Emprender después de los sesenta

Emprender después de los sesenta
Emprender en el pueblo

Leandra y Charo son dos hermanas de Samboal que demuestran que el emprendimiento no tiene edad: pusieron en marcha su negocio de licores artesanos al borde de la jubilación

RAFAEL DE ROJAS Segovia

Leandra es tímida, manitas, casera y morena. Charo es extrovertida, «manazas», aventurera y rubia. Leandra y Charo son dos hermanas de Samboal de 68 y 66 años que se decidieron a abrir una fábrica de licores artesanos cuando estaban ya al borde de la jubilación. Se repartieron los papeles de la empresa en función de sus personalidades: Leandra elabora el producto y Charo se dedica a la parte comercial.

Tras toda una vida dedicada a otros menesteres –Leandra tuvo un bar y trabajó en un hospital de Madrid, el mismo en el que tenía una plaza su hermana–, decidieron liarse la manta a la cabeza y cumplir el sueño de Charo, que era la que insistía a Leandra. «A mí me hacía mucha ilusión preparar esto –dice la menor–. Mi hermana es un genio haciendo cosas, hace unos bollos de piñón con una receta de mi abuelo que no los encuentras en ninguna parte. Se los ofrecemos a los que vienen a vernos. Es muy trabajadora y muy hábil, me ha hecho un traje de segoviana en sus ratos libres que no te lo puedes ni imaginar. Llevaba haciendo licores tantísimo tiempo que eso no se podía perder. Yo probaba otros y no encontraba ninguno como el de ella».

Leandra, Leíta como la llama su hermana, aprendió a hacer licores de su suegra zamorana. «Allí todas las familias hacían los licorcitos y me traje la receta a la empresa», dice. Eso fue hace 4 años, cuando por fin abrieron Los Pinares, una destilería artesana que ofrece botellas de medio litro de licores de café, fresas, frutos rojos, limón, higos, chocolate y piñones. El precio en las tiendas gourmets de Segovia, Cuéllar, Pedraza o Coca alcanza los 17 euros, aunque ellas en el pueblo lo venden con descuento.

El licor de piñones es la estrella, el que más se vende y el que más gusta. «Fue idea mía –confiesa Leandra– y no hay ninguno en el mercado más que el nuestro. Tiene 33 grados y, sí, está muy bueno y un poco fuerte, es contundente. Es mi invención y estoy orgullosísima». La botella se rellena con piñones tostados enteros. El sabor le recuerda a la elaboradora a «los piñones verdes que comíamos en agosto cuando éramos pequeñas, el piñón de leche se llamaba, el que no está terminado de hacer».

El secreto son los ingredientes. «Todos los productos son de primerísima calidad, intentamos que sean ecológicos, como las fresas y los limones, que tienen trazabilidad y certificados. Me los trae un vecino que trabaja en Mercamadrid. Las zarzamoras y las endrinas del licor de frutos rojos las cogemos directamente del campo salvaje, en Zamora, sin insecticidas ni nada de nada. Los piñones son de Pedrajas de San Esteban, pero de los de primera calidad. El chocolate y el café tienen que ser de tienda, claro, pero de primeras marcas», explica Leandra, que no le cuenta su receta a nadie. «Ni a mí me la quiere dar –recalca Charo–. Me dice: está bueno, ¿no?, pues ya está».

La fábrica y el almacén los tienen en su casa familiar de Samboal. Allí Leandra se encierra en su «laboratorio» hasta que termina un lote. «No quiero que entre nadie en la fábrica, porque, por las normas, si tiene que entrar alguien se tiene que calzar y poner el uniforme», dice. El negociado de su hermana corresponde a otra fase, son las compras y ventas, el marketing y la comercialización. «Voy a Samboal y compruebo qué falta, qué pedidos hay, todo eso», cuenta.

Ambas emprendedoras tardías han vivido desde muy jóvenes en Madrid, aunque gracias a la empresa ahora pasan buena parte de la semana en Samboal. Eso es de lo que más les gusta. «Nos hacía mucha ilusión hacer algo en el pueblo, conseguir que venga gente y poner nuestro granito de arena para que se conozca más», dice Charo. La localidad, de unos 200 habitantes ha ido perdiendo las industrias harineras y las derivadas del pinar que le daban vida. «Antes había resina, madera y agricultura, pero ahora se ha quedado sin tiendas, solo hay un ultramarinos», señala Leandra.

Enamoradas de su pueblo

Ambas se confiesan enamoradas de Samboal y sólo hay que escuchar a la hermana mayor para tenerlo claro. «Es una gozada vivir en este pueblo rodeado de pinos. Desde cualquier calle que te asomes, menos desde las casas de la plaza, ves pinos. Es muy llano, no hay cuestas, así que hacer senderismo es una pasada. La gente es muy sencilla y muy agradable y tenemos una iglesia mudéjar que es de lo mejorcito. Ahora hay poca gente joven, pero tiene piscina municipal, parques, frontón de pelota y de tenis… Samboal ha tenido siempre muchos servicios para lo pequeño que es, el Ayuntamiento siempre ha sido rico porque tenía pinos. Cuando en los pueblos de alrededor las calles eran de arena y barro, éste estaba asfaltado. Fíjate que yo, con la edad que tengo, no he conocido el ir a la fuente a por agua. Y la gente mayor iba a una escuela al salir de trabajar, era un pueblo con mucha inquietud», dice Leandra.

Ahora están otra vez en su pueblo y lo único que lamentan es que no haya más gente joven que se anime a hacer lo que hacen ellas. «Creo que muchos no lo hacen por miedo o por comodidad y prefieren irse fuera a trabajar. Me da pena que los jóvenes no emprendan más porque se necesita», opina Charo. La hermana más dicharachera cuenta que tuvo que estudiar varios cursos para montar la empresa, pero que no le costó porque es muy curiosa.

Charo ha vencido a pulso muchos contratiempos, como los tres años de pelea administrativa para la obtención de permisos para un tipo de negocio que no encajaba con las normativas regionales. También ha pivotado el negocio cuando ha sido necesario. Como cuando vio que en los restaurantes –su cliente inicial–no le hacían pedidos con continuidad por el precio, pero que las tiendas gourmet eran más fieles. También toma la iniciativa ante cualquier contratiempo. Como la semana pasada, cuando, en vista de que no le entregaban las botellas que necesitaba, se plantó en Rute (Córdoba) para hablar con su proveedor y de paso conocer la industria del anís que tienen allí. «Me preguntaron si nuestros licores los hacíamos con esencias, que es lo normal porque es más barato. Pero no, nosotras lo hacemos todo al natural», explica.

Una de las primeras cosas que hizo fue un estudio de mercado casero. Se acercó a los restaurantes de Segovia, les dio a probar su producto y les hizo varias preguntas sobre el sabor, el etiquetado, las botellas… «Yo no lo hice bien –asegura con modestia–, pero a la gente más joven, que tiene más estudios y maneja internet lo normal es que le salga todo mucho mejor». «Yo no digo que la gente emprenda sin mirar porque pueden meterse en un marrón, pero sí que sean lanzados. Es mejor haberlo hecho y que no haya salido que quedarte con las ganas. Da muchas satisfacciones y aunque sea mucho trabajo no parece trabajo. Si esto me saliera bien iba a preparar una en Samboal… que vamos, íbamos a ser más que Matarromera».

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