El pasado judío como contrapunto a Halloween

El programa municipal 'Tiempo de ánimas' incluye una visita guiada a la necrópolis de El Pinarillo, utilizada por los hebreos de Segovia hasta 1492

La guía Alcázar Rus explica a los participantes en la visita la historia de la necrópolis hebrea de Segovia./Antonio Tanarro
La guía Alcázar Rus explica a los participantes en la visita la historia de la necrópolis hebrea de Segovia. / Antonio Tanarro
MIGUEL ÁNGEL LÓPEZSegovia

En uno de los dibujos de la ciudad de Segovia que hizo en 1563 el holandés Anton van den Wyngaerde (por encargo de Felipe II) la ciudad y sus alrededores se ven descarnados, desprovistos casi de vegetación. Era lo normal en aquella época, pues las murallas tenían que estar exentas para que los árboles no estorbaran su función defensiva. Habían pasado casi setenta años desde que los judíos habían sido expulsados de España, pero en las ciudades donde hubo una importante aljama hebrea, como Segovia, permanecieron sus cementerios. De aquellos no se conservan muchos. La necrópolis judía de Segovia sí se ha mantenido, y es visible en el paraje hoy conocido como El Pinarillo.

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Se veía más antes de la plantación de pinos que se realizó por iniciativa de la Sociedad Económica de Amigos del País a mediados del siglo XIX, que consideró que Segovia era una ciudad «muy castellana», y que había que ganar a la típica austeridad llenando de vegetación los dos valles que la enmarcan y los alrededores. Así lo explicó la guía oficial Alcázar Rus, que este miércoles condujo la visita guiada desde la puerta de San Andrés hasta la necrópolis.

En el dibujo de Wyngaerde se puede apreciar que el cementerio judío era evidente en la ladera del valle del Clamores; estaban a la vista los hoyos que darían nombre a la cuesta que sube desde el antiguo camino de Arévalo, sin un árbol alrededor, y por lo que parece, estos primeros hoyos ya no están donde los dibujó el holandés, pues el emplazamiento parece el del espacio excavado para hacer el Velódromo, también hoy desaparecido.

Durante la visita, Alcázar Rus comentó que organizarla tenía una motivación cultural, de difusión de este patrimonio, pero también que la actividad sea un contrapunto a la fiesta anglosajona de Halloween, muy distinta del culto a los muertos de estas tierras. La guía explicó a los participantes en el recorrido que los hoyos son las tumbas de los judíos que habitaron Segovia al menos entre el siglo XII y finales del XV, cuando los Reyes católicos decretaron su expulsión. En el cementerio hay dos tipos de enterramientos, cámaras hipogeas y fosas de forma antropomorfa o trapezoidal que cubrían con lajas planas de piedra caliza, como la roca donde se asientan.

Esta necrópolis, señaló Alcázar, es «uno de los pocos que se conservan que cumplen todas las pautas de los enterramientos judíos al cien por cien». Está situado al menos a 50 pasos de la última casa de la ciudad (y el camino que conducía a él desde la Judería era mucho más zigzagueante que ahora, para que el traslado en parihuelas del cadáver fuera menos empinado y más cómodo), en una ladera orientada a Levante, con los sepúlcros de este a oeste y además es posible, por esta ubicación, cumplir todos los ritos funerarios judíos, para que los difuntos fueran enterrados antes de la puesta de sol tras salir en procesiónd e la ciudad, cruzar una puerta, atravesar un cauce de agua y un puente, y la existencia de una fuente.

Alcázar Rus guió a quienes asistieron a la visita desde la puerta de san Andrés o del Socorro, por la que saldrían los cortejos fúnebres desde la Judería, para continuar por la escalinata actual de la Hontanilla hasta el puente de la Estrella, sobre el antiguo cauce del Clamores, y subir después hasta la necrópolis cruzando la Cuesta de los Hoyos para visitar los enterramientos, de los que apenas se conoce un cinco por ciento (unos 300 metros cuadrados) porque no se han extendido más los estudios arqueológicos de este cementerio que se calcula con una superficie de cerca de cinco hectáreas.

En la actualidad, la mayoría de los sepúlcros están bajo los pinos y cabe presumir que siguen enterrados allí generaciones de judíos segovianos, que vivieron en la ciudad durante siglos (su presencia está documentada desde el siglo XIII, señló Rus) y tuvieron que abandonarla de forma forzosa. Antes de marcharse, comentó la guía, fueron al cementerio a despedirse de sus familiares, y los cristianos que fueron a tratar de convencerles de que se bautizaran para quedarse no lo lograron. Las mujeres iniciaron la marcha cantando, con el resto de la comunidad judía detrás, camino de Portugal o de Valencia para dejar su herencia sefardita en muchas partes del mundo. Sus antepasados se quedaron aquí.

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