Espacio para lo cotidiano

Un momento de la representación teatral. /El Norte
Un momento de la representación teatral. / El Norte

El Juan Bravo aplaude la representación de la obra interpretada por Celia Nadal y Javier Manzanera

A. V.Segovia

«No hay nada más que podamos desear… Bueno, sí, que se pare el tiempo»; con esa sentencia letal comienza ‘Espacio disponible’, la obra que el domingo aplaudió con ganas el público del teatro Juan Bravo, incluso en una ocasión entre escena y escena. Aquélla es la primera bofetada en la cara que ofrece la pieza; el tiempo no se para. Y no sólo eso, sino que avanza, muchas veces detenido en el mismo espacio, como lo hace el cuenta kilómetros de una bicicleta estática.

Hace tiempo, un amigo me dijo «no soporto ver cómo se hace mayor». Se refería a su padre; a quien le estaban saliendo arrugas y comenzaba a andar torpe a la misma velocidad que ayer los dos enamorados Palmira y Jenaro, que estrenaban casa, se convertían en una pareja de ancianos de esas que se hablan elevando la voz y se miran por encima de las gafas para la hipermetropía. Lo cotidiano, la vida misma.

El público, al que los actores agradecieron luego su generosidad, disfrutó mucho la obra, casi con toda seguridad, por dos razones; primero, porque el guión, que de vez en cuando introduce de forma muy inteligente párrafos enteros de ‘Cyrano de Bergerac’ –versos con los que Jenaro conquistó a Palmira–, está cargado de diálogos puntiagudos y frases lapidarias, con las que la vida nos recuerda que muchas veces es mejor tomársela con humor que en serio. Por otro lado, ‘Espacio disponible’ es tan de verdad, que cuesta pensar que quien estuviese ayer entre el público no se identificase con cada una de las escenas que Celia Nadal y Javier Manzanera interpretaban; bien por estar sintiéndolas en su propia piel, poco a poco, a menudo que avanzan los días, o bien por tenerlas cercanas en un padre, una madre o unos abuelos.

En ‘Espacio disponible’ hay hueco para todo sin que nada quede forzado: la pelea con las nuevas tecnologías, la útil inutilidad de los románticos –Palmira trabaja construyendo cajas de música de manivela–, las cajas llenas de medicamentos para desayunar, el dolor de huesos, la sensación de vacío, los ruidos del dolor de la cistitis, el olvido de las fechas importantes, la obsolescencia, las pesadillas sobre la muerte, las llamadas espaciadas de los hijos, las gafas para ver de cerca… Con escenas así es imposible no sentir ternura por Palmira y Jenaro, y también por uno mismo. La realidad del paso del tiempo es una continua bofetada que no salva a nadie, y que va dejando arrugas por fuera y por dentro; las de fuera es imposible ocultarlas, pero para las de dentro existe un remedio que se llama aceptación y que ofrece muchas salidas. Si aún conservamos los pasos de baile, ¿qué más da bailar a cámara lenta?

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