Emprender en el pueblo

«La calidad de vida de Santa María de Nieva no la cambio por nada»

Piluca Ares, en uno de los mostradores de ferretería AlPi en Santa María la Real de Nieva./R. R.
Piluca Ares, en uno de los mostradores de ferretería AlPi en Santa María la Real de Nieva. / R. R.

Piluca y Alberto vieron la oportunidad de emprender su negocio de ferretería Alpi en la tienda de la que sus propietarios se querían deshacer por jubilación

RAFAEL ROJASSegovia

Alpi es la ferretería y droguería de Al (Alberto Arroyo) y Pi (Piluca Ares) en Santa María la Real de Nieva. Esta pareja de santamarieño y madrileña optaron por emprender por el método de continuar y actualizar un negocio ya existente: la solvente ferretería de su pueblo, de la que cogieron el traspaso cuando sus dueños anteriores se jubilaron.

Piluca (40 años), que lleva 15 años viviendo en la localidad («desde que me casé», dice), aprovechó para el negocio una formación que incluía las ventas de cara al público y las gestiones administrativas en empresas e instituciones. «Empecé trabajando en El Corte Inglés. Allí, ya antes de empezar te forman en la atención al cliente y luego además te llevas la experiencia laboral. Luego trabajé en una gestoría y en Santa María hice un curso de 7 meses de administración. Ahora soy teniente de alcalde en el Ayuntamiento y en la pasada legislatura fui concejal», explica.

Alberto (45 años) empezó su vida laboral en una fábrica de pienso de la zona en la que estuvo ocho años, y después estuvo conduciendo un camión durante otros quince. En su última etapa, el trabajo no le satisfacía demasiado. «En todos los sitios aprietan y exigen mucho, pero más en el mundo de la construcción. Y, al final, hemos ido a menos: se trabaja muchas horas, estás siempre corriendo y hay mucha presión, te exigen demasiado», relata.

La idea de hacerse con el negocio vino por casualidad. Los padres de Piluca entraron a comprar a la ferretería y el matrimonio que les atendió les explicó que querían jubilarse. «Pero sin prisa. Querían traspasar el negocio a alguien que lo quisiera llevar bien», dice ella. En ese momento, Alberto acababa de quedarse en el paro y la pareja vio una posibilidad que coincidía con la experiencia de ella y los gustos de él. «De la misma manera en que las mujeres se quedan mirando los escaparates de ropa, yo me pierdo en el Leroy Merlín. El tema de las herramientas me ha gustado de siempre y lo tocaba con el mantenimiento del camión», señala Alberto.

Una vez decididos capitalizaron el paro de él «para dar el empujón al negocio» y comenzaron a asesorarse, a completar cursos y a elaborar el plan de empresa. «Ese tiempo nos vino muy bien porque todavía no teníamos la tienda y estuvimos visitando a la competencia de la zona, vimos los precios y vimos cómo tenían colocado el producto», expone Piluca. «Nos jugamos la pasta porque a mí me presentaron los números de los últimos tres años. Era seguir una cosa que ya funcionaba, si no, a ver quién es el valiente de hacer una apuesta de 30 o 40.000 euros», añade Alberto. El matrimonio, además, ha pedido una de las subvenciones del Área de Promoción Económica de la Diputación de Segovia, y Alberto está dando los cursos que incluye la ayuda.

Una vez que tuvieron el negocio en sus manos, decidieron que la ferretería no iba a cerrar ni un solo día con el cambio de dirección. Ambos emprendedores la arreglaron en un tiempo récord aprovechando las fiestas de su pueblo. «Cerramos solo durante esa semana. Dimos la vuelta a la tienda y cambiamos expositores y estanterías. Lo pusimos a nuestro gusto y así de paso aprendimos dónde estaban las cosas. Hemos seguido con la manera de trabajar de los antiguos dueños, solo ha habido un cambio de organización en la tienda y el almacén», dice Piluca.

La pareja se repartió las tareas desde el principio, Piluca se encargaría sobre todo de la administración e iría a la tienda por las tardes, tras terminar sus tareas en el Ayuntamiento. Alberto se encargaría de todo lo demás desde que abriera la tienda por la mañana. Su primera sorpresa fue la inmensa variedad que se esconde en un negocio de estas características. «Yo creía que sabía, pero vi que de la mitad de las cosas no conocía ni que existían -afirma-. Por ejemplo, en el tema de las cerraduras hay muchas piezas distintas; en pinturas, están las plásticas, las acrílicas, los barnices... Hay cosas que no había tocado nunca como las persianas. Todavía estoy aprendiendo, pero me entero ya bien de todo. Ya sé dónde tengo que ir cuando me piden algo: me traigo varias piezas y entre el cliente y yo vamos sacando lo que se necesita».

Aprendizaje rápido

Para Piluca los comienzos también supusieron un rápido aprendizaje. «Al principio pensaba: ay, por Dios, que me pidan algo de droguería o que si piden ferretería que sepa lo que es. Hay miles de artículos en ferretería y eso es lo que más me sorprendió», señala.

En la tienda hacen también copias de todo tipo de llaves y enmarcaciones, un servicio para el que les vino muy bien la formación que les proporcionaron los anteriores propietarios durante los primeros meses. Este trabajo inicial les ha llevado a conseguir como clientela a más profesionales de la zona, «fontaneros, albañiles… les hacemos una factura a fin de mes con un 10 por ciento de descuento», relata.

Alpi ha supuesto para ambos una mejora. Si bien Piluca tiene ahora dos trabajos reconoce que el nuevo negocio ha aportado más estabilidad en su vida. «Tenemos una mayor calidad de vida, aunque económicamente estemos igual. Esto da para sacar un sueldecito para Alberto. Pero es que llevaba ya 4 ó 5 años incómodo con su trabajo, con dolor en la espalda y amargado. Ahora le gusta lo que hace», dice.

Una de las cosas con las que Alberto ha asombrado a su mujer ha sido con sus nuevas habilidades a la hora de atender al público. «Yo soy más habladora, pero él por lo general es bastante tímido. Ahora la gente nos comenta lo hablador que está y lo bien que atiende. Nos ha sorprendido a todos y eso es porque está a gusto y quiere agradar», dice ella. Su marido explica que la transformación se debe al cambio de actividad: «Antes andaba con el camión y por el pueblo no paraba. Ahora estoy conociendo a toda la gente, gente de 60 o de 20 años con la que no he tratado porque estaba fuera. Ahora charlas con todo el mundo».

Bien comunicados y con servicios

Con el negocio por buen camino, la pareja, padres de una niña de 12 años, está muy satisfecha con su vida en el pueblo. «No echo nada de menos Madrid –dice Piluca–, aquí estoy muy feliz. Ya con 12 años yo era la típica madrileña de fin de semana, me traía mi madre y me parecía maravilloso venir al pueblo. Mis amigas me tenían envidia por vivir en Madrid, y yo no lo entendía. Tienes más vida social aquí, allí salías de estudiar y te ibas a casa. Santa María está muy bien comunicada y estamos servidos de todo. Aquí estás como en familia, conoces a todo el mundo, todo está cerquita, aparcas en cualquier sitio y no coges atascos. En Madrid estás solo aunque estés rodeado de gente. La calidad de vida de Santa María no la cambio por nada», explica Piluca.

Alberto apostilla que, al ser cabeza de partido, la localidad tiene de todo: «Colegio, instituto, cuartel, banco, notaría, registro… todo eso, aunque en invierno seamos solo 500 habitantes». El santamarieño recomienda una visita a la Colegiata y su claustro y concluye, con toda la lógica, que «lo que más me gusta de mi pueblo es que soy de aquí».

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