«Trabajar en el campo tiene su puntito de adrenalina»

Juan José de la Fuente en su explotación. /El Norte
Juan José de la Fuente en su explotación. / El Norte
Emprender en el pueblo

Juan José decidió dedicarse a la agricultura en Sacramenia y Fuentidueña tras quedarse en el paro a los 54 años. De momento cultiva 90 hectáreas, pero considera que necesita llegar a las 150 para vivir holgadamente

RAFAEL DE ROJASSegovia

«Yo soy hijo de agricultores y estuve trabajando en una explotación agraria hasta los 25 años»- Así empieza su relato Juan José de la Fuente (54 años), que se casó a esa edad y comenzó a trabajar en una piscifactoría de Fuentidueña donde estuvo casi 30 años. «Fui a trabajar una mañana y me echaron a la calle. Me ofrecieron 20 días de indemnización, que era lo minino. La empresa la compró una persona que se dedica a comprar y vender compañías y en 6 meses la ha vuelto a vender. Después de tantos años de levantarte con tormenta y estar allí el primero, al final, reducen la plantilla, y de lo que se trata no es de que seas bueno ni de la experiencia que tengas ni de la buena relación con los jefes», explica.

«En este sector dos y dos no son cuatro: haces un proyecto y los números pueden no salir, los precios no son fijos y el tiempo tampoco»

Con muchos títulos adquiridos a lo largo de los años (carné de tráiler, de mercancías peligrosas, cursillos fitosanitarios…) se planteó buscar otro trabajo por cuenta ajena. «Tuve que decidir, porque tampoco es tan fácil con esta edad encontrar trabajo. Tampoco lo he llegado a buscar, pero los 800 ó 900 euros que te ofrecen te sientan hasta mal, no dan para comer en cualquier casa de hoy en día –dice–. Y nunca me he planteado pedir el paro ni ayudas sociales, porque no me veo así. Decidí montar un negocio y tirar para adelante».

La solución que encontró Juan José para su situación fue volver a la agricultura. «Me lo planteé como supervivencia. Para los 12 años que me quedaban de vida laboral me vi obligado a esto. Aprovechando que la gente se va jubilando, conseguí parcelas en 5 términos municipales. Tienes que empezar poco a poco. Yo arranqué con 20 hectáreas, ahora tengo 90 y a ver si en un par de años tengo 150, que es lo que calculo que hace falta para vivir decentemente», señala. De la Fuente ha comenzado con cereal, sobre todo cebada, y girasol. «Voy a plantar guisante, que no lo había hecho nunca, y voy a plantar remolacha, que tiene un bajo precio, pero algo queda. Antes había un sistema de cupos en el que era imposible entrar, pero ahora sí se puede. Tengo unas parcelas de regadío que aprovecharé para la remolacha», anticipa. La inversión, además de en tierras y semillas, la ha destinado a comprarse un tractor y una cosechadora de segunda mano, además de más maquinaria que comparte con otro agricultor para abaratar costes.

«El problema del campo –asegura– es que estamos trabajando para el sistema. Los costes de producción son prácticamente los costes de venta y te queda la subvención. Estamos trabajando para que ganen dinero los que venden la maquinaria y los intermediarios, esto da solo para comer. El campo ha vivido de la limosna de Europa y eso es una vergüenza. Si mañana se quitase la PAC, se acabaría todo».

Una de las principales penas de este agricultor es la deserción de los jóvenes. «En alguno de los pueblos en los que trabajo ya no hay agricultores de menos de 50 años. Ahora mismo solo hay 3 ó 4 agricultores menores de 30 años en Sacramenia y antiguamente había 30. Y hay gente de 80 años trabajando. No se quieren jubilar porque tienen una pensión ridícula. Y así no van dejando pasar a las nuevas generaciones, que sí que podrían vivir de esto. Eso debería incentivarse. Porque un chico joven con 20 años le planteas que tiene que meterse en 200.000 euros de inversión y se asusta mucho. Y subvenciones dan las justitas», opina.

«El campo ha vivido de la limosna de Europa y es una vergüenza»

Aun así, Juan José reconoce que no le ha querido enseñar el oficio a su hijo Miguel. «Tiene 20 años y ha hecho un grado superior. No le he dejado ni subirse al tractor, solo de pequeño para jugar, fíjate la mentalidad que tenemos en el pueblo. Esto lo veo como un negocio de supervivencia, a no ser que me dijera que esto es lo que le gusta de verdad. Cuando me jubile, si esto va bien, tendrá una alternativa a lo que tenga, pero para mi hijo no lo quiero», señala.

Juan José también encuentra una parte positiva en su decisión de volver a trabajar en el campo. «En la piscifactoría se pasaba mucho frío y ahora tienes calefacción en el tractor, si no vas, no vas, porque no tienes jefe y decides tus horarios. Pero cobrar a fin de mes es muy importante para una familia –explica–. Este trabajo me gusta. Cuando siembras o cosechas tienes que echarle 12 horas diarias, es un apretón, pero sí que he notado un cambio a mejor en calidad de vida. Disfruto haciéndolo, no es como hace años, no es tanto trabajo, son 4 meses fuertes al año. Hay mucho papeleo, eso sí, papeles para todo, pero eso va pasando en todos los sectores».

Intervención en la naturaleza

La intervención en la naturaleza es su función favorita. «Es agradable ver crecer las plantas. Cuando siembras y ves que la cosa va bien… Intentas hacerlo un poco mejor cada día, te fijas en los demás y ves como lo está haciendo el que lo hace bien. Siempre hay que aprender cosas nuevas, así que trabajar en el campo tiene su puntito de adrenalina. Haces cosas que no has hecho nunca. Yo no había cosechado, por ejemplo, y hay máquinas que van con su ordenador y sus cosas y tienes que aprender a usarlas para que te salga todo bien. También estás siempre esperando los resultados y eso tiene tensión. A veces te puedes equivocar: hasta que no nace la planta no sabes si lo has hecho bien o mal», resume.

A alguien que quiera emprender en agricultura le recomienda «que no tenga miedo». «Si hubiera empezado con 25 años habría entrado de otra manera: hubiese comprado maquinaria nueva y me lo hubiese planteado de otra manera, a mayor escala, me hubiese metido en inversiones sin miedo. Pero lo primero es que te tiene que gustar. Yo disfruto mucho yendo a sembrar o moviendo la tierra o cuando hablas con la gente de alrededor. La gente que está en el campo, es como el que va a pescar: ve el agua y le relaja. Aquí es igual: ves cómo nace, lo abonas, ves el terreno…», relata. Eso sí, advierte también de que «en el negocio del campo dos y dos no son cuatro: haces un proyecto y los números pueden no salir, los precios no son fijos y el tiempo tampoco. Lo mismo dos y dos son uno o son seis. Sabes lo que metes, pero no lo que coges. Es un sector un poco complicadillo y hay que conocerlo bastante», concluye.

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