«Las secuelas se me notan más cuando río o lloro, pero lo que más me impactó fue no poder escribir»

Javier Sanz. /A. de Torre
Javier Sanz. / A. de Torre

Javier Sanz se recupera favorablemente de un ictus que sufrió hace seis meses

L. J. G. Segovia

Tras 35 años como administrativo, con el bolígrafo por castigo, Javier Sanz cumple disciplinadamente con sus tareas: los cuadernos de Rubio. Antes hubo otras, como dar la vuelta a una pinza, girar un tornillo, coger lentejas, granitos de arroz o monedas. Su recuperación es fantástica para un ictus que le vino en la cama un sábado por la noche hace seis meses. Lleva dos trabajando y el día que nos atiende en su casa, en el barrio de Nueva Segovia, había trabajado 10 horas revisando pensiones en el Instituto Nacional de la Seguridad Social. «La gente dice que a partir de los 50 empieza la segunda vida. Yo he empezado la mía».

Javier, de 56 años, se despertó por un fuerte dolor de cabeza y problemas en la vista. «Cuando bajé a por una infusión, vi que hablaba mal y no podía llevarme la taza a la boca. Yo lo recuerdo todo». Su mujer llamó al 112 y él agradece la rapidez y el trato humano que recibió durante todo el proceso. «Fue muy rápido, todo el mundo sabía lo que tenía que hacer y eso me llamó mucho la atención. Yo soy muy nervioso, pero estuve muy tranquilo». Le administraron en la UVI un tratamiento para recuperar el flujo sanguíneo del cerebro –fibrinólisis– que limitó mucho los daños y apenas estuvo 11 días ingresado.

En un primer momento necesitó ayuda para ducharse, afeitarse o subir escaleras. «Las secuelas se me notan más cuando río o lloro, pero lo que más me impactó fue no poder escribir. Lo descubres cuando te enfrentas a la vida. El móvil casi lo tiro por la ventana; por más que lo intentaba no descolgaba y apenas podía usar el Whastapp. Te sientes impotente y tienes miedo. A veces me noto la lengua de trapo», incide este padre de dos hijas, aunque su dicción es casi óptima.

Su mujer apunta que la clave de la recuperación fue su independencia. La vida de Jesús cambió por completo: ha perdido 20 kilos en seis meses. Lamenta no haber sido más deportista o tener algo altos el colesterol o la tensión; pocos más hábitos puede reprocharse alguien que no fuma ni bebe. «Voy a hacer todo lo que esté en mi mano para que no me vuelva a pasar. Antes me agobiaba por todo, me exijo bastante en mi vida profesional y me traía los problemas a casa. Ahora procuro tomarme las cosas con más calma». Tiene cambios de humor en momentos de más cansancio y pasa enseguida de la risa al llanto, pero su gran cambio es de prioridades: «Hay que dar a casa cosa el valor que tiene, y lo más importante es vivir».

Es una progresión encomiable para alguien que estuvo dos años sin salir solo a la calle por el síndrome de Meniere, que afecta al equilibrio del oído y produce vértigos. «Me caí siete u ocho veces yendo de aquí a la puerta, pero esto lo he llevado mucho mejor. Te da rabia porque ves las cosas que vas perdiendo, tengo menos fuerza en la mano y muchas veces noto como si fuera arrastrando la pierna derecha, pero lo vas aceptando. Tengo que dar gracias por estar como estoy». Es un hombre en paz consigo mismo que por momentos casi agradece que ese trance le haya enseñado a valorar cada desayuno.

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