«Si me hablas de una comarcal, no salgo de casa. Pero una de peaje....»

Los niños, a su llegada a casa. /El Norte
Los niños, a su llegada a casa. / El Norte

Una familia gallega estuvo más de doce horas atrapada en la AP-6

LUIS J. GONZÁLEZSegovia

Con todas las horas que Rebeca echó en su todoterreno, habría podido viajar a Oceanía. Esta gallega, de 41 años, partió de Moaña, cerca de Vigo, con su marido y sus cuatro hijos; una chica de 15 años, dos mellizos de seis y un bebé de 20 meses. Salieron de Galicia a las dos de la tarde del sábado rumbo a Madrid hasta que la familia quedó atrapada. «Nos desviaron a la A6. En hora y media anduvimos diez kilómetros, cada vez peor. Nos reincorporamos en la AP6, avanzamos dos o tres kilómetros y ahí nos paramos». Más de 12 horas en las mismas coordenadas sin saber realmente cuáles eran, si tenía sentido seguir o dar la vuelta. Como los más de 3.000 vehículos atrapados, sin guías sobre quién vendría y cuándo lo haría, pisaron terreno desconocido. Como en una catástrofe natural, el silencio se impuso. Entraba la madrugada y los coches se iban apagando. «Ves a la gente yendo al maletero, cogiendo los abrigos y ahorrando combustible porque no había avisos». En el coche cargaban los móviles y novedades: «Veo que nos culpan a nosotros por no ser previsores. Si me hablas de una comarcal, no salgo de mi casa. Pero una de peaje a la entrada de Madrid... No hay tanta densidad de nieve como para que no se puede circular». Y en medio del caos, un bebé de 20 meses, Rosario. «Teníamos el coche lleno de comida, pero no había leche caliente para darla. La desatábamos un poco de la silla para que no se cansara y cambiábamos los pañales dentro». Mientras, Nico y Mateo tuvieron que aprender a orinar en una botella. A la ecuación había que añadir a la perra. «Salimos varias veces, como otros dueños. El coche es pequeño para tener a los animales y cuando lloraba, la sacábamos». Entre los gélidos paseos nocturnos a los perros se generó un clima de camaradería y muchos conductores acabaron compartiendo desayuno: triunfó el roscón.

Para cuando llegaron los quitanieves, pasadas las 10 de la mañana, ya habían agotado el repertorio navideño y se habían cansado de jugar a palabras encadenadas. Rosario ya se había hartado de esperar en su silla y los conductores quitaron con las manos la nieve sobre la que estaban enterrados los vehículos para así incorporarse al carril despejado. Y llegaron a casa a la hora de comer, con el rostro embarrado y una aventura inolvidable.

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