El Norte de Castilla

Las pulgas amaestradas regresan a Segovia

El público observa a Dominique Kerignard durante su espectáculo, el Circo de las Pulgas. Antonio Tanarro
El público observa a Dominique Kerignard durante su espectáculo, el Circo de las Pulgas. Antonio Tanarro
  • Colegios y familias llenan los aforos del festival en una jornada destinada a los espectadores locales

. El Titirimundi más local, el que se celebra los días laborables, tuvo ayer una jornada repleta de citas que dieron a la ciudad ese carácter festivo propiciado por las representaciones simultáneas y sucesivas, los itinerarios entre sedes y el afán de los titiriteros por enfrentar al mal tiempo las buenas caras.

Un tiempo que, casi de forma milagrosa, respetó la sesión matutina del festival. La amenaza de lluvia se quedó en eso y gracias a ello la plaza de San Martín lució su mejor aspecto de anfiteatro con cientos de escolares, aunque también algún adulto, concentrados frente al Teatro de Ilusiones Animadas de Carlos Piñero, un veterano de Titirimundi antiguo componente de El Chonchón, con el que se han reído legiones de seguidores.

El argentino hizo reír y soñar con la historia de Bruno Estampilla, un cartero empeñado en entregar misivas insólitas a destinatarios insólitos. Tímido pero simpático, torpe y tozudo, ingenuo con picardía, el protagonista conectó con el público desde el primer minuto. En el desarrollo de la obra, en continua adaptación, no faltaron referencias a lo «ingobernable» que parece España actualmente y tampoco, como es natural en el mayor festival del género, a los titiriteros encarcelados, preguntándose Estampilla si «salen cuando les toca actuar y luego regresan».

A cubierto continuaron las funciones escolares. Sofie Krog Teater, que presentará el sábado su Circus Funestus, dobló sesión en La Alhóndiga con The House y su comicidad terrorífica. En el palacio de Quintanar, The House of Fanny Bell (Rusia) mostrando a los más pequeños e invitándoles a participar en ‘Creando el mundo’.

Por la tarde, en la última actuación programada se vivió una escena que dice mucho de la simbiosis entre público y compañías. Era el turno de nuevo de Carlos Piñero, quien aguardó a que se pasara la lluvia para no defraudar a los cientos de espectadores que, bajo el agua, llenaban la plaza de San Martín sin moverse. Con el suelo mojado y los paraguas abiertos. No dio tregua el tiempo y el artista improvisó un diálogo entre Estampilla y El Diablo, con sorna y gracia, antes de suspender la función. Imposible seguir porque los títeres son de papel. Pero el público, fiel hasta el extremo, tuvo al menos su aperitivo.

Por otra parte, el festival mantiene intacto su interés informativo. Periodistas locales, regionales y nacionales se repartieron entre las distintas sedes para reflejar el efecto Titirimundi, entrevistando a su director, Julio Michel, a las compañías y a los espectadores. Un material que ayuda a preservar la marca y a ampliar el conocimiento de un evento promocionado por medios propios y ajenos, en canales tradicionales y redes sociales. Su perfil de Facebook, por ejemplo, alcanza ya los 9.000 seguidores.

El clásico imperecedero

El fenómeno del Circo de las Pulgas, que el año pasado alcanzó precisamente en Segovia, en Titirimundi, las 5.000 representaciones, es digno de estudio. Ayer inició una nueva ronda de representaciones en el patio de la Casa de Abraham Senneor colgando otra vez el cartel de entradas agotadas. Si un clásico es lo que se mantiene vivo en el paso de una generación a otra, el ingenio de Dominique Kerignard, fundador de la compañía Les petits miracles, ya se ha encaramado a ese podio.

Con motivo del hito alcanzado en la pasada edición, Kerignard explicaba orgulloso que ha llegado hasta aquí «sin cambiar absolutamente nada; es el mismo espectáculo que el que arrancó hace dos décadas. Y la verdad es que no me canso de hacerlo, porque cada función el público es nuevo y sigo viendo disfrutar a los espectadores como el primer día».

Mimi, Zaza y Lulú, las fieras de este circo a las que está prohibido alimentar por «peligro de muerte», son las minúsculas protagonistas de este milagro escénico que descansa, más que ningún otro, en el poder de la ilusión.