El Norte de Castilla

Conducir guiado por el silencio

Conducir guiado por el silencio

  • «Es una gozada», dice el donostiarra Eduardo, que ya lleva cuatro años conduciendo un coche eléctrico. «Es como un avión», detalla el malagueño José Antonio, al volante de otro desde 2013. Pero en España estos vehículos no acaban de arrancar

Lo primero que llama la atención cuando se circula en un coche 100% eléctrico es el silencio. No hay petardeos ni ruidos mecánicos de fondo, solo el rumor del viento que silba al chocar con el parabrisas y deslizarse por la carrocería. Es una sensación agradable que recuerda a las de montar en bicicleta o navegar a vela, como si el silencio proporcionase otra dimensión a recorridos que en un coche normal tienen el sabor gastado de la rutina. «Es una gozada, sí, pero también es muy peligroso porque los peatones están acostumbrados a guiarse por el ruido de los motores de los coches y al no escuchar nada se te echan encima», dice Eduardo Martínez, al volante de un coche con propulsión 100% eléctrica desde hace cuatro años.

Nadie pone en duda que los coches eléctricos representan el futuro. Los fabricantes han tomado conciencia de que el motor de combustión tiene sus días contados: contamina, es ruidoso y, además, el petróleo es un recurso limitado que más pronto o más tarde se acabará. Las legislaciones son cada vez más restrictivas y es cuestión de tiempo que los vehículos de gasolina o gasóleo tengan vedado el acceso a las grandes ciudades. Metrópolis como París, por ejemplo, tienen ya un calendario para ir desalojando de sus calles los coches que producen humos: de momento han prohibido la circulación a todos los automóviles anteriores a 1997, pero el objetivo es que el centro solo sea accesible a los vehículos de propulsión eléctrica.

En Noruega y Países Bajos van un poco más lejos y han decidido prohibir la venta de coches movidos por combustibles fósiles, incluidos los híbridos (es decir, los que combinan propulsores eléctricos con motores de gasolina o gasóleo) en un plazo de nueve años.

En 2025, por lo tanto, todos los coches a la venta en los concesionarios noruegos y holandeses deberán ser exclusivamente eléctricos. Es probable que en los nueve años que quedan hasta entonces otros países se sumen a la iniciativa. Las propuestas tendentes a la protección del medio ambiente suscitan consenso en la Unión Europea y a los gobiernos les gusta experimentar esas sensaciones de comunión con el electorado que suelen procurar las leyes verdes.

Noruega no se lanza al vacío con el veto a los motores de combustión interna. El coche eléctrico acapara ya el 17% de las ventas, lo que convierte al país escandinavo en líder mundial de la propulsión ecológica. El año pasado se vendieron allí 25.779 vehículos ‘enchufados’. En España, por el contrario, las ventas de los eléctricos son casi testimoniales: 2.342 unidades en 2015, lo que representa el 0,22% del mercado. Es cierto que los incrementos interanuales son muy significativos, el 28% en el último ejercicio, pero eso se debe a que se parte de cifras prácticamente residuales. Hay varias razones que explican el liderazgo noruego: la exención del 25% del IVA en la compra de un eléctrico y la gratuidad de peajes en autopistas, aparcamientos de pago e incluso traslados en ferris. Hasta las recargas de las baterías en las estaciones públicas de Noruega son sufragadas por el erario público.

«Parece averiado»

Hay un último factor que no está vinculado al bolsillo pero que ayuda a explicar el éxito de los eléctricos en el país escandinavo: la enorme conciencia medioambiental de la población. Poco a poco, ha ido calando la idea de que los coches que expulsan sus emisiones a la atmósfera son perjudiciales para la comunidad y, por lo tanto, están mal vistos. En el resto del mundo las cosas no están tan claras. Los coches eléctricos son aún escasamente competitivos y plantean serios problemas al automovilista convencional, sobre todo por su escasa autonomía. Pero dejemos que sean sus usuarios los que tomen la palabra.

«Una vez que te pones al volante de un eléctrico no quieres volver a saber nada de uno convencional», explica José Antonio Téllez, uno de los contados propietarios particulares de un coche 100% eléctrico en España. Téllez adquirió hace tres años un Nissan Leaf con el que se recorre a diario los 50 kilómetros que hay entre Mijas y Málaga. «Hago unos 20.000 kilómetros anuales y antes me gastaba unos 250 euros al mes en gasóleo; ahora, la factura se ha reducido a menos de la mitad». Pero lo económico no es lo único que pesa en la balanza: «Es mucho más agradable de conducir, no se escucha nada y, además, es también más cómodo porque no tiene marchas. Cuando tengo que coger ahora un vehículo con motor diésel o gasolina todo me resulta tan tosco que me da la sensación de que está averiado».

Conducir guiado por el silencio

Su condición de ferviente defensor de los eléctricos no le impide ver sus desventajas: «No se puede hacer un viaje largo y si te planteas usarlo en algún sitio distinto al de tus itinerarios habituales tienes que hacer de detective para localizar un punto de recarga y comprobar si es compatible con tu coche».

Téllez conserva, de hecho, su anterior vehículo, un automóvil de gasóleo, para hacer frente a los desplazamientos que sobrepasan los 140/150 kilómetros de autonomía real de su Nissan. «Apenas lo usamos, pero de vez en cuando surgen viajes que no se pueden hacer con un eléctrico hasta que aumente la duración de las baterías y se universalicen los postes de carga».

– ¿Es muy perezoso en carretera?

– Qué va, es como un avión porque entrega el 100% del par motor desde el primer momento, no hay que esperar a que suba de revoluciones.

Eduardo Martínez es inspector de la empresa de autobuses públicos de San Sebastián, DBus, pionera en la introducción de vehículos eléctricos en el transporte urbano. Martínez y sus compañeros utilizan desde hace cuatro años un Renault Kangoo propulsado por energía eléctrica en sus desplazamientos para realizar tareas de apoyo en la ciudad. «Cuando te acostumbras al eléctrico luego te da pereza coger uno convencional, es una conducción más sencilla y sobre todo mucho más relajada».

– ¿Se compraría uno como coche particular?

– Esperaría a que saliesen modelos con más autonomía porque ahora es impensable plantearte un viaje de vacaciones con un eléctrico o tener que estar tres horas esperando en un poste a que la batería se recargue.

A los automóviles ‘enchufados’, como se ve, les quedan aún unas cuantas asignaturas pendientes para poder competir de tú a tú con los coches convencionales. A los problemas técnicos mencionados cabe añadir otro que ha salido a la luz en algunos informes internos de los fabricantes: las inercias de los propios concesionarios. «Vender un coche eléctrico –admite un comercial del ramo– requiere un esfuerzo mucho mayor porque hay que despejar las dudas del cliente: que si dónde puede recargar, que si hay postes cerca de su casa, que si la batería se gasta, que si se puede activar el aire acondicionado... Inviertes tres o cuatro veces más tiempo que en una venta normal y, al final, si tienes éxito, te contabiliza lo mismo».

Otro obstáculo añadido es la resistencia de los talleres convencionales. Las operaciones de mantenimiento del coche eléctrico se reducen al cambio de neumáticos y escobillas del parabrisas. Los mecánicos se quedan sin trabajos que ahora constituyen parte esencial de sus ingresos: los propulsores ‘enchufados’ no necesitan sustituir el aceite ni los filtros, por no hablar de cambiar la correa de distribución o el líquido anticongelante. Es, por lo tanto, comprensible que el salto suscite fricciones y algún que otro ruido. Está por ver cuánto tardará el silencio en hacerse el dueño de la escena.