La lluvia impide que el Yacente regrese a su sede

El Crucificado recorre la calle San Lorenzo. /Rodrigo Jiménez
El Crucificado recorre la calle San Lorenzo. / Rodrigo Jiménez

La imagen de Gregorio Fernández tuvo que pasar la noche en la iglesia de San Lorenzo en lugar de en la de San Joaquín y Santa Ana

Jota De la Fuente
JOTA DE LA FUENTEArroyo de la Encomienda

A las ocho y media en punto de la tarde comenzaron a sonar las campanas de San Lorenzo. En ese preciso instante dejó de llover. Había incertidumbre por saber si la primera procesión de la Semana Santa vallisoletana saldría a la calle en el quinto viernes de Cuaresma, Viernes de Dolores. Minutos después se abrieron las puertas del cercano monasterio de San Joaquín y Santa Ana, con su interior en completa oscuridad. De inmediato asomó la Cruz Guía y los dos faroles portados por tres cofrades del Santo Entierro con su impoluto hábito completamente negro de terciopelo y bocamangas dotadas. La primera duda quedó despejada, la procesión comenzaría, y así daba inicio la Semana Santa de 2018 en Valladolid. La primera de sus 35 procesiones estaba en la calle.

El sonido desde el interior del templo de los dos tambores sordos de estilo zamorano hacía presagiar que el crucificado también sería trasladado hasta San Lorenzo. Se trata de un corto recorrido, andado con celeridad por los cofrades ante el riesgo de nuevas precipitaciones. Dos hermanos portaban a la altura de la cadera agarres a los pies del Cristo Crucificado, anónimo de la escuela castellana del siglo XVI. Otros tres cofrades más sujetaban a la altura del pecho la parte de la cabeza y los brazos del crucificado.

Al entrar en San Lorenzo, iglesia en la que se encuentra el Cristo portado por los cofrades del Santo Entierro durante todo el año, esperaba en el centro de la planta de la Iglesia, a oscuras, en sus andas, con la única iluminación de las cuatro velas coloradas en sus esquinas, la magnífica talla del Cristo Yacente de Gregorio Fernández. El templo se llenó de cofrades y fieles, que juntos iniciaron el rezo del Vía Crucis, a mayor ritmo que años precedentes. Se trata de un Vía Crucis dialogado y teatralizado en su parte final, con escenificación del despojamiento de las vestiduras, el clavamiento de Cristo en el madero y la elevación de la Cruz, en completo silencio, logrando un clima de recogimiento y oración. El rezo invita constantemente a la reflexión al fiel por parte del celebrante y los lectores.

Finalizado el acto de oración en el interior de San Lorenzo, y terminada la decimotercera estación, se alzó la cruz y se comunicó desde el altar a los cofrades del Santo Entierro que la última estación no se rezaría bajo el umbral de la puerta de entrada al convento de San Joaquín y Santa Ana, tal y como estaba previsto. Las condiciones climatológicas mandaban en ese momento y nada hacía recomendar el acto en el exterior. Los cofrades comenzaron a prender sus velas desde las cuatro llamas del paso titular, repartiendo el fuego entre los cientos de fieles presentes. Se rezó en el interior del templo la última estación. Antes de dar por concluida allí mismo la procesión se cantó la Salve popular a la patrona de Valladolid, Nuestra Señora de San Lorenzo.

El Cristo Yacente de Gregorio Fernández no pudo regresar al convento de Santa Ana, a su morada en la clausura de las monjas cistercienses de San Bernardo a hombros de los cuatro cofrades previstos y desolados por causa de la lluvia exterior. La imagen titular de la cofradía del Santo Entierro volverá a las calles de la ciudad en la medianoche del próximo Jueves Santo, en su procesión, denominada desde al año pasado Verum Corpus. Anoche quedó a los pies de su madre en San Lorenzo, que pudo velarlo en silencio y soledad, tal y como sucediera hace más de dos milenios.

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