El ‘Universario’ de la profesión más bonita del mundo

Marcel Gros, con el niño que colaboró en el espectáculo. /A. V.
Marcel Gros, con el niño que colaboró en el espectáculo. / A. V.

Marcel Gros invita a los espectadores del teatro Juan Bravo a un viaje por un universo de letras

A. V. Segovia

Con la 'A' de artista y de avión despegaba ayer ‘Universario’ en el Teatro Juan Bravo de la Diputación, un espectáculo pensado para la imaginación de los niños y el disfrute de los mayores y el de su propio creador. Porque no debe de haber profesión más bonita en el mundo que la de hacer reír a carcajadas a los más pequeños. Ayer, Marcel Gros, el reconocido payaso catalán, lo consiguió durante todo el tiempo. Y justo cuando parecía que las letras gigantes y rojas de su ‘Universario’ comenzaban a desinflarse un poco, pues no debe haber profesión más complicada en el mundo que la de captar la atención de los niños durante más de 40 minutos seguidos, se valió de uno de sus diminutos espectadores para remontar el vuelo de su aeroplano.

A veces acertar con el improvisado invitado al escenario es tarea difícil, pero ayer el pequeño B. se lo puso tan fácil desde el primer momento a Gro, que su hipnosis casi casi resulta verídica del todo. Por este motivo, por la naturalidad del niño y su inestimable colaboración, era necesario comenzar la crónica casi por el final; porque en realidad ese momento reflejó lo que había sido la fiesta de ‘Universario’ de Gros desde el comienzo.

Sin necesidad de insistir, el artista implicó al público, padres incluidos, desde los primeros pasos de sus gigantes zapatos. Si el payaso, con su bombín, sus anchos pantalones y su nariz roja, quería risas de todas las edades, las tenía al instante. Si lo que quería eran palmas al compás de su imaginada banda, las tenía al instante. Si lo que pretendía era que los niños se sintiesen parte de esa misma banda imaginada, al instante tenía a doscientos niños deslizando sus dedos por un teclado inexistente o golpeando con fuerza los platillos con unas baquetas invisibles sujetadas con los puños bien cerrados.

Mención aparte merecen las caras de asombro de los más pequeños al escuchar el ‘pezuñeo’ de un caballo entrar y salir por el escenario o los comentarios siempre ocurrentes y esclarecedores de los niños cuando sienten que su ‘Universario’ no cuadra. El de Marcel Gros, cuadrase o no cuadrase, gustó y, además, enseñó que la imaginación no tiene límites, que la Cultura se escribe con todas las letras, gigantes o pequeñas, de esa imaginación, y que llevar a las personas al teatro desde que son pequeñas contribuye a que la profesión más bonita del mundo exista. Que no es poco.

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