«La única diferencia con mis abuelos agricultores es que estamos enganchados al móvil»

Albano Sastre, en el campo, en plena faena. /El Norte
Albano Sastre, en el campo, en plena faena. / El Norte

Albano tenía claro a qué quería dedicarse desde los 12 años, a lo mismo que su padre y sus abuelos: la agricultura en Campo de Cuéllar, a la que daría un giro ecológico para conectar el siglo XXI con los valores tradicionales del campo

RAFAEL DE ROJASSegovia

Albano Sastre (38 años) ya tenía claro lo que iba a hacer con su vida a los 12 años. Hijo y nieto de agricultores de Campo de Cuéllar, toda su formación iba encaminada a hacerse con el negocio familiar. «Nuestros padres nos dieron la oportunidad de formarnos en vez de quedarnos a trabajar con 16 años. Yo he estado 12 años fuera estudiando. Primero hice Formación Profesional de la rama de Agricultura, luego Ingeniería Agrícola y un máster de Dirección de Empresas, además de diferente formación relacionada con eso –explica–. Y a mi edad no he acabado. Queda mucho por estudiar, aprender, y cambiar».

El resultado fue que en el 2000 tomó las riendas de la explotación de sus padres como gerente y, junto con sus dos hermanos, le dieron un nuevo rumbo ecológico apoyándose en los valores que les habían transmitido sus mayores. A partir de entonces sus productos se llamarían Ecoeduco y serían cien por cien biológicos y ecológicos, tanto en la producción como en el envasado y la distribución.

«La empresa nace hace 18 años, con la idea de poner en valor el campo y los principios que transmite al mundo. Queríamos recuperar las variedades que se estaban perdiendo y unir de alguna manera los valores de la ciudad con los del campo, que sean lo mismo en el mundo global en el que vivimos –especifica–. En realidad, lo único que estamos haciendo es lo que hacían nuestros abuelos hace 60 años».

Ecoeduco Agricultura Ecológica distribuye ahora mismo lo que está en temporada: patata, puerro, remolacha, cebolla, diferentes coles y chirivía. Además de las verduras que producen todo el año: tomate, calabacín y pimiento –«porque todos queremos comer tomate en invierno», dice Albano–. «Desde el primer día quisimos estar en todos los canales de venta posibles: online, por distribución, en herbolarios… También estamos en Alimentos de Segovia, que nos permite llegar a muchos sitios diferentes, como las ferias. Estamos bastante contentos con la marca», expone.

Su catálogo de productos agrícolas no se diferencia del de otras empresas excepto en los procedimientos y en los principios que lo sustentan. «Hay mucha gente que hace ecológico y convencional, pero en nuestras instalaciones solo entran productos ecológicos. Una de nuestras máximas es recuperar el suelo y las variedades sin olvidarnos de donde estamos. También aplicamos nuevas técnicas, pero siempre que sean acordes con nuestros valores», señala. En cuanto al envasado, Ecoeduco está inmerso en un proyecto de autoconsumo energético, cuida la gestión del agua y, en ocasiones, opta por el cepillado en lugar del lavado.

La empresa da trabajo a unas 60 personas al año entre técnicos, capataces, ingenieros, investigadores y peones de almacén y de campo y cuenta con 150 hectáreas de cultivo ecológico que produjeron 3.000 toneladas en 2017. «Cumplimos con todas las normas de seguridad alimentaria y cultivamos 25 tipos de hortalizas. Ahora mismo estamos comercializando unas 120 ó 130 variedades diferentes», dice.

«Siempre estamos activos en innovación, sin romper nuestros valores primarios. Respetando los suelos y los ciclos y todo lo que conlleva la agricultura ecológica. Contamos con máquinas que tienen autómatas sin problema. Hay nuevas tecnologías que bajan los costes y que generan que llegue al consumidor a precios más lógicos y que sea más accesible. Y al final también genera un trabajo de calidad», expone. Ese «generar trabajo de calidad» en Campo de Cuéllar y alrededores es uno de los objetivos de Ecoeduco. «La planta de envasado está ubicada bien cerca del pueblo, para que la gente pueda venir en bici o andando», dice.

Albano también aboga por las políticas de género. El 70% de la plantilla son mujeres, tanto en trabajo de almacén como en el campo y en la oficina. «De los 9 responsables de la empresa en puestos administrativos 6 son mujeres –relata–. Desde mi lado, que soy hombre, lo veo interesante porque tienen una visión que se complementa muy bien con la del hombre. Focalizado de manera positiva, son visiones fusionables, y se genera un trabajo interesante. Una mujer puede estar igual como peón, directora de calidad o comercial. Gerente no, porque soy yo –bromea–, pero también podría ser. Cuando hacemos una entrevista laboral hacemos una ficha y para nada existe el dato de si es mujer u hombre. Si una mujer se presenta a un puesto de tractorista, encantados de la vida, y lo digo de verdad, no es marketing, No es una cuestión de género si no de valor, formación y ganas».

El agricultor señala como una de las claves de su éxito la velocidad en la distribución. «Llevamos el producto en 24 horas, desde que está recolectado a cualquier punto de España. Intentamos trabajar con un mercado de cercanía, pero en un mundo global consideramos que cercanía es España», afirma.

Albano explica que el precio de los productos ecológicos es un 20 ó 30 por ciento más caro por una razón: «producirlo es mucho más caro». «Una explotación de 100 hectáreas de agricultura ecológica requiere 18 o 20 personas, mientras que la agricultura convencional requiere solo una. Lo que se combate químicamente en el campo, en ecológico se hace con medios físicos. El precio es más alto, pero razonado, nada especulativo», expone.

«Un tomate ecológico no es el mismo producto que uno con químicos –opina–. No tiene insecticidas, tiene más sabor, más cualidades y más nutrientes. Es lo mismo que dos coches, que, aunque te lleven al mismo sitio, valen diferente porque son dos productos totalmente distintos. En otros bienes lo tenemos bien inculcado, pero en estos no».

Albano defiende a los trabajadores del campo: «todos lo hacen bien». «El agricultor hace lo que se le demanda y si hubiera más consumo ecológico habría más agricultura ecológica. También habría más investigación, más innovación, las producciones subirían y los costes bajarían, es una cuestión de dimensión. Yo creo que sí que vamos hacia eso, cada vez nos queremos cuidar más. Nuestros padres y abuelos han comido bien y eso la gente lo está valorando ahora», recalca.

El ingeniero se mira mucho en el espejo de sus mayores. «Intento llevar una vida similar a las de ellos, con una vocación por el trabajo e intentando rodearme de gente a la que les guste su trabajo, que sea para disfrutarlo. Mi padre también tenía estudios, pero quería el campo. Si hay una diferencia entre ellos y nosotros es que estamos todo el día enganchados al móvil, no hay más remedio, trabajo mucho en la gerencia, pero tampoco me olvido del campo. Lo importante es que me levanto con las mismas ganas de trabajar que mi padre y mis abuelos», dice.

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