«Si murieran mis hijos sería un alivio»

Orna Donath.
Orna Donath.
  • Orna Donath da voz a las madres renegadas que sienten que sus hijos «les han robado la vida»

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En todas las culturas y latitudes, desde todas las religiones y en cualquier sociedad occidental, a la mujer se le adjudica el irrenunciable papel de madre. Pero son muchas las que una vez asumido y ejercido el rol, reniegan de la maternidad. La viven como una carga insoportable. Les da voz la socióloga israelí Orna Donath (1976) en 'Madres arrepentidas' (Reservoir Books), un ensayo más que polémico y que quiere, según su autora «derribar uno de los tabúes más inamovibles: que todas las mujeres han venido al mundo para ser madres y disfrutar con la maternidad».

«No escribo contra la maternidad ni contra los millones de mujeres que quieren ser madres. Lo hago contra esa idea global, contra ese veredicto implacable de que toda mujer está en el mundo para ser madre», insiste la socióloga. Recoge estremecedores testimonios de madres que «quieren a sus hijos pero experimentan sentimientos contradictorios». «Si murieran mis hijos sería un alivio», llega a afirmar una de estas madres arrepentidas tras expresar un profundo amor hacia sus vástagos.

Donaht habló con una treintena de mujeres israelíes que, en casi todos los casos, querían a sus hijos y nietos, «pero les culpan de haberles robado la vida». Inició en 2008 su investigación sobre estas mujeres lastradas por la maternidad, encadenadas por sus hijos y cuyos sentimientos «son un tabú en todo el mundo». «Todas sienten que han perdido libertad, que les han robado su tiempo, que la maternidad es una forma de esclavitud que les hurta la creatividad, y que, básicamente, han perdido lo que eran antes».

Es un estudio «cualitativo más que cuantitativo», admite la socióloga que explica cómo muchas de estas mujeres «tenían miedo a escucharse a sí mismas». Algo que queda patente ante testimonios como el de Charlotte, madre de dos hijos adolescentes: «me arrepiento de haber tenido hijos y ser madre, pero amo a los hijos que tengo. Así que sí, no es algo que pueda explicar. Porque si lo lamentara, entonces no querría que estuvieran aquí. Pero yo no querría eso, lo único que no quiero es ser madre». Erika, madre de cuatro hijos y abuela, se expresa con la misma amargura. «¿Por un día de felicidad, por un instante de placer, tienes que sufrir tantos años? Y a veces el sufrimiento no tiene fin. Así pues, ¿qué tiene de bueno ser madre?», se pregunta.

Con estos testimonios Donath saca a la luz sentimientos casi de venganza hacia la maternidad «que están ahí, pero de los que nadie hablaba». «Se negaba su existencia real, o como un objeto de furia y distorsión, y se tildaba a las madres arrepentidas de mujeres egoístas, desequilibradas o dementes, cuando no se les etiquetaba como seres humanos inmorales que demuestran que vivimos en una cultura plañidera», apunta en su ensayo.

Recoge los testimonios de 23 madres y abuelas -entre los 26 y los 73 años y de todos los estratos sociales, creencias y entornos- que reconocen vivir la maternidad como una limitadora carga «a veces insoportable». Todas lamentan haber asumido el papel que la sociedad les adjudicó, «del que se les impide renegar y por el que son condenadas cuando lo hacen».

«Todas quieren a sus hijos, pero no quieren ser madres», insiste la socióloga, que ha indagado en historias de dolor, incomprensión y remordimientos. No son mujeres acosadas por la necesidad o el maltrato. Son mujeres capaces y formadas en la mayoría de los casos «que han pasado de la maternidad a la soledad». «Y es que ese sentimiento de inmensa soledad es común a todas ellas», explica Donath. «También sienten vergüenza por expresar ese sentimiento, pero están dispuestas a contarlo y resulta liberador para ellas». «Si tratas de cancelarlo será como el agua, encontrará otra vía para salir. Es importante poner nombre a lo que se siente y que nadie te juzgue por ello», apunta la autora.

Es el caso de Sophia, madre de dos críos menores de cinco años, que se tiene por una buena madre que quiere, cuida y educa a sus hijos, pero ni puede dejar de percibirlos como una carga. «Los niños me adoran, me quieren. Tienen una vida feliz y placentera. Es absurdo. Porque no quiero tenerlos, en serio, no los quiero a mi lado. (...) Aunque murieran, Dios no lo quiera, seguirían estando conmigo en todo momento. El duelo por ellos, su recuerdo y la pena serían insoportables. Pero perderlos ahora supondría cierto alivio», asegura esta contradictoria madre.

El arrepentimiento de estas madres es «una señal de alarma» que a juicio de Donaht «nos obliga a reflexionar sobe esa imposición del rol de madre a la mujer y su derecho a no aceptarlo». Un papel del que huyen mujeres «que sienten que han de ponerse cada día la máscara de madre y actuar de forma contraria a lo que realmente sienten, bajo esa presión que determina que todas la mujeres deben disfrutar de su maternidad», reitera.