El Norte de Castilla

El viaje de los cerebros
Manipulación de tejido cerebral en un bando de estos órganos.

El viaje de los cerebros

  • Un hospital psiquiátrico belga se hace cargo del mayor banco de tejido cerebral humano: más de 3.000 órganos que fueron recopilados durante 40 años por un neurólogo británico

La estampa haría las delicias de cualquier amante de las ficciones góticas: 3.000 cerebros humanos sumergidos en recipientes de formol alineados en las estanterías de la sala de un hospital. No es una imagen extraída de un nuevo guion en torno al doctor Victor Frankenstein, sino el legado científico que acaba de recibir un hospital psiquiátrico belga para profundizar en sus investigaciones sobre las enfermedades mentales. La sorprendente colección es el resultado de los desvelos de un neurólogo británico que a lo largo de su carrera profesional llegó a acumular hasta 8.500 muestras de tejidos cerebrales.

El médico, John Corsellis, fue pionero de las investigaciones realizadas a partir del análisis de los órganos extraídos a las víctimas de afecciones neurológicas. Sus trabajos le valieron el reconocimiento de sus colegas y también el de la Administración sanitaria, que financió una parte de ellos. Recopiló sus primeras muestras en la década de los cincuenta y se mantuvo en activo hasta mediados de los noventa. Su banco de cerebros, que era conocido como Colección Corsellis, es el más grande y completo del que se tiene noticia en la comunidad científica internacional.

Con la muerte en 1994 del médico, el legado quedó en manos de un miembro de su equipo de investigación, el también especialista en Neurología Clive Bruton. El fallecimiento de Bruton dos años después puso en un compromiso al Hospital Psiquiátrico Runwell, en Essex, que hasta entonces había albergado el banco de cerebros. El proyecto de modernización del edificio hacía inviable el mantenimiento de los sótanos donde se guardaban las muestras, así que la Colección Corsellis fue trasladada en 1997 al West London Mental Health Trust.

La institución, sin embargo, acometió a su vez hace unos pocos años una reforma que amenazaba la integridad del banco de cerebros. Sus responsables realizaron una serie de pesquisas y contactaron con el hospital psiquiátrico de Duffel, en Bélgica, que se ofreció a hacerse cargo del legado después de realizar una selección del material más adecuado para sus investigaciones. Una vez descartadas más de la mitad de las muestras, que han ido a parar a otros bancos de órganos, las más de 3.000 seleccionadas se encuentran ya en las dependencias del centro sanitario belga, que está especializado en la esquizofrenia.

Manuel Morrens, director de investigaciones del hospital psiquiátrico de Duffel, ha explicado que la obtención de tejido cerebral es una tarea prácticamente imposible en la actualidad debido a los protocolos médicos que se han introducido para salvaguardar los derechos de los pacientes. «Esas dificultades limitan nuestras investigaciones porque solo tenemos acceso a muestras de sangre para estudiar el funcionamiento del cerebro. Ahora podremos trabajar con tejidos de verdad».

Una de las particularidades del legado del neurólogo británico es que algunos de los cerebros tienen más de cinco decenios y pertenecen por tanto a enfermos que fallecieron sin llegar a recibir tratamiento médico alguno. «Vamos a poder estudiar la enfermedad en su forma más pura», se entusiasma el responsable de las investigaciones del hospital belga.

Los cerebros pertenecen a pacientes fallecidos por alguna clase de dolencia mental: esquizofrenia, demencia senil, tumores... Hay incluso algunas muestras que pertenecieron a antiguos campeones de boxeo. La colección se hizo precisamente muy popular en los años setenta porque sirvió para elaborar un informe que demostró la relación entre el boxeo y las lesiones cerebrales. El estudio fue la base que las autoridades deportivas de la época esgrimieron para adoptar medidas como la reducción del número de asaltos en algunos campeonatos y el uso obligatorio de casco o protector de la cabeza en los combates entre aficionados y en los entrenamientos.

Clive Bruton, que formó parte del equipo de Corsellis y heredaría su colección hasta su muerte en 1996, abrió otra línea de investigación que generó una gran controversia cuando trató de demostrar que algunos rasgos morfológicos del cerebro estaban asociados a formas de comportamiento criminal. Su hipótesis, en realidad, era una readaptación de las teorías de Cesare Lombroso, aquel médico italiano que tanto revuelo suscitó a finales del siglo XIX cuando aseguró que el origen de la criminalidad está en la genética. Si se observa bien el rostro de una persona, sostenía Lombroso, se puede adivinar si es o no un delincuente. El médico y criminólogo puso en realidad bajo sospecha a media humanidad: bastaba tener unas orejas grandes, una mandíbula saliente o unos brazos más largos de lo normal para entrar en la lista de individuos que, a tenor de su opinión, eran proclives a la comisión de actos criminales.

Puede que la rama científica que mejor aproveche los cerebros trasladados a Bélgica sea la psiquiatría biológica, una especialidad que ha experimentado grandes avances desde que dio sus primeros pasos en los ochenta y los noventa. Violette Coppens, que trabaja en el centro belga que se ha hecho cargo del banco, asegura que el estudio de las muestras de tejido cerebral en el microscopio va a resultar fundamental. La investigadora recuerda que los escáneres y las resonancias magnéticas, que son la base de los estudios que se llevan a cabo ahora, son incapaces de detectar qué clase de proteínas o encimas activan las enfermedad mentales. La observación y comparación de miles de muestras constituye de esa forma una herramienta clave para desvelar los secretos del cerebro. «¿Puede la inflamación del cerebro provocar o influir de una u otra manera en los desórdenes mentales?», se pregunta la científica. La fuga de cerebros habrá tenido recompensa si proporciona respuestas a la pregunta.