El Norte de Castilla

Inalterable poder de convocatoria

Niños y adultos disfrutan de la puesta en escena de ‘Coro cocó’, un montaje de la compañía española Pai Antonio Tanarro
Niños y adultos disfrutan de la puesta en escena de ‘Coro cocó’, un montaje de la compañía española Pai Antonio Tanarro
  • El público abarrota las cerca de 20 representaciones callejeras incluidas en el programa

Titirimundi se reencontró ayer en Segovia con su imagen más icónica: riadas de aficionados poblando cada rincón donde hubiera un guiño teatral, abarrotando las cerca de 20 representaciones callejeras incluidas en el programa, a las puertas de los ocho patios que acogieron funciones o haciendo cola en las cuatro sedes teatrales donde se disfrutaron maravillas como El avaro de Pelmanec o Talita Kum de Riserva Canini.

Miles de personas inquiriendo a voluntarios y guías turísticos sobre horarios y sedes de las actuaciones, un masivo público sobre todo familiar que respondió al buen tiempo, a la promoción nacional del Festival y a la fiesta espontánea que cada año protagonizan, por fusión, el público y las compañías. El mérito no es llenar la ciudad; es hacerlo a través del teatro, de una celebración teatral.

Caminar a determinadas horas por el tramo final de Fernández Ladreda o por la Calle Real era una tarea titánica. También por los corrillos que cada 50 metros rodeaban a malabaristas, clowns y músicos que no estaban en el programa pero que se sumaron a la oferta con suerte desigual. Restaurantes llenos, terrazas también, y los comercios del centro como en Semana Santa.

En las entrevistas previas al comienzo del Festival, su director, Julio Michel, incidía en que la demanda siempre está por encima de la oferta a pesar de que ésta ha crecido en la presente edición. Y cualquiera que estuviera ayer en la ciudad podría suscribir sus palabras. Daba la sensación de que si se hubieran programado cien representaciones todas hubieran tenido un seguimiento masivo.

En la calle, protagonismo para el humor con los británicos Men in coats y el español Jam. Objetos más que títeres, imaginación desbordada y risas a granel en dos de las propuestas más seguidas por el público. Los matutinos y los vespertinos coincidieron en la fiesta, siempre contagiosa, que montaron los Titiriteros de Binéfar junto a la estatua de Juan Bravo, una suerte de colofón anticipado, un regalo a la fidelidad de los espectadores del Festival. Al final de la tarde, ante los de Binéfar, San Martín tenía la grada llena una hora antes del inicio de la función, lo que da idea del excedente de público. Y otro punto donde se reunieron cientos de personas fue El Salón ante la llamada de La Estrella y su Circo Malvarrosa, poblado de marionetas de tamaño natural y diferentes técnicas, rememorando aquellas viejas familias de artistas de carpa.

No solo infantil

Una gran parte de la personalidad de Titirimundi reside en la convivencia de espectáculos tradicionales y vanguardistas, y también en la combinación de montajes esencialmente infantiles con otros que ni lo son ni lo quieren/deben ser. Ayer hubo magníficos ejemplos de una cosa y de la otra. En el patio del Palacio Quintanar, en un estupendo ambiente familiar, niños y adultos disfrutaron de la puesta en escena de Coro cocó, un montaje entusiasta de la compañía española Pai que rescata e hila antiguas canciones infantiles para introducir un delicioso desfile de títeres sencillos. Historias de elefantes haciendo equilibrios en telas de araña y de pastores sordos al frente de un rebaño de orejas.

A cierta distancia física, en la Sala Expresa, y a muchos kilómetros en cuanto a concepción y resultado escénico, los brasileños de Pigmalion cortaron la digestión a más de uno con un retrato de familia singular por su crudeza. Abren con un bisturí un cuerpo aparentemente equilibrado para que nos asomemos a la podredumbre del interior y, una vez vista, vuelven a coser tratando de que el tajo se note lo mínimo posible. Pero ya muchos espectadores solo ven herida y no cicatriz, porque acaban de asistir al derrumbe estrepitoso de la estructura familiar tradicional, con fantasmas freudianos muy poderosos, derrocamientos y luchas ensangrentadas por el poder. Todo eso protagonizado por humanos con cabeza de cerdo y trajes impecables que ahora, en el recuerdo, producen escalofrío.