La llamada

La llamada
  • El toque destemplado del Merlú, la salida del Cinco de Copas. La Semana Santa de Zamora alcanza uno de sus instantes más dramáticos

Siempre están allí a las dos de la madrugada, las mariposas en el estómago y la angustia de que no salga nota alguna. Llamar a la asamblea no es lo mismo, claro. Al fin y al cabo es un ensayo general y así también lo ve el compañero. Otra cosa es salir en La Mañana, recorrer las calles avisando a los hermanos, y qué frío, con la garganta ardiendo y los dedos entumecidos. Resuena todavía en las sienes el respiro de alivio general, cuando el Cinco de Copas vuelve a salvar el monumental escollo románico de la portada de San Juan y la procesión sale, orgullosa, en medio de la riada humana. Entonces, cuando el engranaje vuelve a ser perfecto se acuerda del padre, que se murió un Viernes Santo con la corneta colgada en la cabecera. Y piensa, que tontería, que ya que estaba predestinado a heredarle la partitura, le podía haber puesto Gabriel de nombre de pila, como el arcángel anunciador. Que el otro, San Miguel, es el jefe de los ejércitos de Dios y no precisamente el director de los coros celestiales. También la Gobierna avisaba, a la entrada del Puente de Piedra, con un clarín, y la pobre zamorana hace décadas y más décadas que está muda en el Museo. Bueno, a mí tampoco me dejan tocar aquí, que me dicen que los abuelos no están para semanasasantas, aunque yo sé que les gusta cuando viene el nieto y les pone la Marcha de Thalberg en el móvil. Por lo menos, la estatua del Merlú está libre, en plena Plaza Mayor, ¡que más puede pedir un semanasantero! Solo el Barandales goza de un honor similar. Pero nuestra escultura siempre tiene muchos niños danzando alrededor y turistas que no saben pronunciar el nombre (Mer...qué?) haciendo fotos y fotos de la pareja negra, que no entienden, pero que les fascina. Aunque, desde luego, no hay nada comparable a cuando los cuatro mil de la Congregación llegamos a la altura del Ayuntamiento Viejo, exhaustos, con los pies destrozados y el alma satisfecha, después de remontar las Tres Cruces, bien entrada la mañana de primavera. Entonces, mil sentimientos te nublan los ojos, con una emoción parecida a la que siento cuando Miguelito me abraza y me dice «abuelo, enséñame a tocar la corneta», asomados los dos al balcón de la residencia. «Escucha, escucha, que el Merlú llega».