‘Destino’, varios modos de arte y una sola mirada

El pintor Amadeo Olmos, ante una de sus últimas pinturas expuestas en el Palacio Quintanar../Antonio Tanarro
El pintor Amadeo Olmos, ante una de sus últimas pinturas expuestas en el Palacio Quintanar.. / Antonio Tanarro
Abstracciones privadas

Amadeo Olmos expone sus últimas obras en el Palacio Quintanar

ANGÉLICA TANARROSegovia

En ‘Destino’, la exposición que Amadeo Olmos (Pinarejos, Segovia, 1962) presenta en tres salas del Palacio Quintanar se diría que conviven dos pintores distintos, casi contrapuestos: el pintor de paisajes de hálito romántico, de esas marinas veladas por la bruma, de esas visiones de la Naturaleza captadas casi cuando la noche está a punto de impedir su contemplación, y el pintor de objetos, en la frontera del hiperrealismo, que muestra una precisión inusitada. Los ‘dos’ juntos han pergeñado una serie de obras en distinto formato (desde el casi minúsculo al mediano tamaño) que ofrecen al espectador la posibilidad de contemplar cómo este artista evoluciona en una línea que comenzó hace años.

Objetos cotidianos, a menudo de colores brillantes, los más humildes acompañantes de la vida diaria, un mechero, un enchufe, una alcayata, una gominola… adquieren protagonismo desde el primer plano sobre unos paisajes silenciosos, a veces casi apuntados, que componen un fondo casi irreal. No son objetos que hubiera dejado allí olvidados la mano del hombre, pues sus dimensiones y su posición en el plano desmienten cualquier relación temporal o de causa efecto. La relación, de haberla, es narrativa, se detiene en las posibles conexiones, en las intenciones del pintor y hay que decir en este punto que las obras más logradas son aquellas en las que las conexiones argumentales se dirían más evidentes, lo que ocurre sobre todo en las obras de mayor tamaño. Estas, situadas en la sala final del recorrido de la exposición, a modo de punto de llegada, como de conclusión o ‘destino’, son de una gran belleza, atrapan la mirada por el misterio que destilan. Y ponen de manifiesto que esta pintura no necesita de excesos efectistas, ni de complicadas contraposiciones, se sostiene en su sencillez argumental.

Hasta llegar a esta sala, Amadeo Olmos expone los resultados de su búsqueda en los dos planos, formal y conceptual. Resulta imposible no detenerse a apreciar la técnica precisa y preciosista que muestran las obras. Aunque su autor deje claro que para él la técnica siempre será un medio y nunca un fin, lo cierto es que sus exposiciones suelen conllevar un gran despliegue de virtuosismo, en la ejecución del dibujo, en la elección de los detalles, en la armonía del color.

Así ocurre en la subserie que muestra dibujados en grises y aislados como protagonistas absolutos los objetos que aparecerán más tarde fuera de contexto o contextualizados en historias que el espectador debe construir. Como el gran dibujante que es se muestra también en la serie de ‘fotogramas’ (fondos en blanco y negro como un homenaje al cine negro clásico) realizados en papel vegetal y trabajados por ambos lados en un efecto espejo que interpela también al espectador desde esos objetos, ya en color, que sobrevuelan las escenas.

La mirada que se percibe en estas obras es también la mirada del excelente fotógrafo que es Amadeo Olmos. Muestran el ojo fotográfico, el acierto en la composición o en los ángulos elegidos, aunque los cuadros hayan salido de la contemplación directa de objetos y paisajes, y no de una fotografía tomada al efecto, pues confiesa su autor que para pintar con la minuciosidad de matices que se exige a sí mismo necesita la contemplación directa, sin intermediaciones técnicas. Olmos es un pintor que conoce en profundidad la historia del Arte, en sus cuadros pueden buscarse (y se hallarán) citas o referencias a momentos tan dispares como el tenebrismo del barroco o la melancolía del romanticismo, pero todas esas referencias, incluidas las más próximas a su autor, quedan en un lejano plano por la impronta de su personalidad, por la reinterpretación de los paisajes y las naturalezas muertas y mucho más en la combinación de ambos.

Hablamos de un artista tranquilo, que va construyendo su obra al margen de corrientes o tendencias, pero que no se conforma con lo ya experimentado, aunque le reporte las satisfacciones que siempre hay que relativizar en el complicado mundo del arte contemporáneo. Y ese no conformarse siempre es de agradecer para quienes seguimos su trabajo.

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