Lo que une a José Sacristán y Al Pacino

José Sacristán habla por teléfono en una escena de la obra, representada anoche en el Juan Bravo. /Tanarro
José Sacristán habla por teléfono en una escena de la obra, representada anoche en el Juan Bravo. / Tanarro

'Muñecas de porcelana', una lección interpretativa en el Juan Bravo

A. V.Segovia

Si hay algo que da rabia al afrontar la crónica de ‘Muñeca de Porcelana’, la obra que ayer se representó sobre las tablas del Teatro Juan Bravo de la Diputación, es esa necesidad imperiosa de hablar de la interpretación de José Sacristán, que hace que Javier Godino, impecable en su papel de implacable subordinado, quede atrás, como en un segundo plano del escenario, cuando su trabajo es fundamental para otorgar un respiro tanto a Sacristán como al público. Por eso, quizás, es mejor empezar a hablar sobre ‘Muñeca de Porcelana’ hablando sobre él, sobre Godino. Porque todo lo demás, además de ser el texto de Mamet adaptado por Bernabé Rico, es, sobre todo, Sacristán.

Godino comienza siendo ese súbdito a veces retraído y otras ‘pelota’ que, prácticamente, todos hemos sido alguna vez y con el que, con toda seguridad, muchas del medio millar de personas que ayer llenaron el Teatro por segunda noche consecutiva esta semana, se identificaron. Aguantar gritos del jefe, verle golpear con fuerza su mesa, sujetar un teléfono con una mano esperando a que aquel decida que es el momento de responder a su interlocutor, escuchar con atención y obligada devoción lo que el superior tiene que decir sobre un tema en el que la opinión del súbdito nada importa… Son escenas en las que cualquiera se podría reconocer y que en ‘Muñeca de Porcelana’ sirven para desahogar una especie de monólogo lleno de turbulencias para José Sacristán, en el que Godino ejerce, con nota, de copiloto de vuelo. Más aún cuando, como ayer, hay parte del público que no entiende que una pieza teatral requiere de móviles apagados y melodías silenciadas. Incluso en esos momentos, Javier Godino supo ser un respiro, palpándose la chaqueta como si fuera a él a quien le sonaba el teléfono. Tan bien lo hizo, que hubo quien creyó que la escena formaba parte del guión.

Un guión en el que Don José Sacristán muestra todo el poder que tiene y que no hace referencia al del personaje, sino al del actor. El poder de levantar una ceja, de abrir de par en par los ojos, de fruncir el ceño, de agitar los brazos, de modular la voz y utilizar también el falsete como recurso en la risa, de mover los dedos en señal de nerviosismo y apretar el puño, de levantarse de la silla, de volver a sentarse, de reírse exageradamente y guardar silencio al instante siguiente… todo mientras mantiene distintas conversaciones por teléfono con distintos personajes cuya voz el público nunca llegará a oír ―y Sacristán, por supuesto, tampoco―, pero cuyos rostros imaginarán sin ninguna dificultad por el poder interpretativo de un piloto de altos cielos que ayer hizo volar la imaginación del público segoviano, y hasta llegó a ponerle en tensión; como si toda aquella escena en la que la corrupción en la política y el poder de los lobbys se muestran sin disfraz, tuviese algo que ver con ellos. Como si al salir del Teatro un agente fuese a esporsarlos por ser cómplices de todos los delitos presenciados desde una butaca.

Al Pacino debería sentirse orgulloso de que Juan Carlos Rubio otorgase su papel como Mick Ross a Sacristán. Es difícil imaginar que alguien en las artes escénicas españolas pudiera haber interpretado con la aparente facilidad con la que lo hace José Sacristán a su personaje; un tipo manipulador, calculador, sin ningún tipo de ética ni moral, amante y seductor de su propio poder. Ayer fue una de esas noches en las que el público del Teatro Juan Bravo sale del auditorio pensando que ha asistido a algo que cualquiera, al menos una vez en la vida, debería probar: subir a un avión escénico con José Sacristán como comandante de vuelo… y que éste aterrice donde le dé la sencilla gana de aterrizar.

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