Simón de Rojas, un santo para Cuéllar

Obra sobre Simón de Rojas, del siglo XVIII, que puede verse en la iglesia de Sanchonuño. / Pablo Pascual

La iglesia de Sanchonuño conserva un cuadro del religioso , que predicó por los pueblos del entorno de la villa, fue beatificado en 1766 y canonizado dos siglos después, en 1988, por Juan Pablo II

JOSÉ RAMÓN CRIADO Cuéllar

La victoria en la batalla de Lepanto sobre los turcos, en el año de 1571, parece estar en el origen de la devoción a la Virgen del Rosario en el mundo cristiano en general y en la Tierra de Cuéllar en particular. La fiesta fue instituida por el Papa Pío V, luego santo, el 7 de octubre, aniversario de la victoria obtenida por los cristianos en esa batalla y atribuida a la Virgen, invocada por la oración del rosario. Pío V era dominico y fueron los frailes de su orden quienes tomaron esta iniciativa promovida por el Papa. En la Tierra de Cuéllar parece que, por delegación del convento dominico de Santa María de Nieva, fueron los trinitarios los encargados de la difusión del culto a la Virgen del Rosario. Esto explicaría la aparición en retablos de iglesias de toda la comarca (Chañe, Santibáñez de Valcorba, Sanchonuño…) de la cruz trinitaria y de santos de esta orden religiosa.

Aunque ya existía como rezo desde la Edad Media, a partir de Lepanto se difunde con más fuerza esta devoción y en los distintos lugares surgen cofradías con esta advocación que encargaron imágenes para su culto.

Promotores del culto a la Virgen del Rosario, la cruz trinitaria se encuentra también en el retablo de Chañe

En el caso de Sanchonuño, la Cofradía del Rosario compitió en devoción con la del patrón de la parroquia, Santo Tomás, relegándole con el tiempo a un papel secundario. Ha sido tal la devoción a esta Virgen que, cuando en el año 1985 la localidad decidió dejar el primer domingo de octubre como fiesta menor y pasar la fiesta grande al primer domingo de agosto, nadie reparó en que tal vez era el momento de desagraviar al patrón. La Virgen del Rosario tiene desde entonces dos procesiones y Santo Tomás sigue sin la suya. Todo el protocolo de la fiesta de octubre se trasladó a la de agosto.

Junto al cerquilla

Me centraré aquí en el objetivo que me había propuesto: dar a conocer el cuadro dedicado al beato Simón de Rojas conservado en la parroquial de Sanchonuño. Tal vez el primero de la diócesis, tal vez el único, sin contar con que los trinitarios de Cuéllar encargaran el suyo. Este convento de la Trinidad en Cuéllar estuvo en principio junto al río Cerquilla, fuera de la población. Lo había fundado fray Thomas Walls, inglés, por el año 1219. Se trasladó a la villa en el año 1554 bajo el auspicio de la familia Bazán y siguiendo las consignas del Concilio de Trento de que la orden haría mayor servicio estando dentro de núcleo poblado. Se aprovecharon las ruinas de la que antes había sido ermita de San Blas. En él fue ministro el padre fray Simón de Rojas. Así lo reseñaba un historiador cuellarano en el año 1763. Durante su estancia en Cuéllar, según Balbino Velasco, su influencia se dejó sentir en los pueblos de la comarca donde salía con frecuencia a predicar.

El tallista de Peñafiel

Su memoria fue conservada por los frailes de su orden que recibieron con entusiasmo la beatificación de Simón de Rojas en el año 1766. Los trinitarios y todo Cuéllar, porque entre tanto hombre ilustre como había dado la villa ninguno había alcanzado los altares. Un santo para Cuéllar era lo que hacía falta, aunque Simón de Rojas hubiera nacido en Valladolid. No ha de extrañar que un miembro de la familia Rojas, que eran mucho, ya incluyera al beato Simón de Rojas como su abogado en su testamento, y mandó a sus herederos dos piezas de plata que habían de emplear para cuando lo canonizaran.

Se hallaba por estos años don Manuel Marugán, cura de Sanchonuño aunque natural del Nieva, realizando importantes reformas en su iglesia. Entre ellas había encargado dos retablos al tallista de Peñafiel Felipe Durán. Uno de ellos el de la Virgen del Rosario, para una imagen que tiene un aire más castellano que otras de la comarca, que son más flamencas. Digo esto porque pasan por ser del escultor Pedro Bolduque, que recaló en Cuéllar desde Flandes.

Se habían entendido bien el párroco y el escultor en la redacción del contrato de los retablos, firmado en 1771. Si bien, no habían previsto la inclusión de un lienzo dedicado al recién beatificado Simón de Rojas. Por influencia del momento de euforia y por la de los trinitarios de Cuéllar, que parece que daban su supervisión en lo que tocaba al culto de esta Virgen, en última instancia se incluyó, sobre la hornacina de la talla, un cuadro dedicado al beato.

La iconografía del mismo coincide con la que existe sobre Simón de Rojas en Madrid, en el comedor del Ave María que él fundó. Donde nos la explicó un fraile al que requerimos para tal fin en una de nuestras visitas a la capilla de dicho comedor. Representa al beato arrodillado, en oración, al que se le aparece la Virgen que le entrega una cinta. Con toda naturalidad, el trinitario nos comentó que el cordón que le da la virgen a Simón de Rojas era un cilicio, como remedio para que el fraile superara las tentaciones carnales en momentos de crisis, que los tuvo.

En el cuadro de Sanchonuño, además del cilicio, el Niño le da también un rosario al trinitario, con lo que se le da sentido a su inclusión en este retablo. Se incluyen otros elementos en el cuadro que se prestan a una interpretación más subjetiva, aunque sin duda tienen su intención. Por un lado, los panes que aparecen en el suelo pueden hacer referencia a la inclinación que tuvo Simón de Rojas por los pobres, a través de las congregaciones del Ave María.

El cura de Sanchonuño encargó dos retablos para la iglesia en 1771, en uno de los cuales se incluyó el lienzo

El comedor de Madrid sigue dando comidas en varios turnos a día de hoy y en él, qué pequeño es el mundo, colabora como voluntaria Dolores Álvarez, que ahora sabe que por Sanchonuño, su pueblo, también anduvo Simón de Rojas. Hay en el cuadro una clara composición piramidal en la organización de los personajes: la Virgen, el Niño y el beato. Se echa en falta el lema ‘AVE MARIA’, propio del beato y que, dicen, tenía siempre en su boca. Es sustituido por una clara alusión a la Trinidad con el Dios Padre, la paloma y el Niño, que forman una línea de derecha a izquierda. Aparece el fraile apoyando sus rodillas sobre dos tiaras de obispo, como si hubiera renunciado a cargos eclesiásticos destacados. No le hicieron falta. Su influencia en la corte de Felipe III fue considerable. Tenía fama de milagrero y todos vivían pendientes de esos milagros. Acabó metiéndose en asuntos políticos. Al plantearse la expulsión de los moriscos, el padre Rojas dictaminó que había que aplicar radicalmente la medida. Arremetió también contra el arte y música profanas, contra las fiestas, contra la prostitución. Muerto Felipe III, fue nombrado confesor de la nueva reina, Isabel de Borbón, con la influencia y poder que este cargo suponía. En resumen, y en palabras de Caro Baroja, fue un adalid de la Santa España. Murió en Madrid en 1624. Dos siglos más tarde de su beatificación, sería canonizado en 1988 por Juan Pablo II. El retablo de la Virgen del Rosario de Sanchonuño, en el lado de la epístola de su iglesia, de estilo barroco-rococó, es obra de Felipe Durán y en su composición y realización no poco tuvo que ver Don Manuel Marugán.

El apero del párroco

Este cura, sin descuidar sus obligaciones parroquiales, tenía aficiones pintorescas. Así, entre otras cosas, diseñó un carretón falcado, que no era sino un apero alternativo al trillo tradicional. Con ayuda del herrero y carpintero del pueblo construyó el prototipo. Adelantó la prueba del mismo para que estuviera presente el obispo, que se hallaba de visita pastoral. Tal vez no era el momento y las mieses con las que se hizo la improvisada parva de la demostración estuvieran verdes. Estas acabaron embozando las hoces, con corte en su parte convexa, en las que se basaba su invento. Todo influyó para que aquello fuera un rotundo fracaso, al que hubo que añadir la mofa de sus parroquianos. En Sanchonuño no se tomaron en serio aquella tecnología y siguieron usando los trillos tradicionales de Cantalejo doscientos años más, hasta 1970.

Rojas tuvo considerable influencia sobre Felipe III, arremetió contra los moriscos, las artes profanas, las fiestas y la prostitución

Ese año fue la última vez que vi a los trinitarios en Sanchonuño. Acababa el curso y dos hermanos de la orden, de paisano, aparecieron en la escuela para captar nuevas vocaciones. Se llevaron una semana a un grupo de siete u ocho chicos a su convento de Salamanca. Las experiencias allí fueron dispares. Ellos lo saben. Solo uno regresó después con los religiosos y durante tanto tiempo que a punto estuvo de vestir el hábito blanco, con la cruz de brazos rojo y azul.

Empezábamos con Lepanto. Hubiera sido un tópico haber citado, en el reciente cuarto centenario de su muerte, a Don Miguel de Cervantes en relación con esa batalla. Sin embargo, es de justicia recordar que fueron los trinitarios los que gestionaron y consiguieron el rescate de su presidio en Argel, salvándolo de un destino incierto. Fue fray Juan Gil, trinitario natural de Arévalo. Y en agradecimiento al gran amor y predilección por la orden Trinitaria, se mandó enterrar Cervantes en las monjas trinitarias de Madrid, en cuyo convento se han buscado sus restos infructuosamente.

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