Brilla la 'levantá' en Santa Eulalia

Los costaleros levantan al Cristo de la Esperanza. /A. de Torre
Los costaleros levantan al Cristo de la Esperanza. / A. de Torre

La multitud arropa al Cristo de la Esperanza, portado por costaleros, en la procesión de los Cinco Misterios

EVA ESTEBANSegovia

La Semana Santa segoviana parece este año estar dispuesta desafiar las predicciones meteorológicas. Si el Domingo de Ramos pudo ver cómo discurría con total normalidad la procesión de La Borriquilla, a pesar del anuncio de lluvias, este martes el sol brilló y lució la «levantá» inicial del Cristo de la Esperanza, de la Procesión y Oración de los Cinco Misterios, a la salida de la iglesia de Santa Eulalia.

Quince minutos antes de alzar al cielo el paso procesional, llegó la hora de la verdad. Los costaleros se arengaban en el interior del templo, frente a la talla de la Virgen. «Cuando flagelemos, mirad a la gente que nos sigue desde las ventanas y balcones», predicaba el capataz de la cuadrilla, Javier Gómez. Les resultaba imposible contener el llanto. No eran capaces de articular palabra. Con lágrimas en los ojos, no pudieron otra cosa que abrazarse y agradecerse los unos a los otros el «fabuloso» año que habían pasado. Eran las últimas instrucciones después de un largo y duro año de trabajo y preparación.

A las ocho en punto, por fin, llegó el momento. Bajo las directrices del capataz, el paso salió de la parroquia con total normalidad, con el Cristo de la Esperanza tumbado. El silencio reinaba en la plaza de Santa Eulalia. Tres costaleros, los mismos que se encargaron de apear la cruz, se santiguaban antes de encaramarse de nuevo sobre el paso procesional. La melodía que dictaba la dulzaina y el tamboril sellaba el camino. Había que levantar de nuevo la enorme figura de Cristo. Con pulso y destreza, los tres costaleros sostuvieron la talla y la elevaron lentamente. Fueron los cuarenta y cinco segundos más largos que podrían imaginarse. Atronaron los tambores, y luego las cornetas de la banda de la hermandad. Y entonces el público irrumpió en el primero de los cálidos aplausos de admiración y reconocimiento.

«Despacito, valientes»

Al grito de «¡despacito, valientes, ha llegado nuestra hora», la cuadrilla acercó el trono al firmamento para mecerlo a cada paso. La coreografía dibujó el ligero balanceo de la figura crucificada y de la melena del Cristo, acompasados a los arreones de los costaleros y a la música de la banda. Santa Eulalia vibró con su procesión de Martes Santo. La meteorología se mostró generosa con la Hermandad de Nuestra Señora de la Soledad Dolorosa y Cofradía del Recogimiento.

El aroma de los claveles rojos que custodiaban la figura del Santísimo Cristo de la Esperanza evocaba la primavera, entremezclado con el incienso que prevalecía en el ambiente. El creciente sonido de las cornetas sumió a la multitud en un estado de nerviosismo y desasosiego. «Estamos listos», era la consigna que se escuchaba bajo el manto que únicamente permitía contemplar los pies de los veinticuatro costaleros que se ocultaban bajo la talla procesional. Entre tanto, la liberación de siete palomas blancas se llevó la mejor de las ovaciones. «Todo está saliendo como esperábamos», aseveraba uno de los mayordomos.

Sin lluvia y con el calor del fervor de la multitud que abrigó el paso de la Hermandad de Nuestra Señora de la Soledad Dolorosa y Cofradía del Recogimiento. Así se desarrolló una procesión que siguió el itinerario previsto. Tras dejar atrás la portada del templo, el cortejo anunciado por el aroma a incienso se encaminó por José Zorrilla, la calle Puente Muerte y Vida hacia Somorrostro para volver a la angosta Buitrago hasta detenerse en la Cruz de Piedra para conmemorar el segundo misterio. Luego, una nueva «levantá» para retomar la marcha, en esta ocasión dedicada a los compañeros costaleros que hace unos años portaron durante años anteriores la talla del Cristo de la Esperanza, de autor desconocido y datada en el siglo XVII. El ocaso de la tarde segoviana acompasó el cortejo, que partió con la luz del día y regresó ya con la luna en lo alto de una noche prácticamente limpia de nubes.

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