El Norte de Castilla

La Tercera Caída homenajea a los difuntos en Zamora

La Virgen de la Amargura, a su salida de la iglesia de San Lázaro durante la procesión de la Tercera Caída en Zamora.
La Virgen de la Amargura, a su salida de la iglesia de San Lázaro durante la procesión de la Tercera Caída en Zamora. / A. PÉREZ
  • 2.000 cofrades combaten el frío y recuerdan a los hermanos fallecidos con el cántico La muerte no es el final en la Plaza Mayor

Lunes Santo en Zamora y cuarto día de procesiones en la ciudad tras el traslado del Nazareno de San Frontis el pasado jueves. 2.000 cofrades de la Hermandad de Jesús en su Tercera Caída protagonizaron ayer la procesión del mismo nombre en una Semana Santa declarada Bien de Interés Cultural (BIC) y de Interés Turístico Internacional. Partieron a las 20:30 horas de la iglesia del barrio de San Lázaro combatiendo el frío e incluso unas gotas de lluvia que hicieron acto de presencia durante la entrada en la Plaza Mayor pero que no impidieron la celebración.

Con hábito y caperuz de raso negro y capas blancas con el símbolo de la Hermandad en rojo que lucieron movidas por el viento, cofrades de todas las edades desfilaron con hachones con velas. Los más pequeños de la mano o en brazos de los mayores y a cara descubierta. El sonido de las esquilas del Barandales, que anuncia la llegada de las procesiones en Zamora, y la Banda de Clarines y Tambores de la cofradía abrían el cortejo. Les seguían las cruces, la Cruz de Yugos y la Corona de Espinas realizada con rejas de arados, características de la Hermandad y realizadas por el escultor zamorano, José Luis Coomonte, al que la Junta Pro Semana Santa entregó el Domingo de Ramos su máxima distinción, el Barandales de Honor.

Cientos de fieles y zamoranos esperaban a ambos lados de las calles durante todo el recorrido para ver llevar a hombros y al son de las bandas de música y de sus marchas procesionales a los tres pasos de la Tercera Caída. Despedida de Jesús y su Madre, de Enrique Pérez Comendador; Jesús en su Tercera Caída, de Quintín de Torre, y la Virgen de la Amargura, del zamorano Ramón Abrantes.

A las diez de la noche, hora y media después de su salida, entraba la procesión en la Plaza Mayor, donde se agolpaba el mayor número de público para asistir a uno de los momentos más emocionantes y emblemáticos de la Semana Santa zamorana, el acto de oración en recuerdo de los hermanos fallecidos de la Hermandad y el canto de La muerte no es el final. En el silencio de la Plaza Mayor, los cofrades se colocaron alrededor de la misma dejando en el centro los pasos y grupos escultóricos situados en paralelo. El Coro de Jesús en su Tercera Caída entonó el cántico mientras los cargadores bailaron los pasos sobre sus hombros, cobijados entre las hileras de cofrades y las velas encendidas de los hachones.