Un Titirimindi multitudinario y con buen tiempo en la penúltima jornada

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El público abarrota la plaza de San Martín para ver una de las actuaciones del programa de tarde de Titirimundi, ayer. Antonio Tanarro

  • Las calles vuelven a llenarse con un abundante programa en la jornada sin lluvia

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Ayer, por fin, Titirimundi se pareció a Titirimundi. O al menos a esa cara del Festival que congrega multitudes, que llena las calles de público familiar, con el programa en la mano y buscando un hueco en las diferentes sedes. Una muy amplia oferta y un tiempo benévolo volvieron a convertir al teatro de títeres en un género masivo y al certamen segoviano en una referencia.

  • El domingo en Titirimundi

La mañana fue esplédida, y todos los reclamos fueron abarrotados. En San Martín, Pelele actuó ante cientos de espectadores que llenaban escaleras y muros, regalando su función circense de marionetas de hilo. La Gotera de Lazotea, una de las compañías con mayor presencia, esta vez trasladó su función a la Plaza Mayor, que fue un hervidero de gente hasta más allá de mediodía. Y las inmediaciones del Acueducto, con la presencia del carrousel, de la barraca de Miguelillo y de actuaciones espontáneas, fue otro lugar de multitudes.

En los patios, el turno para Huber y su exquisita factura y para Eugenia Manzanera y sus Caracoles, uno de los montajes con mayor demanda pues este sí es específicamente para niños pequeños, incluso muy pequeños, y no abundan en el programa al contrario de lo que se da por supuesto. Todo dulzura e imaginación, es una buena base para amar el lenguaje de títeres, objetos y canciones.

Nada candoroso, por el contratrio, otro de los espectáculos que han generado más expectación, el Vu de Sacékripa en La Cárcel. Es uno de esas propuestas que sólo trae a Segovia Titirimundi y que divide al público entre acérrimos e indignados. El público asiste en semicírculo a un ritual cotidiano parsimonioso, obsesivo, hiperbólico en su orden y limpieza ejecutado por un actor inquietante que se sirve de objetos e ingenios para llevar a cabo su plan diario. No hay más relato ni moraleja. Observar, callar, asimilar.

Y en los teatros se despidió con tres funciones la compañía francesa Aïeaïeaïe con la divertida puesta en escena de ‘Mi amor, mi conejito’. Otra obra que encaja muy bien con el Festival, pieza breve y audaz que demuestra que en ocasiones menos es más, que el talento necesita pocos artificios y poco minutaje para brillar.

Inés, Lorena y Gonzalo son voluntarios, y bien pueden representar a esas decenas de jóvenes y no tan jóvenes sin los que el Festival simplemente no sería viable. Ellos se han encargado del modesto puesto de merchandising ubicado junto a la Plaza de San Martín durante todo el Festival, echando una mano también a las compañías que allí actuaban.

«Es una experiencia muy buena, para repetir», dicen ellas, que se estrenan en esta faceta. Gonzalo ya va por su segundo año, y asegura que «Titirimundi se conoce bastante. La gente pregunta sobre todo por dónde están las sedes, más que por las actuaciones, porque muchos vienen ya con el programa en la mano».

Del Festival destacan la cercanía entre la organización, los voluntarios y las compañías, «hay muy buen ambiente», y en general están satisfechos con el trato del público. Es una forma de vivir el teatro por dentro y de participar en un evento que mueve multitudes.