El tiempo da un respiro y deja salir a La Borriquilla en Palencia

Las calles lucieron entre palmas en la procesión más popular que da comienzo a la Pasión

Paloma Aguado Carro
PALOMA AGUADO CARROPalencia

El frío no podía eclipsar la alegría ni la emoción de ver desfilar a la Borriquilla. Y por su puesto, la lluvia no iba a privar a todos los palentinos de una de las procesiones más populares y coloridas de la Semana Santa. Y así sucedió ayer, además de la forma más estricta. Las primeras gotas de agua llegaron cuando cientos de palmas doradas cimbreaban al unísono para despedirse de Jesús a lomos de la Borriquilla, que entraba en la cofradía del Santo Sepulcro para permanecer allí otros 365 días más. Los hermanos respiraban aliviados y aplaudieron felices de ver como la lluvia, más justa que nunca, les había regalado la oportunidad de vivir el Domingo de Ramos en todo su explendor. Eso sí. El tiempo, pero esta vez el que marcaba el gran reloj de la seo, sí se escapó de las manos del obispo, Manuel Herrero, que alargó la homilía y provocó que la procesión comenzase con casi treinta minutos de retraso.

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Las bajas temperaturas las combatieron sin problemas los cofrades con jerseys de cuello alto y gorros de lana para las cabecitas de los más pequeños. La falta de sol, aunque fuese algún haz de luz, deslució quizá el colorido de la procesión, pero a pesar de la sensación de frío y el ligero viento, los palentinos salieron de nuevo, un año más, y ocuparon las calles de la capital con sus mejores galas -o más bien, con sus mejores abrigos y con el ‘set’ completo de bufanda y guantes-. No se podía pasar por los cuatro cantones allá por la una de la tarde, cuando la Borriquilla estaba a punto de procesionar por uno de los lugares más emblemáticos de la ciudad. Ni tampoco por la iglesia de San Lázaro, donde se congregaban familias y amigos en un día que ya forma parte de toda una tradición. Todos, esperaban, este año con más presura porque el tiempo no acompañaba permanecer de pie y sin moverse, ver la talla de Víctor de los Ríos, que data del año 1957 y que transmite la alegría y el gozo de Jesús a su entrada en Jerusalén, que después, serán sustituidos por la penitencia y el dolor a su muerte.

Los niños, de nuevo, volvían a ser los protagonistas del evento, aunque esta vez, fueron menos los que se atrevieron a salir, quizás por el frío y el tiempo de los pasados días. Eso sí, los más arropados a lo largo de todo el recorrido fueron los más pequeños que iban en brazos de padres y abuelos y cobijados bajo la capa del hábito, con gorritos que recordaban más al invierno que a la ya entrada primavera.

Un pequeño cofrade duerme, instantes antes de comenzar la procesión.
Un pequeño cofrade duerme, instantes antes de comenzar la procesión. / ANTONIO QUINTERO

La procesión dio comienzo, como cada año, tras la homilía en la catedral. Los cuadros de las cofradías lucían con un gran número de hermanos, como ya viene marcando la tradición de cada año. Con el ya típico desenfado de esta procesión, los niños -muchos en filas, unos detrás de otros luciendo orgullosos su hábito- buscaban a sus padres, algunos entre el público y otros acompañándoles de la mano en el desfile procesional, para hacerse la foto de rigor. Y es que, los más pequeños acaparan la atención y centran todas las miradas. Conocidos y amigos se acercan para saludarles con la mejor de sus sonrisas, adentrándose incluso entre los hermanos que desfilan. Una naturalidad propia de la procesión de la Borriquilla que transmite a los niños su ternura, y que sin duda, también conmueve a quienes dejaron de ser tan niños.

El ritmo de la procesión, a pesar del comienzo tardío, no fue lento y consiguió culminar a las 14:30 horas en la entrada de la sede del Santo Sepulcro. Y fue allí, en la calle Lope de Vega, donde se produjo una de las escenas más esperadas. Las palmas, que llevaban en sus manos los miles de cofrades, cimbreaban al unísono entre las sonrisas de los cofrades al saludar a Jesús, que ya había entrado en Jerusalén a lomos de su borriquilla. Los más pequeños vivían con ilusión este momento después de haber aguantado el recorrido -aquellos que se atrevían con las palmas más grandes- zarandeándolas de un lado para otro e incluso, haciendo un poco sufrir a las manos la baja temperatura.

El esfuerzo había valido la pena y los cofrades, ante las primeras gotas de agua que se dibujaban en el asfalto, a pocos metros de la entrada en el templo del Santo Sepulcro, sonreían incrédulos de la justicia y la bondad de la lluvia, que parecía que adrede, había previsto comenzar a alertar la capital justo al finalizar una de las procesiones más esperadas y populares de la Semana Santa. Ahora sí, da comienza la Pasión, y otros sentimientos inundarán las calles de Palencia, que serán testigo de la historia y los pasos de Jesús de Nazaret.

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