Rodera Robles: el capricho de un segoviano curioso

Rafael Cantalejo muestra la exposición de fotografías de Rodera. /A. de Torre
Rafael Cantalejo muestra la exposición de fotografías de Rodera. / A. de Torre

El Museo, en la céntrica calle de San Agustín, recuerda la vida ciudadana del siglo XX gracias a la financiación póstuma de un funcionario

LUIS JAVIER GONZÁLEZSegovia

Eduardo Rodera tenía la curiosidad por castigo. Este funcionario segoviano, que se marchó en su juventud a Madrid para trabajar en el Ministerio de Hacienda, guardaba con mimo semillas, botones, jarritas de barro de restaurante o morteros de bronce. El matrimonio con Rafaela Robles, una mujer de familia adinerada, no tuvo descendencia y este segoviano, afincado en Madrid hasta su muerte en 1995, puso sus caprichos a buen recaudo. «Era un segoviano ejerciente, acérrimo. Cuando pasaba por una galería de arte o un anticuario y veía un cuadro con temática segoviana, lo compraba. No era un coleccionista experto en arte, sino un sentimental», explica el secretario de la Fundación Rodera Robles, Rafael Cantalejo. Su fondo de 200 millones de pesetas sostiene su museo en un palacete de la calle de San Agustín donde late la provincia y ahora se expone una colección fotográfica de Rodera.

La esencia del Museo Rodera Robles es aprovechar la colección como una suerte de nostalgia del siglo XX. «Está muy vinculado a la vida ciudadana. Muchas veces no era tanto por el artista sino como documento. La imagen con una tienda que ha desaparecido, un personaje… Hay fotos malas que son grandes testimonios», subraya Cantalejo. En el museo, inaugurado en 2002, hay unos 200 cuadros pintados desde el ecuador del pasado siglo por autores que quizás no tuvieron fama, pero plasmaron su sentimiento. «No son grandes obras que justifiquen por sí mismas un museo pero fueron hechas por segovianos que querían a Segovia».

El reto del patronato, encabezado por el presidente de la Diputación de Segovia, Francisco Vázquez, y con nombres de la cultura como Carlos Muñoz de Pablos, Antonio Ruiz Hernando o Ricardo de Cáceres, es complementar esa colección. En un primer momento se apostó por el legado de la ciudad como sede de la primera imprenta que hubo en España en 1472 –el obispo Juan Arias Dávila tenía mucha relación en Europa– y de una escuela de grabado muy importante en el siglo XVIII. La Academia de Bellas Artes de San Fernando hizo un montaje con las técnicas de estampación que se mantiene en el sótano y se apostó por exposiciones temporales de grabado. «Queríamos dedicar una parte a manifestar el orgullo de los segovianos por esa tradición, pero el resultado no fue bueno porque no interesaba al gran público. Era un arte muy especializado».

El museo apostó entonces por las exposiciones temporales como tronco de su narrativa, con todo tipo de testimonios. Si se trata de dar servicio a los segovianos había que variar la oferta. En estos momentos hay expuesta una colección de fotografía personal del propio Rodera sobre la ciudad –hay más preparadas sobre la provincia– que puede visitarse hasta junio. Hay fotografías de las décadas centrales del pasado siglo. Su vida saneada le permitió hacerse con una cámara de calidad y el resultado hace justicia.

«Él tenía pasión por los fotógrafos segovianos, sobre todo por José María Heredero y Jesús Unturbe. Podemos discutir la calidad, pero su mirada como fotógrafo es la misma. Busca mucho las luces y las sombras. A todos les gusta sacar un monumento y darle un carácter más humano, siempre aparece algún elemento de figura humana o algo muy de la época como un autobús, mientras otro a lo mejor se habría esperado a que pasara», resume Cantalejo. Hay fotos con un toque costumbrista –las señoras arrodillándose al paso de la procesión– y otras personales como la casa de su madre junto al puente de San Lorenzo o la vivienda en que nació él, en la calle de Martínez Campos, pegada a las Jesuitinas. Rodera era un segoviano de la Judería.

Otro atractivo es la sede, un palacete de la nobleza urbana de Segovia de los siglos XV o XVI como los del barrio de los Caballeros que acogió el Museo Provincial. Tiene alteraciones porque le falta un trozo de casa pero su conservación es notable. «Se ha hecho un gran trabajo de restauración y el edificio estaría preparado para mucho más de lo que tiene». Por mucho que las tarifas sean simbólicas –1,05 euros y hay muchas jornadas de puertas abiertas– su gran obstáculo es la ubicación. «Sabemos que los turistas hacen el trayecto entre el Acueducto y el Alcázar y estamos apartados de ese tránsito. Nos mantenemos con los mínimos indispensables, desde el primer momento sabíamos que no era ningún negocio sino el capricho de un segoviano que quería mucho a su tierra. Sería, por ejemplo, ruinoso encender una calefacción para que entren 50 personas al día».

El reto es convertir lo que fue una aportación extraordinaria en un legado asentado. «El sentido de esto es que la gente pueda entrar y que ni siquiera haya que pasar por taquilla. Gastamos lo que un mechero de gasolina, lo mínimo indispensable para poderlo tener abierto. Los ingresos no darían ni para pagar la luz del mes», incide Cantalejo. Ninguno de los miembros del patronato tiene asignación y su labor supone un importante esfuerzo personal. No es en absoluto rentable. El administrador nos dice que no hay problema y que tenemos dinero para sobrevivir. Es una fundación que tiene recursos hasta que se acaben». El momento parece aún lejano pero toda previsión es poca. «Cuando empiece a parpadear la luz roja ya se encargarán los siguientes, espero que dentro de 30 o 40 años. Esperemos que la ciudad sepa aprovecharlo cuando llegue el momento».

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