Soledad: enlutada y sobria

Soledad: enlutada y sobria
  • El Sábado Santo, muerto su Hijo, la imagen de la Virgen expresa la pérdida de tantas madres a las que, con sus vástagos, se les fue parte de su vida

A un amigo mío que, como muchos zamoranos, reparte sin mayor problema su corazón por varias cofradías (así lo demuestra, orgulloso, cuando enseña su colección de túnicas), cuando se le pregunta qué significa para él la Virgen de la Soledad, se queda mudo. La Soledad, dicen los semanasanteros, es punto y aparte. La devoción que se le procesa excede los marcos de la Semana Santa, como puede comprobar quien se acerque a la iglesia de San Juan en cualquier época del año. Es la patrona extraoficial de Zamora, el envés doliente de la romera Virgen de la Concha.

Cuando en la noche del Sábado Santo, sale la imagen enlutada y sobria, rosario en mano, es difícil no identificarse con la sensación de pérdida por los seres queridos que muchas madres, esposas e hijas han sentido a lo largo de los siglos. La Soledad es la madre que llora la partida del hijo, carne de la emigración. La que sufre porque está en cualquier frente. O porque se quedó en la carretera. O porque el mar le hizo desaparecer. O porque una mochila asesina se llevó lo que más quería en un tren que no llegó a su destino.

Los pulidos cascos y los penachos blancos del uniforme de gala de la Policía Municipal, la escolta de honor, es casi la única referencia terrenal de una procesión en la que todos los ojos, en la acera, están pendientes del rostro de la Virgen, ensimismado de pura tristeza. La talla del escultor Ramón Álvarez, la de más alma para muchos, es la viva imagen de la persona que mira en su interior y se pregunta por qué a mí, sin histerias. Es el esquema del dolor, sin temporalidad ni concesiones, aconfesional y verdadero.

En ese descenso a los infiernos del sufrimiento humano, tres mil mujeres acompañan a la Soledad en una representación de la solidaridad, de la compasión frente al dolor. Un acompañamiento que cada vez quiere ser más sobrio, como lo atestiguan las capas que sustituyen a los abrigos de las Damas, una decisión que tomó la asamblea para volver a los orígenes, al recogimiento. La Soledad invita a mirar hacia el interior, a no perderse en vanidades.