brasileño Sócrates, que celebraba los goles con el puño cerrado y consiguió que en su equipo, el Corinthians, las decisiones sobre las alineaciones y los fichajes se tomasen en asamblea. A Sócrates, que llamó Fidel a uno de sus hijos en homenaje al líder de la revolución cubana, le fichó en 1984 la Fiorentina y cuando le entrevistaron contestó que lo que en realidad le había llevado a Italia era su deseo de entender el idioma para poder leer a Gramsci, un teórico del marxismo, en su lengua original. Otro futbolista comprometido fue el alemán Paul Breitner, conocido como el ‘Káiser Rojo’, que sembró el desconcierto en el Real Madrid de mediados de los setenta cuando se declaró maoísta y donó 500.000 pesetas a unos obreros que estaban en huelga.