Segoviana de corazón

Segoviana de corazón
/ Ilustración de Susana Saura.
  • María Zambrano llegó a la ciudad en 1910

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Llegó a Segovia con apenas cinco años, pero en Segovia vivió su adolescencia y Segovia dejó huella indeleble en lo más profundo de su alma. ¿Cómo no iba a dejarla? En Segovia nació su querida hermana, en Segovia se hizo mocita, en Segovia estudió, publicó su primer artículo, conoció a Unamuno, a Machado... «No cae la luz en Segovia, la ciudad toda se alza hasta ella», escribió, enamorada como estaba, de la ciudad que la vio crecer.

Nació María Zambrano en Vélez-Málaga, el 22 de abril de 1904. Era hija de Blas José Zambrano García de Carabantes y de Araceli Alarcón Delgado, ambos maestros en la Escuela Graduada de Vélez, de la que el padre era regente. En 1910, la familia se instaló en Segovia porque don Blas había sido nombrado regente de la Escuela Graduada de Prácticas, aneja al Instituto General y Técnico; y en Segovia vivió la pequeña María su adolescencia y parte de su juventud. La ciudad bullía y su padre participaba del esplendor cultural que Segovia incubaba al calor de una generación inquieta, convencida de la necesidad de cambiar las cosas. En 1913 ya estaba en las aulas del instituto, dispuesta a estudiar el Bachillerato, rodeada de jovencitos y con la única compañía femenina de otra muchacha. La futura filósofa creció entre libros, en el seno de una familia cultivada e inquieta, de pensamiento liberal, preocupada por la enseñanza y estrechamente vinculada al elemento intelectual del momento. En 1919, la ciudad asistía al nacimiento de un periódico, ‘La Tierra de Segovia’, y de la Universidad Popular Segoviana –empresas en las que don Blas participó–, pero sobre todo a la llegada del poeta Antonio Machado, que en noviembre se instaló en Segovia para ocupar la cátedra de Francés en el Instituto General y Técnico. Por aquel entonces, María ya era una joven de fuertes inquietudes intelectuales. (Con su primo, Miguel Pizarro, su primer gran amor, se había acercado a la literatura, y había publicado algún que otro artículo). Mediados los años veinte, cursó los estudios de Filosofía enMadrid, donde pudo asistir a las clases de José Ortega y Gasset, Manuel García Morente, Julián Besteiro y Xavier Zubiri, participar activamente de los movimientos estudiantiles más vivos de la capital, a través de la Federación Universitaria Española (FUE), y publicar artículos en periódicos tan acreditados como ‘El Liberal’ o ‘La Libertad’. Una tuberculosis la obligó a guardar cama entre el otoño de 1928 y la primavera de 1929, pero en 1930 veía la luz su primera obra, ‘Horizonte del liberalismo’, fruto de los acontecimientos políticos de aquellos años.

Desde el siguiente, 1931, el año de la República, María Zambrano ejercerá como profesora auxiliar de Metafísica en la Universidad Central de Madrid y trabajará en la elaboración de su tesis doctoral, ‘La salvación del individuo en Spinoza’. Tiempos de efervescencia cultural y política, la joven toma parte en mítines conjuntos de partidos republicanos por diversos pueblos y ciudades de España, aunque rechazó la oferta que Jiménez de Asúa le hizo para presentarse a las Cortes por el PSOE. Colaboradora de la ‘Revista de Occidente’, ‘Cruz y Raya’ y ‘Hora de España’, en los años que precedieron a la guerra y el exilio entabló amistad con Luis Cernuda, Emilio Prados, Miguel Hernández y Jorge Guillén. En el otoño de 1936, al casarse con Alfonso Rodríguez Aldave, que acababa de ser nombrado secretario de la Embajada de la República española en Chile, tuvo que instalarse en aquel país, donde publicó la primera versión de ‘Los intelectuales en el drama de España’ y una ‘Antología de García Lorca’. Pero María no se quedó en Chile; al contrario, regresó a España para colaborar con la República y residió en Valencia y Barcelona hasta 1939, en que cruzó la frontera. Después, París, Nueva York y México, donde impartió clases de Filosofía en la Universidad de San Nicolás de Hidalgo, de Morella. En México conoció María Zambrano a Octavio Paz y León Felipe, vivió un periodo de intensa actividad literaria y publicó ‘Pensamiento y poesía en la vida española’ y ‘Filosofía y poesía’.

Instalada primero en Roma, donde escribió algunas de sus obras más importantes (‘El hombre y lo divino’, ‘Los sueños y el tiempo’ o ‘Persona y democracia’), y después en Francia, el final del franquismo posibilitó un progresivo reconocimiento en España de la importancia de su obra. Cuando, terminada la dictadura, regresó a su patria, María Zambrano, de salud delicada, abrió una nueva etapa de actividad intelectual con la reedición de alguno de sus títulos y la ingente publicación de artículos. La rehabilitación de su nombre culminó en 1988, cuando el Ministerio de Cultura le otorgó el Premio Cervantes. Falleció en Madrid, el 6 de febrero de 1991. Afortunadamente, la vida le había dado la oportunidad de volver a ver Segovia, su querida Segovia. María Zambrano está considera como la figura femenina más relevante del pensamiento español del siglo XX.