«Si eres capaz de implicarte como empleado, cómo no lo vas a hacer para ti»

Álvaro Martín, con su cámara fotográfica, en plena naturaleza. /El Norte
Álvaro Martín, con su cámara fotográfica, en plena naturaleza. / El Norte
Emprender en el pueblo

Álvaro Martín vive en Cantalejo, el pueblo de su novia, y allí ha montado su propia empresa de fotografía, especializada en inmortalizar eventos sociales en toda la comarca y más allá

RAFAEL DE ROJASSegovia

Las fotos de boda no cambiaron demasiado durante su primer siglo. De las iniciales, de estudio y con fondos recargados, se pasó a las de la puerta de la iglesia. Luego, llegó el color, los fotógrafos entraron a la ceremonia y los novios empezaron a posar en jardines y con los invitados. No hace mucho, los contrayentes se empezaron a colocar frente a los monumentos emblemáticos locales, como turistas nupciales, y a interactuar con el entorno y todo tipo de objetos y posturas. Con todo esto convive la última tendencia: fotorreportajear la boda, contarla como un fotoperiodista.

A esta nueva ola global se ha subido Álvaro Martín (27 años), que ha montado una empresa de fotografía de eventos sociales y productos comerciales en Cantalejo. El fotógrafo lo cuenta así: «Es el tipo de foto que más éxito está teniendo a nivel internacional: retratar lo que está pasando en cada momento. Son esos momentos los que les van a recordar a los novios el día de su boda. Hay veces que va todo fenomenal y otras, no, pero ocurrió así y así quieren recordarlo. En estas fotos no vas a ver a la pareja con la pose típica de nuestros padres. Hay que jugar con las luces, los flashes, las siluetas… Es lo que me gusta hacer y, por suerte, es lo que la gente demanda».

Álvaro no fue siempre fotógrafo. Comenzó como educador ambiental, con un grado medio y otro superior en temática forestal. Su primera experiencia laboral fue como monitor de piragüismo en las Hoces del Duratón, a lo que siguió una temporada en el centro de educación ambiental PRAE, donde hacía talleres medioambientales, rutas guiadas y charlas para los colegios.

Fue entonces cuando el futuro emprendedor empezó a aficionarse a la fotografía. «Hacía fotos de plantas, animales, árboles… De gente, nunca. La fotografía era mi afición y la naturaleza mi oficio y ahora es al revés: vivo de la fotografía y me sigue gustando la naturaleza», explica. Tanto es así, que ahora, siempre que puede, lleva a las familias o a los novios que fotografía a parajes naturales que él conoce muy bien.

Álvaro decidió emprender porque , el exigente trabajo que tenía le dejaba poco tiempo libre porque siempre le había llamado la atención ser su propio jefe y porque quería vivir en el pueblo. «En la empresa de piragüismo en la que estaba trabajando era el encargado, hacía funciones de jefe, pero comiéndome los marrones de no ser tu propio jefe. Así que pensé: si eres capaz de trabajar con un grado de implicación tan alto siendo empleado, cómo no lo vas a hacer para ti. Por eso no he tenido ningún tipo de miedo, lo veía factible», dice.

Su primer paso fue un curso de fotografía en Madrid, en la academia Too many flash. «Decidí hacer el curso para profesionalizarme y para empezar a verlo como un negocio. Después, creé la web y la imagen corporativa, en enero. En agosto, la temporada alta de bodas, empecé con la fotografía social», señala.

Entre los preparativos para su futuro negocio destaca los estudios de viabilidad. Para ellos se asesoró en instituciones como el Servicio de Promoción Económica de la Diputación de Segovia. «Me han ofrecido ayuda a la hora de evaluar las inversiones y diferentes ideas para intentar crecer. Siempre están ahí para lo que necesites, es algo que nos remarcan. Suelo ir a las charlas para emprendedores. Ahora acabo de estar en un taller de marketing online, por ejemplo, que hoy en día a todos nos interesa», explica.

«Es complicado emprender en el pueblo, porque en el pueblo no hay gente joven. El 70 u 80 por ciento de los jóvenes que se van a casar se han ido a Madrid, aunque se casen en Segovia, y al final tengo que ir a buscar mis clientes a Madrid. Si hubiera puesto una tienda no irían los clientes potenciales, porque no están en el pueblo, van los fines de semana. Si es que van. Por suerte, elegí un trabajo que me da la facilidad de vivir en el pueblo e ir a donde quiera. Al final, una parte no deja de ser un trabajo de oficina, estoy con el ordenador en casa procesando las fotos y, luego, voy con la cámara a donde sea», dice.

Álvaro se ha desplazado a lugares como Burgos o Zaragoza para hacer las fotos, pero ubicó su base en Cantalejo «porque en la comarca no había ningún fotógrafo» y porque allí es donde residía su pareja. «En Cantalejo se vive muy a gusto. Ahora, ‘winter is coming’, que es lo peor para la vida en el pueblo desde el punto vista de quien tiene un negocio. Pero siempre he vivido en un pueblo, en Íscar (Valladolid), y me gusta el ambiente en verano, pero también el frío y la niebla, ir al pinar y que no haya nadie. En el pueblo tienes de todo, un bar para tomar una caña, un restaurante para cenar y el campo para pasear, que es lo que me gusta», aclara.

Un asunto fundamental para un negocio como éste es el portfolio. «Necesitas algo que enseñar y yo al principio no lo tenía. Estuve haciendo algún taller con fotógrafos que te cuentan sus experiencias y te dejan acompañarles en alguna boda, así que vas haciendo portfolio para cuando llega la experiencia real. Mis primeras dos bodas fueron las de una pareja de Íscar y la de un chico con raíces en Cantalejo. Les conté que iban a ser de los primeros y dijeron que no les importaba. Yo estaba tranquilo, porque sabía que les iba a hacer un buen trabajo, pero desde el punto de vista de ellos, se arriesgaron un poquillo. Es la pescadilla que se muerde la cola: si no tienes trabajo que enseñar, no trabajas y viceversa, pero ya el año pasado hice cuatro bodas y ahora mismo, que es justo cuando la gente que se casa está buscándolo todo, ya tengo reservas», destaca.

A Álvaro el trabajo le llega sobre todo a través de portales especializados en bodas y eventos, pero nunca deja de consultar el periódico y las redes sociales en busca de nuevas oportunidades de negocio. Ahora, además de los eventos, los photocalls o las fotografías familiares (como las del periodo de embarazo, cada vez más demandadas) está pivotando hacia las imágenes de producto para catálogos y webs. «Mucha gente no lo valora porque piensa que coges el móvil y lo haces. Pero cuando entras en una web se nota si es profesional. Al final es la imagen que das. Igual que yo pongo mis mejores fotos en la web, todo el que quiera vender algo tiene que ofrecer las mejores imágenes», reivindica.

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