El Norte de Castilla

José Ignacio Foces exalta en el pregón de Semana Santa la fe de los riosecanos

El pregonero pronuncia su parlamento ante el paso de la Soledad. / A. Mingueza
  • El subdirector de El Norte abre los actos de la Pasión de Cristo con un homenaje a las virtudes y a los sonidos de unos días llenos de valor humano

«Hay que tener valor para cargar con los pasos y hay que saber comunicarlo. Añadan ustedes al término valor lo que consideren: el valor de la fe, para afrontar la gesta de sacar los pasos; el valor de la fuerza, para cargar con ellos como Dios manda; el valor de la templanza, para modelar el espíritu y que no se desboque animado por el memorable ceremonial que se está ejecutando. ¡Qué lección de valor! ¡Qué lección!». Son palabras del subdirector de El Norte de Castilla, José Ignacio Foces, con las que se dirigió ayer por la tarde a los cientos de personas que, desde una hora antes de su comienzo, llenaron la iglesia de Santa María para escuchar, un año más, el pregón de la Semana Santa riosecana.

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El acto comenzó con el homenaje que la Junta de Cofradías rindió a sus antecesores, al presidente, Andrés San José; a la secretaria; Marta Sánchez; y a los vocales Antonio Fernández y Anselmo Matas. Después de ser presentado por Julio de las Heras, actual responsable de la Semana Santa riosecana, José Ignacio Foces, tras saludar uno a uno a los mayordomos, algo que no se había hecho nunca, inició su pregón transmitiendo sus más escondidas sensaciones por ser pregonero, al estar, en sus propias palabras, «impresionado, estremecido, sobrecogido, abrumado, conmovido, en estado de plena agitación, maravillado y emocionado», ante un honor que se disponía a asumir con humildad, «entregado con toda la fuerza que le he pedido a Dios que me dé».

Utilizando la frase de Baltasar Gracián en ‘El arte de la prudencia’, el pregonero, desde un auténtico conocimiento de la esencia de la tradición y desde su condición de terracampino, se convirtió en «descifrador de la más oculta interioridad» de la Semana Santa riosecana, de todas aquellas cosas que se escapan a una observación superficial. De esta manera, y a golpe de la exclamación, tan riosecana, «¡Oído, Rioseco! ¡Oído!», Foces, como si fueran los posos de una procesión riosecana por sus estrechas calles, fue recorriendo todo lo más humano que une la Semana Santa a Rioseco, siempre con la exquisita mirada de un periodista con más de treinta años de profesión que, vistiendo capa castellana, quiso informar de «cómo les vemos los demás».

Pregón Semanan Santa Rioseco

Garrido Capa, pregonero de la Semana Santa de Valladolid, estuvo presente en Rioseco

Fue un emotivo viaje al corazón riosecano con parada obligada en los sonidos, como los de la trompeta del Pardal, el golpe de la mano sobre el tablero a la voz de ‘¡Oído!’, el redoble sobre el tapetán o el golpeo de las horquillas pegando en el suelo, como «la sinfonía más perfectamente anárquica». Pero también deteniéndose en la condición de embajador que tiene cada riosecano «como el mejor y más completo cuerpo diplomático del mundo».

«Diplomacia unida a magisterio», pues el subdirector de El Norte quiso destacar la gran atracción que ejerce la ciudad, que se hace realidad en la transmisión de las cualidades de «valor, orgullo, solidaridad, hermandad, auxilio, atención, equilibrio, honor e, incluso, democracia», que «adornan a los cofrades». Cualidades que se reflejan cada año en el hecho de portar los pasos a hombro bajo un tablero «que iguala a todos, pues todos somos iguales a los ojos de Dios», siendo, para el pregonero, «el pañuelo al cuello» la prenda que simboliza el honor de ser cofrade, «el orgullo de pertenencia a la cofradía, la antesala de la túnica».

Emotivo homenaje

De gran emoción fue cuando José Ignacio Foces, en el Día del Padre, dedicó el pregón a su madre, Soledad, justificando la presencia del paso de la Virgen de la Soledad. Entonces recordó cómo la mujer que le había dado la vida había hecho de madre y de padre, al quedarse huérfano al morir su padre en accidente de tráfico cuatro meses antes de nacer. Una emotiva dedicatoria que hizo extensible a todas las madres de Rioseco, «encargadas de cuidar la Semana Santa».

Ya casi al final, y antes de suplicar a la Virgen de la Soledad para que «les dé a todos los cofrades el ánimo y la fuerza necesarios», el pregonero reveló la esencia de la Pasión de la Ciudad de los Almirantes como la unión de «los cofrades, sin duda el alma de la Semana Santa; las tallas, alfa y omega, ya que sin el fervor hacia lo que ellas significan y transmiten no existiría todo lo demás, y la ciudad, con su impresionante conjunto urbanístico».